Santiago Sarandón: "La agroecología siempre avanza"
abril 23, 2026
Ingeniero agrónomo y profesor titular de la cátedra de Agroecología en la Universidad de La Plata, Santiago Sarandón desarma el relato del agronegocio y muestra las ventajas de producir alimentos sin venenos ni transgénicos. La importancia de la mirada social, integral y el rol campesino e indígena. "Si se produjera con sistemas agroecológicos sobrarían alimentos", afirma y remarca: "El modelo de agronegocio no tiene que existir porque es depredador".
Agroecología corriente de pensamiento poderosa
Ilustración: Sebastián Damen

Por Nahuel Lag 

La agroecología aún representa una opción minoritaria entre las prácticas desarrolladas en las explotaciones agropecuarias del país. “Un cinco o seis por ciento”, dice Santiago Sarandón, ingeniero agrónomo y profesor titular de la cátedra de Agroecología de la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales de la Universidad Nacional de La Plata, pionera en incorporar esta ciencia, aún marginada, en la academia. La investigación científica financiada por el Estado, a través del golpeado sistema del Conicet y las universidades, también sigue volcada al modelo transgénico y agroquímico. Sin embargo, Sarandón no tiene dudas de que el futuro es agroecológico: “Ganamos la batalla, estamos yendo hacia un mundo inexorablemente diferente” y desafía al movimiento agroecológico a romper con el “inconfesable encanto de ser minoría” e ir por la transformación del modelo productivo. 

El pensamiento que propone Sarandón, fundador de la Sociedad Argentina de Agroecología (SAAE), es invitar a hacerse nuevas preguntas desde la academia, a pensar desde la posnormalidad frente a un modelo de ciencia y de agronegocio que “colapsó”, que propone soluciones desde el incremento de la tecnologías de precisión, pero ya no encuentra las respuestas: “¿Cuál es la precisión si los rendimientos supuestos para los cultivos no rinden, si los insectos aparecen, si las malezas no se controlan? La agroecología es otro camino, otra ciencia, con diálogo de saberes”. Y apunta contra quienes dicen que si la producción fuera agroecológica faltarían alimentos: “¿Hay algún estudio científico que diga eso o solo lo repiten? Si se produjera con sistemas de base agroecológica sobrarían alimentos”.  

El “diálogo de saberes” entre la academia, los saberes campesinos e indígenas fue el eje del IV Congreso Argentina de Agroecología en Jujuy. El próximo será en La Plata y Sarandón y el Laboratorio de Investigación y Reflexión Agroecológica (LIRA) jugarán de local. Esa dimensión de diálogo de saberes también está presente en la relación con las organizaciones campesinas, que lo mantiene como director honorario de la Escuela Nacional de Agroecología de la Federación Rural y como docente en la Diplomatura en Agroecología de la Unión de Trabajadores de la Tierra y la Universidad Arturo Jauretche (UNAJ). Esos saberes construidos desde abajo son los que fortalecen la convicción de Sarandón sobre el futuro agroecológico. 

"La agroecología es la corriente de pensamiento más poderosa desde la revolución verde. No hay ningún otro movimiento dentro de la ciencia agropecuaria que tenga el poder, la profundidad y la transformación que ha generado y va a generar la agroecología, porque tiene una ventaja: viene de abajo para arriba y no al revés. La revolución verde vino desde arriba desde las instituciones y ministerios", sentencia en diálogo con Tierra Viva. 

La pregunta que flota es cuán lejos está ese futuro agroecológico y cuáles son las certezas y los límites de la agroecología a más de 30 años de su irrupción en el mundo académico-científico.  

Agroecología corriente de pensamiento poderosa
Foto: Diego Izquierdo - Minga

La agroecología es una ciencia

Las prácticas agroecológicas siempre existieron, pero Sarandón marca un quiebre entre esas prácticas y su salto al mundo académico-científico y lo pone el nombre de Miguel Altieri. Lo señala como el pionero en recoger prácticas como las Chinampas de México —una técnica agrícola de cultivo en los lechos de los ríos y lagunas— o los Waru Waru de Perú —plataformas de tierra sobre áreas inundables— para pasar a un método universal desde su primer libro "Agroecología, bases científicas de una agricultura sustentable". 

