Por Mauricio Amaya
En Dolavon, las heladas marcan el calendario de quienes trabajan la tierra y cada cultivo requiere paciencia. Mientras buena parte del Valle Inferior del Río Chubut espera la llegada de la primavera, Rosa Ranguileo recorre el invernáculo donde cultiva verduras junto a su hijo. Allí, entre hileras de lechuga, espinaca, rúcula, acelga y hierbas aromáticas, sostienen un proyecto que hace apenas unos años parecía impensado: producir alimentos agroecológicos para la comunidad.
Hace tres años, una convocatoria de la Municipalidad de Dolavon cambiaba la rutina de un grupo de familias de esta localidad del departamento de Gaiman. Hasta ese momento, Rosa Ranguileo apenas hacía plantines con su hijo en su casa y tenían una huerta en el patio; de repente pasaba a tener un campo para cultivar. "En verano se vende mucho más porque también sembramos mucho más. Además del invernáculo, tenemos dos parcelas", cuenta Rosa, que es parte del proyecto Dolavon Produce o el Nodo Productivo, como lo llaman en este pueblo de casi 4.000 habitantes.
“Comer sano cambió nuestra alimentación y la de la comunidad. Ese sabor de las verduras es inigualable y además sabemos que lo producimos con nuestras propias manos. Y la gente ve nuestro trabajo”, sintetiza. El proyecto tomó forma en 2023 como parte del Programa de Infraestructura para Entramados Productivos Regionales, articulado por el Ministerio de Obras Públicas de la Nación. El de Dolavon es uno de los 12 nodos que se proyectaron en todo el país. Un año después, con la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada, la iniciativa se desfinanció y la responsabilidad quedó enteramente en manos del municipio, que recibió el apoyo de la Federación de Asociación Mutualistas de Chubut (FAMUCH) para sostenerlo.

De recuperar la tierra a construir comunidad
El ingeniero agrónomo Luis Ñancucheo es uno de los pilares de Dolavon Produce. Las dos hectáreas y media donde funciona el Nodo eran terrenos municipales degradados, que no tenían antecedentes productivos. Recuperarlas fue uno de los primeros desafíos. "Con prácticas agronómicas relativamente simples, incorporando mucho abono y materia orgánica, logramos recuperar esos suelos y ponerlos a producir con muy buenos resultados", explica Luis.
El objetivo inicial era sencillo en su formulación, aunque ambicioso en la práctica: que familias de la localidad pudieran producir alimentos sanos para autoconsumo y comercializar el excedente, generando un ingreso sin que el acceso a la tierra fuera una barrera. "Empezamos con nueve familias. A cada una se le asignó una parcela y al año siguiente ya habíamos ampliado el predio. Hoy son 32 familias las que forman parte del Nodo", precisa Luis.
También instalaron un sistema de riego por goteo para optimizar el uso del agua, una decisión clave en una región donde cada recurso debe administrarse cuidadosamente y donde el riego tradicional habría dificultado la producción. Para Ñancucheo, el mayor logro del proyecto fue más allá del trabajo sobre la tierra o de la comercialización de los productos. Las familias productores recibeb cada sábado a los vecinos para realizar venta directa de la cosecha en el Nodo y coordinan visitas y pedidos vía WhatsApp.

