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Con el trigo transgénico bajo el brazo
octubre 31, 2020
Sección: Agronegocio
Empresarios, científicos y funcionarios acordaron la aprobación algo tan inédito como riesgoso: el trigo transgénico. Sin consulta pública ni estudios independientes, los argentinos podrían ser los primeros en comer pan transgénico. Mientras, buscan instalar el maíz genéticamente modificado en Misiones.
Espiga de trigo
Foto: INTA Informa

Por Fernando Frank

Las denuncias sobre los desastres que produce el agronegocio en Argentina suelen centrarse en la soja. Y este enfoque tiene su lógica: es el monocultivo de mayor incidencia espacial (alrededor de 20 millones de hectáreas). Se difunde menos sobre otros cultivos, que también cuentan con funcionarios y científicos que priorizan los negocios por sobre la salud y el ambiente. El 7 de octubre, el Ministerio de Agricultura aprobó el primer trigo transgénico del mundo para su cultivo masivo. Denominado HB4 es tolerante a stress hídrico y al glufosinato de amonio, un herbicidia aún más tóxico que el glifosato. El trigo transgénico tiene el sello de la compañía Bioceres/Indear, que cuenta entre sus accionistas y directivos a Hugo Sigman, Gustavo Grobocopatel, Federico Trucco y Héctor Huergo. En paralelo, la Secretaría de Agricultura Familiar y Maizar (empresas ligadas al cultivo) impulsan el maíz transgénico en Misiones.

Con el pan no

Ningún país del mundo aprobó eventos transgénicos para el trigo, base del pan, sostén alimentario durante miles de años de lo que hoy conocemos como cultura occidental. En Argentina, referencia de la transgénesis global para los empresarios y sus socios, esto es una oportunidad. A fines de 2018, la Conabia (Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria) dio el visto bueno al trigo de la empresa Bioceres, tolerante a sequía y al herbicida glufosinato de amonio. La aprobación para la liberación comercial quedó en manos del Área de Mercados de la Secretaría de Agroindustria.

En primera instancia, los funcionarios del área negaron la liberación, basándose en el temor a perder mercados, principalmente el de Brasil. Pero el 7 de octubre, la Resolución 41/2020 dio luz verde al trigo HB4 reparando en el posible conflicto con el máximo importador de trigo argentino. «Esta Subsecretaria de Mercados Agropecuarios entiende que la misma debe estar condicionada a la aprobación comercial por parte de las Autoridades competentes de la República Federativa del Brasil, debiendo abstenerse la solicitante de producir y comercializar las variedades que contengan el evento hasta tanto obtenga la licencia de la República Federativa de Brasil», condicionó el documento oficial. No tuvieron en cuenta que Brasil, importa un volumen cercano a los 5,4 millones de toneladas de trigo, mientras que en el mercado interno argentino se consume más de siete millones de toneladas. .

La aprobación por parte del ministerio a cargo de Luis Basterra ocurre porque Bioceres —pata biotecnológica del Grupo Insud de Hugo Sigman— ejerció un intenso lobby, que incluye diálogos con el presidente Alberto Fernández, sus asesores y con el suplemento Rural de Clarín, a cargo de Héctor Huergo. La empresa, además de trabajar en Argentina, opera en Wall Street, cuenta con la aprobación para Brasil de la llamada «soja HB4» —publicitada como resistente a la sequía al igual que el trigo transgénico— y participa en Bolivia de un proyecto que busca cultivar más de 400.000 hectáreas de soja para producción de biodiésel. Bioceres cuenta como socio estratégico al Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas), el mayor ámbito de ciencia del país.

Raquel Chan, bióloga especializada en biotecnología vegetal, trabaja en el Instituto de Agrobiotecnología del Litoral-Conicet. Chan lideró el equipo que identificó el gen «HB4» en girasol, que daría tolerancia a sequía a los cultivos, presente también en el trigo comercial de Bioceres. La investigadora explicó su posición en el diario PáginaI12, donde sostuvo que «alimentar a la creciente población requiere un aumento de la producción de los cultivos» y que «es difícil que volvamos la tecnología del agro para atrás». Dos eslóganes que sintonizan a la perfección con el discurso del agronegocio.

Chan desliga el uso de transgénicos de la creciente dependencia de agroquímicos y se embandera detrás de una «agricultura sustentable» sin conectar los impactos reales de este tipo de ciencia y el modelo de agro hegemónico en el país: «Si bien generalmente se asocia a los transgénicos con el uso excesivo de agroquímicos, esto no tiene por qué ser así. Las tecnologías transgénicas buscan ofrecer soluciones a problemas de la agricultura que no implican necesariamente mayor uso de agrotóxicos».

Chan llamó a confiar en las regulaciones de la Conabia y del Senasa (Servicio Nacional de Sanidad Agroalimentaria), ambos organismos muy cuestionados por su alineamiento con las empresas del agro.