"Altieri es el que señala que debajo de esas prácticas existía una racionalidad ecológica, a la luz de la ciencia moderna, con bases que las hacían universales. Ordenar las prácticas por principios le da un carácter científico para poder replicar en la pampa húmeda cómo entendían el flujo de nutrientes en las Chinampas de México”, explica. Si Altieri ordenó aquellas "bases ecológicas", Sarandón menciona al ingeniero agrónomo español Eduardo "Semilla" Guzmán como quien aporta la mirada integral, ausente en la agronomía actual, al incorporar la sociología, la segunda pata de la agroecología.  

"A los que veníamos de la ecología o biología nos hacía ruido, porque lo social era algo más intangible, pero permitió que la agroecología creciera. La agroecología de hoy es mejor que la de antes, porque incorpora corrientes, no rechaza sino que procesa e incorpora y crece. Hemos salido de las fincas, de las pequeñas producciones, para ir  a las chacras para ir al agroecosistema, al sistema agroalimentario. Crecimos, podemos hablar de la alimentación, las ferias, el comercio, la nutrición, la perspectiva de género", destaca. 

Ese salto que la agroecología dio sobre la agronomía tradicional, lo asocia por haber dejado atrás “la soberbia del método científico, como única manera posible de obtener conocimiento" y la posibilidad de incorporar el saber pragmático, el conocimiento local de campesinos y pueblos indígenas, que son los que aportan las prácticas ecológicamente adecuadas para cada territorio

En ese punto, Sarandón desafía al modelo de investigación científica que se instaló en América Latina para difundir la tecnología para el agro: las estaciones experimentales.  En la Argentina, esa política bajó desde las autoridades de Agricultura al terreno con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria —ahora desfinanciado y desmembrado por el gobierno de Javier Milei— y Saradón señala a ese sistema como el encargado de difundir la "revolución verde" —el modelo de agricultura impulsado desde fines de la década del 60 con la siembra directa, el paquete de agroquímicos y transgénicos—. 

"La idea de que la estructura de estaciones experimentales es adecuada pertenece a una idea de interpretar el mundo. La prueba y promoción de tecnología no se realiza en el campo de los agricultores sino en una parcela de cinco metros cuadrados, de la que salen recomendaciones para dos millones de hectáreas. ¿Y cómo hace un productor para que su campo se parezca a las condiciones de la parcela experimental? Con fertilizantes, con insumos para cumplir con la estimación de rendimiento de la parcela experimental. Eso colapsó", apunta. 

Agroecología corriente de pensamiento poderosa
Foto: Natalia Roca - Minga

Como contrapunto, la agroecología crece con una lógica de “productor a productor” como ocurre con experiencias como la de Red Nacional de Municipios y Comunidades que Fomentan la Agroecología (Renama). Y esa práctica, Sarandón la pudo probar también en una investigación que realizó entre productores extensivos bonaerenses —convocado por la FAO—. Sobre una serie de entrevistas a 180 productores el resultado fue que "obtenían su información de experimentos propios". "El conocimiento en la agroecología no estaba bajando desde la ciencia, es entre propios agricultores", marca con evidencia. sobre la tensión con el modelo experimental. 

Ese camino también lo están dando las organizaciones campesinas creando sus escuelas de formación o estableciendo alianzas con universidades. "Estamos construyendo ese diálogo entre los saberes campesinos y la academia. El productor se siente validado y el ingeniero agrónomo que se vuelca a la agroecología debe responder al compromiso de tener el rol social de responder a problemas reales”, advierte y pone en tensión otra lógica de investigación: “Muchas veces, la necesidad de publicar papers, de sostener el prestigio o la supervivencia, te hace buscar las preguntas en las revistas científicas. Es un camino muy negativo que ocurrió en la ciencia en América Latina, acercarnos a las problemáticas rurales permite responder a problemas reales”.

—¿Cómo puede modificarse ese modelo de investigación científica para volcarlo a la agroecología? 