"Lo productivo en estos proyectos no suele ser un problema sino las relaciones entre las personas. Y ahí fue donde el proyecto resultó altamente exitoso." Al tiempo que sus trabajadores fueron aprendiendo y mejorando las tierras, el Nodo logró un sentido de pertenencia para las familias y empezaron a tejerse redes de apoyo en torno a la producción de alimentos.
En ese sentido, Luis marca cómo el deterioro del poder adquisitivo durante los últimos años y la necesidad de multiplicar los medios para sostener cada economía familiar resultó un obstáculo para el desarrollo del Nodo durante el 2024 y 2025. “Algunos de los productores debían salir a hacer una changa para completar sus ingresos y no podían atender su parcela —grafica Luis y agrega—. Pero creo que en esta crisis se fortalecieron esos lazos. El gran desafío fue acompañar a cada familia, entender qué le estaba pasando y ser solidarios."
Aunque hasta el momento ninguna de las familias productoras vive exclusivamente del trabajo en el Nodo, todas aún requieren de tener otro empleo para solventarse, la dimensión colectiva resulta fundamental y despertó interés en otros municipios patagónicos: "Quienes venían a conocer el Nodo se sorprendían de que pudiéramos trabajar sin conflictos y, al mismo tiempo, seguir creciendo."
Cómo sobreponerse a las heladas patagónicas y producir diversidad
En el Valle Inferior del Río Chubut, la naturaleza impone sus propios tiempos. El período libre de heladas apenas se extiende durante algunos meses del año y obliga a planificar cada siembra con precisión. Entre marzo y octubre —e incluso noviembre, según la temporada— el frío y el viento condicionan buena parte de la producción. "Tenemos un período libre de heladas muy corto. A partir de ahí empieza el ciclo de siembra", explica Ñancucheo.
Frente a ese escenario, la respuesta llegó a través de la producción bajo cubierta: “Una de las estrategias fue construir invernáculos y utilizar microtúneles. Eso nos permite ganar tiempo, producir hasta mayo o junio y volver a arrancar en septiembre”. La decisión política de la Municipalidad de Dolavón, a cargo de Dante Bowen, de acompañar a los productores en este aspecto es clave: hace pocas semanas, se terminaron de construir seis nuevos invernáculos de 20 metros por cuatro (con una inversión superior a los 10 millones de pesos) destinada a fortalecer el trabajo de las familias productoras.
Pero adaptarse al clima no alcanza. Para el ingeniero del Nodo, la clave también está en la diversidad: “Por una cuestión ideológica, práctica y técnica, la diversificación es fundamental”. En las tierras recuperadas convive la producción de hortalizas de estación —variedad de hoja verde, tomate, zapallos—, frutas —como melones y sandías—, plantas aromáticas, producción de huevos y también salas para preparar conservas, para cultivar hongos y otra de elaboración de quesos artesanales, a partir de la leche fluida entregada por productores locales.

Lejos del monocultivo, la estrategia mejora la fertilidad del suelo mediante la rotación, reduce riesgos productivos y ofrece una comercialización más variada. “Queremos que cada familia tenga distintas producciones. Eso mejora la dieta, cuida la terra y también permite ofrecer más opciones cuando llega el momento de vender”, afirma Ñancucheo.
El ingeniero de el Nodo sostiene que cada incorporación productiva surge del diálogo permanente con quienes trabajan la tierra: “Hay que estar muy atentos a lo que quiere la gente. No siempre sirve llegar con una idea cerrada. A veces uno piensa en un cultivo porque es rápido o rentable, pero si las familias no lo sienten propio, difícilmente funcione.” Esa forma de construir el proyecto también se refleja en las articulaciones que hoy mantiene Dolavon Produce con la Escuela Nacional de Agroecología y la Federación Rural, espacios que acompañan con capacitaciones e intercambio de saberes.
Un territorio fértil de historias de mujeres protagonistas
Mariela Jones se incorporó en 2024 después de asistir a un curso sobre plantas aromáticas dictado por el propio Luis. Se lanzó a esta aventura y hoy es una de las referentes del espacio. En su parcela empezó con las aromáticas (lavanda, romero, orégano, caléndula, cedrón ) con objetivos medicinales; y luego también se abocó a las hortalizas y verduras (lechuga, tomate, zapallo). Junto a su padre también cría gallinas ponedoras y produce hongos comestibles y medicinales, algunos de los cuales llegan a restaurantes de la zona.
“A la gente todavía le cuesta acostumbrarse a lo orgánico, pero desde que existe el Nodo de a poco lo vamos incorporando”, cuenta esta productora. Más allá de la producción, Mariela asegura que el mayor valor del proyecto aparece en la vida cotidiana: “Somos una gran familia. Si hoy no puedo regar, un compañero lo hace por mí. Si no puedo venir, alguien cuida mi espacio”, sostiene y remarca: “El desafío está en cada familia, en las ganas, en el empuje y en valorar lo que tenemos. Nosotros contamos con un municipio que nos respalda, que nos da herramientas e insumos para empezar.”
Ese aspecto socioproductivo también se materializa en la organización de eventos a los que llegan vecinos de Trelew, Rawson y Playa Unión en busca de alimentos agroecológicos. Además, cuando la producción supera la demanda, las familias donan verduras a escuelas e instituciones locales. “La gente sabe que es una alimentación más sana, más rica, con otro sabor”, asegura Mariela, consciente de que la mayoría de las comunidades en general consumen productos que llegan desde los mercados concentradores, a kilómetros de distancia, y no son ni frescos ni libres de agroquímicos.