La noticia de la aprobación del trigo transgénico generó una rápida reacción de repudio de decenas de organizaciones campesinas, asambleas ciudadanas y cáteradras universitarias bajo el lema: ¡Con nuestro pan NO! «Esta autorización significa un avance del agronegocio sobre la alimentación de nuestros pueblos y sobre nuestra agricultura que no podemos aceptar y que nos obliga a denunciarla y resistirla por todas las vías posibles», sostienen las organizaciones firmante del documento que exige al gobierno nacional que dé marcha atrás con lo que calificaron como «una medida autoritaria que sólo puede explicarse por la sumisión a los intereses corporativos».

Profanar el maíz ancestral

El maíz, alimento ancestral de América Latina, con centenares de variedades domesticadas a lo largo de miles de años por comunidades que lo incorporaron como sustento de su alimentación, ha sido profanado por las corporaciones globales del agronegocio. Este cultivo milenario es hoy en Argentina la referencia de la transgénesis agroempresarial. De los 60 eventos de modificación genética aprobados en el país, 34 son para ese cultivo. Las características de los transgénicos son la resistencia al glifosato (entre otros herbicidas) y la producción de toxinas Bt para evitar ataques de insectos.

En 2018, Maizar (cámara de empresas del agronegocio de la cadena del maíz) y la Secretaría de Agricultura Familiar de la Nación avanzaron en una propuesta que tenía como horizonte sembrar 250.000 hectáreas de maíz transgénico en Misiones. La provincia es una referencia de luchas históricas en materia de agricultura campesina e indígena, donde se han logrado avances importantes en producciones diversificadas orientadas al consumo local, la comercialización y la organización en torno a la soberanía alimentaria y la agroecología.

Esta iniciativa gubernamental, y del sector concentrado del agro, choca de plano con la posibilidad de sostener y ganar más territorio para una agricultura que piense en clave de alimento genuino y no de commodities (biocombustibles, alimento industrial para ganado en otras regiones, insumo para la industria de productos alimenticios ultraprocesados).

En Argentina la institución que se dedicó a trabajar con la agricultura familiar, campesina e indígena es la Secretaría de Agricultura Familiar de la Nación (SAF). Walter Kunz, siendo delegado de SAF en Misiones, defendió el impulso que da la Secretaría a la siembra de maíces transgénicos de la mano de Maizar. Argumentó que no obligan a nadie a comprar semillas transgénicas. Nada señaló sobre los impactos ecológicos, sanitarios e incluso de dependencia económica que generan este tipo de insumos. “Desde hace veinte años en Argentina se consumen alimentos originados en semillas transgénicas y no existen pruebas de ningún tipo que estén señalando que se está haciendo mal a la población”, sostuvo Kunz de espaldas a las denuncias de colectivos sociales, científicos e informes del mismo Estado sobre los impactos negativos a gran escala de los organismos genéticamente modificados.

Poner a las comunidades en el centro

Tanto en el caso del maíz como del trigo persisten los argumentos clásicos de defensa de los monocultivos esgrimidos por la «Revolución Verde» y la «Revolución Biotecnológica»: los viejos mitos del progreso y las promesas de la modernidad capitalista para los países del Sur Global. La legitimación científica que alegan Chan y Kunz ignora todo el cúmulo de ciencia crítica (solo por nombrar casos emblemáticos: Andrés Carrasco, Grupo de Salud Socio-ambiental Universidad Nacional de Rosario, Grupo de Genética y Mutagénesis de la Universidad Nacional de Río Cuarto, Miryam Gorban) que ha dado cuenta de los graves impactos sociosanitarios de este modelo.

En la actualidad, los propios organismos de control, al igual que los sistemas mismos de producción, están siendo cuestionados, incluso por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación): “La intensificación de la producción agrícola, basada en el monocultivo y altos niveles de insumos externos, ha perturbado la biodiversidad y los servicios ecosistémicos, en particular la diversidad genética de los cultivos, la formación de suelo y la fijación biológica del nitrógeno, hasta el punto de amenazar la sostenibilidad de la producción misma de alimentos”.  

“Algunos críticos sostienen que la Revolución Verde benefició sobre todo a aquellos agricultores que tenían tierras más ricas y un acceso más fácil a los insumos y mercados, y que no logró llegar a la mayoría de pequeños agricultores”, afirma el documento Ahorrar para crecer en la práctica. Maíz, arroz y trigo de la FAO.

En Argentina, el paquete de producción basado en transgénicos y siembra directa fue el responsable del incremento del consumo de herbicidas en un 1279 por ciento, entre 1991 y 2011. La tendencia nunca se revirtió, pero las empresas hoy esconden estos datos, porque creció la conciencia del peligro que implica para la salud y el ambiente el uso masivo de agrotóxicos. 

Ninguno de los agrotóxicos es inocuo para la salud humana. El trigo de Bioceres y los maíces que quieren imponer en Misiones también son resistentes a herbicidas y van a ser parte del problema del aumento del uso de venenos, si logran imponerse en los territorios.

El polen de maíz viaja con el viento y contamina a cultivos vecinos, como le recordó la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) a Kunz en su denuncia “Secretaría de Agricultura Familiar de la Nación. Portavoz de Bayer en Misiones y cinismo nacional”. No es verdad que adoptar o no una semilla del mercado sea una elección libre.


Corrección: Nancy Piñeiro

Curso Soberania alimentaria Derechos Humanos y Agroecologia