—La decisión podría ser no subsidiar investigaciones para el agronegocio. En la actualidad, el 90 por ciento de las investigaciones son para el agronegocio, pagadas por el Estado. Las estaciones experimentales deberían investigar materiales genéticos complementarios, para policultivos, variedades que funcionen en sistemas orgánicos, con ritmos de absorción de nutrientes diferentes, sin la aplicación de fertilizantes y con manejos de biodiversidad. Hoy investigan para resolver los problemas de las grandes empresas y dejan abandonados a los productores familiares. Por ejemplo, hay una línea de investigación "variables de bajos insumos" —que apareció hace muchos años en Estados Unidos, en inglés se llama low input varieties— que implica desarrollar materiales genéticas para sistemas de bajos insumos. Nadie lo está haciendo. 

—¿Esto podría aplicarse de forma rápida con la formación que se recibe en las universidades? 

—Hay que crear una masa crítica de investigadores. No es solo pasar a tratamientos orgánicos, es cambiar la manera de pensar. En las universidades se están formando profesionales en el modelo actual, con reductos donde hay agroecología: asignaturas, especialidades, tecnicaturas, diplomaturas. No tenemos que crear facultades de agroecología sino que sean agroecológicas. Para la promoción de la agroecología se podría modificar el plan para, progresivamente, abrir la aplicación de subsidios, becas e ingresos a carreras en líneas que vayan en esa dirección.   

—En la pregunta presente de “¿por qué la agroecología no crece más?” ¿Estos límites en la formación también se traducen a los productores? 

—Es una pregunta que siempre pensamos con el LIRA. En Guaminí hicimos entrevistas a 100 productores agroecológicos para obtener respuestas. Nos marcaron como impedimento 'el qué dirán'. El temor de ser tildado de “hippie”, de “loco”. En el mundo académico ocurre lo mismo, porque persiste la idea de que la agroecología no es una ciencia, se nos tilda de 'agroecólogos', como una categoría no científica. Los productores lo resuelven uniéndose, intercambiando conocimiento de forma colectiva. Entre los ingenieros agrónomos todavía predominan imaginarios como el llegar a los campos en 4x4 y, ahora, la idea de trabajar con drones e inteligencia artificial. A muchos te los encontrás, veinte años después, como vendedores de agroquímicos,  arrepentidos. Los que empiezan en la agroecología, no vuelven más.  

Agroecología corriente de pensamiento poderosa
Foto: Natalia Roca - Minga

“No podemos coexistir”

La agroecología aún está invisibilizada por el Estado. No hay estudios sobre su estado de situación. En el Censo Nacional Agropecuario 2018 aparece una única pregunta que engloba prácticas de agricultura orgánica, biodinámica y agroecológica. Tampoco existen estudios oficiales a nivel nacional sobre la aplicación de agrotóxicos y menos sobre sus consecuencias. Sarandón, a pedido de la Defensoría del Pueblo de Buenos Aires, sí pudo realizar ese estudio a nivel provincial:  “Relevamiento de  la utilización de Agroquímicos en la Provincia de Buenos Aires – Mapa de Situación e incidencias sobre la salud”.

El informe detalla la aplicación de agrotóxicos en los distintos modelos productivos provinciales, desde la ganadería a los monocultivos y hasta la producción de hortalizas en los periurbanos. Señala que la soja demanda el 46 por ciento del total de plaguicidas utilizados y que cultivos como el tomate, la papa y la cebolla son los que más principios activos aplican, con altos grados de toxicidad. El informe fue publicado en 2013, desde entonces, nada cambió en la provincia, que mantiene sin modificación su Ley de Agroquímicos, a pesar de los fallos judiciales.  

Sarandón mantiene la idea que sostuvo en aquellas conclusiones: “No es el cultivo en sí, el que se asocia a la liberación de agroquímicos, sino el modelo productivo elegido.” Los años afianzaron su posición: “No podemos coexistir con el modelo del agronegocio” y argumenta: “La agroecología es el modelo más racional. El modelo de agronegocio no tiene que existir porque es depredador, consume energía, deteriora los suelos, aumenta el uso de plaguicidas, genera resistencias, excluye productores. Hemos analizado mucho tiempo las características negativas del modelo actual. No podemos coexistir. Éticamente no corresponde”.  