Una de las particularidades del Nodo es que está conformado por mujeres en un 95 por ciento. Se trata de jefas de familia que ponen manos a la tierra y eso le imprime un sentido diferente a un espacio que por tradición o en el imaginario estuvo asociado al universo de lo masculino. “Las mujeres encararon el proyecto y muy pocos varones fueron a pedir tierra; apenas tres encabezan parcelas”, cuenta Mariela.
Alguna explicación ensaya Luis respecto al fuerte componente femenino del Nodo de Dolavon: “Hay una cuestión cultural e histórica en la conformación del pueblo que no se da en otros lugares. En este espacio de producción se da una afinidad entre las mujeres productoras que tiene que ver con el compromiso con la producción y la responsabilidad con la que abordan las tareas. También es un lugar de contención, acá vienen con sus hijos, amigas, así que tiene que ver con mejorar su calidad de vida”. La apropiación del lugar es tal que las mujeres también organizan talleres de educación para sus hijos y lo abren a las infancias de la comunidad.
Mucho más que producir verduras, otra forma de pensar el desarrollo
Chubut es una provincia atravesada por la tensión de qué hacer con su territorio. Desde hace más de un siglo, gran parte de su economía giró alrededor de la extracción de recursos naturales: el petróleo convirtió a Comodoro Rivadavia en uno de los principales polos energéticos del país, ahora en declinación frente al boom de Vaca Muerte. La pesca sostiene buena parte de las exportaciones provinciales y la producción lanera continúa marcando la vida de la meseta. En paralelo, la posibilidad de habilitar la megaminería metalífera mantiene uno de los conflictos socioambientales más importantes de la Argentina con la resistencia de las asambleas ciudadanas y las históricas movilizaciones que sostienen la vigencia de la Ley 5001, que prohíbe la minería metalífera a cielo abierto y el uso de cianuro en la provincia.
En ese escenario, el Nodo Productivo de Dolavon parece avanzar en otra dirección. No busca extraer riqueza del territorio sino producirla a partir de su cuidado; no depende de un recurso finito sino de la recuperación de la fertilidad del suelo; no organiza el trabajo alrededor de grandes empresas sino de familias que vuelven a encontrar en la tierra una posibilidad de sustento. Es una experiencia que recupera la tradición agrícola del valle inferior del río Chubut —impulsada desde fines del siglo XIX por las colonias galesas— y la resignifica desde la agroecología, la producción de cercanía y la soberanía alimentaria.

Más que una alternativa técnica para cultivar verduras, el proyecto plantea una pregunta política: ¿es posible imaginar un modelo de desarrollo para Chubut que no tenga como horizonte principal la extracción de recursos? Mientras buena parte del debate público provincial suele concentrarse en el petróleo o la megaminería, en Dolavon la discusión transcurre alrededor de las semillas, el agua, la recuperación de tierras y el trabajo colectivo.
Las hortalizas y verduras son apenas la parte visible de una experiencia que recuperó tierras degradadas, generó ingresos para decenas de familias y fortaleció vínculos comunitarios en una localidad donde producir alimentos agroecológicos parecía una apuesta improbable. Para Ñancucheo, el secreto nunca estuvo solamente en una técnica productiva. “Lo productivo se puede replicar en cualquier lugar. Lo que tiene que existir es una decisión política para hacerlo posible”.
El ingeniero sostiene que trabajar con agroecología implica comprender que cada territorio tiene su propia identidad y que las recetas universales rara vez funcionan. “No alcanza con el conocimiento técnico. Hay que compartir saberes, entender las historias, los tiempos y las necesidades de cada familia”. Aún después del retiro de las políticas nacionales, el municipio decidió sostener el proyecto con recursos propios, en paralelo a la voluntad de una comunidad que encontró en la tierra un espacio para producir, aprender y también cuidarse. "El Nodo es un cable a tierra para muchos", resume Mariela Jones.
Rosa comparte esa esperanza e imagina un futuro donde el trabajo de la tierra pueda convertirse en el único sustento de su familia. "Lo ideal sería poder vivir enteramente de lo que producimos. Es un trabajo arduo, pero creo que con el tiempo se puede lograr. Yo le tengo fe al Nodo porque veo que crece”.