—El argumento de los defensores del modelo del agronegocio es que si se pasara a la producción agroecológica se produciría menos y no alcanzaría para abastecer la demanda mundial de alimentos… ¿Qué se puede responder desde la agroecología?  

—El terreno de ir a discutir el rendimiento como única variable ya está discutido. El agronegocio tiene un problema: el excesivo énfasis que pone en ese parámetro y descuida otros valores que la sociedad comienza a exigir: el impacto social, ambiental y cultural. El nuevo modelo debe dejar de basarse exclusivamente en el rendimiento y la rentabilidad, porque la ventaja de un sistema de base agroecológica son sus pluri valores. Un sistema agroecológico no se puede medir con el patrón de medición del agronegocio. 

—¿Pero la agroecología tiene respuestas para el productor que aún solo está interesado en ese parámetro? 

—Biológicamente, cuando se cultivan varias especies asociadas, por capturas de recursos, la suma del rendimiento de todas esas especies rinde más que cualquier cultivo aislado. El monocultivo puede rendir más en solitario, pero la agroecología valora la diversidad. Por otra parte, lo que hace que muchos productores se estén pasando a la agroecología es que sí baja los costos. Entonces, el rendimiento en sí ya no importa tanto, cuando la rentabilidad puede ser mayor con la agroecología, que además suma estabilidad a la tierra. La pregunta que deberían hacerse es a cuánto plazo piensan cultivar pensando en el rendimiento. 

—¿Por qué? 

—Porque si volteó un bosque en Salta y pongo soja, puede rendir 4.000 kilos en un principio, pero en cinco años no quedó nada. La idea es construir un sistema alimentario que dure en el tiempo. Cuando sumás otros objetivos, que no están limitados por la óptica del rendimiento y una supuesta rentabilidad, la agroecología da mejores respuestas. 

—¿Hablás de "supuesta rentabilidad" para el modelo del agronegocio? 

—Junto a mi colega Claudia Flores hicimos dos trabajos, publicados en revistas científicas, donde calculamos los costos ocultos del modelo actual: pérdida de nitrógeno, fósforo y potasio. ¿Cuánto dinero habría que gastar para reponer los nutrientes que se fueron? Cuando se hacen los balances de costo beneficio para plantar soja, no se incluyen la pérdida de biodiversidad, carbono, porosidad del suelo. Esos costos se terminan pagando: la misma generación o las generaciones futuras. Hay que construir un sistema de valoración diferente para no caer en comparar la agroecología con estos patrones, que fueron los que desencadenaron el deterioro ambiental y social. 

—El problema parece seguir siendo cómo convencer a quien ve solo los rendimientos, sin calcular la rentabilidad ni los costos ocultos...   

—Ir a golpear la puerta para dar una respuesta a una pregunta que nadie te hizo, no vale la pena. La agroecología es un círculo verde del seis por ciento de los productores. En el otro extremo está el círculo rojo de los productores que usan agroquímicos, que no se cuestionan nada, que niegan los datos de rentabilidad, que niegan que los plaguicidas son peligrosos. No hay que convencerlos. Lo que va a ocurrir es que le va ser cada vez más difícil sostener su modelo: por la condena social al uso de agrotóxicos, por ordenanzas de límites a las fumigaciones, porque la rentabilidad empieza a caer. Entonces, el propio productor va a pensar: ¿che, qué era eso de la agroecología?  

—Vuelve la pregunta: ¿cómo hacer crecer la agroecología? 

—Hay un círculo amarillo. Un montón de productores que se plantean cambiar de modelo, que les interesa, pero no saben cómo empezar. A ellos hay que mostrarles las experiencias de otros productores como faros agroecológicos, charlar de productor a productor. Es la mejor forma de avanzar. 

—El círculo rojo ya detectó el impacto del modelo y comienzan a tomar herramientas que eran reivindicados solo por la agroecología: cultivos de servicios, por ejemplo. Aceitera General Deheza tiene un campo experimental de 15.000 hectáreas en el que están poniendo en práctica estos principios y hablan de pasar de "un sistemas de recursos" o "un sistema de procesos"... ¿Cómo ves ese cambio?  

—Es un triunfo. Les hemos demostrado que prácticas que trabajamos desde hace 20 años, y parecían ciencia ficción, la realidad las ha validado. La idea de "cultivos de servicios" la promovemos hace años. Se trata de colocar en los campos un cultivo no para cosechar sino para generar un proceso, un servicio ecológico, intangible. La agroecología habla de cordones de vegetación, de promoción de la biodiversidad. Muchas empresas pueden hacerlo como parte de una estrategia de "greenwashing", pero no podemos crear un tribunal de inquisición agroecológica. Hay que formar un espíritu crítico y que los productores comprendan si lo hacen para continuar vendiéndoles insumos o si hay un cambio de modelo. 

Foto: Renama

—El parámetro de ese cambio de modelo, ¿cuál sería?  

—Hay que bajar el monocultivo. No podés tener 20 millones de hectáreas de soja. En la Argentina: soja, trigo y maíz, ocupan el 82 por ciento de la superficie sembrada. En Brasil es igual, pero con caña de azúcar en lugar de trigo. Ese modelo es inviable y no puede ser transformado en agroecológico porque en su esencia es de monocultivo: rompe todos los ciclos, genera malezas, resistencias, uso de fertilizantes y agroquímicos. 

—Parece difícil cambiar la estructura de la principal actividad exportadora del país… 

—En la actualidad el país tiene un excedente de producción de alimentos y lo vende. Si el modelo fuera la agroecología, tendría más excedente de alimentos. La podés vender. ¿En qué parte de la agroecología dice que no podés vender en dólares y traer dólares al país? Biológicamente tener más biodiversidad genera más biomasa. Los sistemas agroecológicos bien manejados, como policultivos, rinden más que un monocultivo. 

—Pero no sería soja, trigo y maíz la producción. Tendrías que colocar en el mundo más variedad de alimentos o cultivos…   

—No, claro. Si vos tenés el 82 por ciento del área sembrada solo con soja, trigo y maíz, ese es el problema. No se puede manejar de forma agroecológica, tenés todos las malezas y enfermedades de cada cultivo, que cada año muestran un nuevo problema. El sistema está colapsado. La idea sería diversificar. ¿El problema es quién me compra más diverso? Bueno, la gente tiene que comer más diverso. Hoy tenemos un panorama mundial en el que la cantidad de alimentos, medido en calorías, supera la necesidad. La FAO te dice que se producen 2.800 calorías por persona y necesitamos 2.400. El problema es la distribución y la calidad nutritiva, porque en la actualidad el mundo se alimenta con tres cosas: hidratos de carbono, grasas y azúcares. El modelo del agronegocio solo se queda con el resultado biológico de los cultivos, la agroecología se pregunta para quién y para qué. 

Agroecología corriente de pensamiento poderosa
Foto: Susi Maresca - Minga

Los límites de la agroecología dentro de la agroecología 

A pesar de que para el Censo Nacional Agropecuario la agroecología sea una práctica que no precisa mayor discriminación que la orgánica y la biodinámica; como parte de una agricultura ecológica el paradigma de la agroecología va más allá: contempla la dimensión social y cultural de la producción. También la agroecología avanzó mucho más de lo que marcan esas últimas cifras oficiales. En Buenos Aires, según el Registro Voluntario de Productores Agroecológicos, las hectáreas agroecológicas alcanzan las 45.700. Es en esta provincia donde, en 2024, se realizó el Primer Congreso Provincial de Agroecología, organizado por el gobierno provincial. 

Sarandón plantea una mirada crítica respecto de los alcances que la agroecología, por su impulso desde abajo, consiguió en las esferas oficiales de los gobiernos a nivel municipal, provincial, nacional y global. “Ningún país, ninguna provincia, ninguna municipalidad optó por la agroecología sino que la incorporaron como parte de una alternativa que coexiste con el modelo tradicional. Si analizamos, en general, muchas medidas en las que se avanzaron son certificaciones, ferias o compra estatal de productos. Incluso países como Brasil y Uruguay, que aprobaron un Plan Nacional de Agroecología, no han cambiado el modelo. Entonces, vale discutir si eso significa un avance o es un freno”.

—¿Y cómo sería tomar esa decisión desde la política pública? 

—Plantear que el país en cinco años o en determinado periodo de tiempo se va a transformar hacia la agroecología. Poner un límite para la prohibición del uso de agroquímicos. Hasta ahora nadie se animó. Los que se abrieron fueron programas o políticas por la presión de la realidad que viene desde abajo, pero que coexisten con un modelo en el que el Estado invierte para la exportación de soja transgénica. 

El ingeniero e investigador pone como ejemplo la Dirección Nacional de Agroecología, que se abrió con escasos recursos durante el gobierno de Frente de Todos y fue abandonada por el gobierno de Javier Milei. E insiste con el caso de Brasil, que cuenta con un Ministerio de Desarrollo Agrario, a cargo de la reforma agraria y el fomento a la agroecología, en un país donde el agronegocio avanza sobre la Amazonía. “La idea no es coexistir. Ya hay mucha información que muestra que el actual modelo colapsó".  Hace un alto y destaca el caso de Misiones, donde la aplicación de la ley que prohíbe el uso de glifosato está demorada, pero marca ahí una victoria.

Uno de los mayores avances en la formalización de la agroecología de los últimos años fue el Sistema de Participativo de Garantía, un sistema que se diferencia de la certificación privada del modelo orgánica para la exportación y abre la participación comunitaria para validar los alimentos producidos de forma sana para, como primer objetivo, el abastecimiento local. La FAO incluso configuró un sistema de medición denominado TAPE, que se aplica en varios países, entre ellos, Argentina. 

—¿Cómo ves el avance de los SPG? 

—La paradoja se da en que la única manera en que vos podés vender un producto etiquetado como agroecológico es que siga existiendo el otro mundo. Si ganamos la batalla, todo va a ser agroecológico: alimentos sanos, con producciones con menor impacto ambiental y más socialmente aceptable. La certificación es el mientras tanto... no tenemos que quedarnos en ser minoría sino en transformar y reemplazar el otro modelo. 

—¿Pero lo considerás como un elemento para la transición…?

—La desaparición del etiquetado agroecológico sería nuestro triunfo. ¿Estamos seguros de que lo que se construya en torno a los SPG va a aceptar eso? El problema es que estamos etiquetando al revés, porque somos minoría, pero debería ocurrir que, como pasa con los octógonos (de la Ley de Alimentación Saludable), los etiquetados sean los productos con plaguicidas. Lo que señalo es que no nos quedemos con el objetivo de crear sistemas de diferenciación. Si creemos que es un mejor alimento debe estar accesible para todo el mundo, no para un grupo de nicho que lo pueda pagar o que lo reconozca. Preparémonos para reemplazarlo.     

—¿Esos límites los ubicás dentro del propio círculo verde de la agroecología?

—Muchos de los que están dentro de la agroecología no creen que pueda ser el modelo para producir alimentos y reemplazar al modelo del agronegocio. Lo que quieren es coexistir dentro de un “inconfesable encanto de ser minoría”. El horizonte que hay que ponerse es la transformación. 

—¿La agroecología puede seguir avanzando sin respaldo estatal? El gobierno de Milei planteó un contexto de destrucción de todas las políticas públicas para el sector… 

—La agroecología no va a retroceder. Siempre avanza. Cuando hay viento favorable, la agroecología avanza más rápido, pero, hasta el momento, los apoyos han sido más formales que transformadores. Yo creo que es posible y necesario producir con base agroecológica, y que podemos ser mayoría.  

Si vas a republicar este contenido, por favor, incluí el link al artículo original.

¿Ya sos parte de la comunidad Tierra Viva?

Si sos aportante de nuestra campaña de Financiamiento Colectivo podés acceder a descuentos especiales en la compra de alimentos agroecológicos a precio justo.

Link externo al sitio web de Sudestada

Ayudanos a desintoxicar la agenda informativa

Campaña de financiamiento colectivo

Compartir