Por Oscar Soto*
La ganadería pastoril es una modalidad ancestral por la cual se cría el ganado haciendo uso de entornos variables a partir del desplazamiento de los animales y la gestión de las pasturas que lo abastecen. Esta dinámica de trabajo rural provee de medios a los campesinos que recorren pastizales alrededor del globo. Por eso, las familias se mueven en busca del recurso, y eso es bastante común, dado que las características de los espacios rurales de matorrales y estepas donde prospera el pastoreo son diversas. Las lluvias y nevadas estacionales son parte del sostenimiento de esas praderas infinitas. Podríamos decir que el pastoreo se vale de saberes tradicionales para sortear esos climas y ambientes sumamente hostiles donde la humedad y la altura son las únicas que pueden garantizar comida a las crías.
Unos 200 millones de personas en cerca de 100 países están abocados a esta labor. Es más, los pastores tradicionales, migratorios y transfronterizos en todo el planeta conservan los territorios de pastoreo y los utilizan para obtener carne, leche y otros alimentos, así como fibra, combustible y otros bienes. De hecho, el rol ecológico y social de esta práctica campesina e indígena es una de las razones que alientan la necesidad de su preservación.
En términos generales, la cría de ganado es variable. Es posible definir, grosso modo, una producción ganadera intensiva en la que los animales se concentran en un espacio determinado, alimentados por forrajes y suplementos determinados, la mayoría de las veces «importados» y con cierto automatismo. En tanto, en otro extremo, podemos identificar el pastoreo que proyecta en la labor humana un dispositivo central para su existencia, en espacios abiertos y naturales.
Sobre este último, cabe mencionar lógicas distintas respecto de la propiedad y el acceso a la tierra, siendo los derechos privados exclusivos sobre la tierra, en general, menos comunes en las sociedades pastoriles. Es importante desanclar la idea de museo que objetiviza al mundo pastoril. Se puede ser pastor viviendo en un pueblo o en un paraje limítrofe con la ciudad. Sin embargo, lo cierto es que las características centrales del pastoreo apuntan a un modo de vida con lógicas y consecuencias diferentes a las de la ganadería intensiva.

Entre el conjunto de elementos que dan relieve a una práctica como esta se pueden mencionar cuatro aspectos centrales: la movilidad, que remite a la estacionalidad de la práctica haciendo del movimiento una forma más efectiva de adaptación y subsistencia; la territorialidad de pastizales: una gran porción de la superficie terrestre del planeta son pastizales, donde los medios de vida no pastoriles y la producción de alimentos suelen ser poco probables; la alta densidad nutricional de los alimentos que produce la actividad pastoril y la mejora de la biodiversidad que proporcionan. En su gran mayoría, los sistemas pastoriles emulan formas de vida silvestre reduciendo emisiones totales de gases de efecto invernadero y favoreciendo la producción baja en carbono.
El pastoralismo latinoamericano en zonas áridas es una actividad de larga data. En Argentina, pese a ser marginal, los animales suben a valles altos de unos 1.200 metros sobre el nivel del mar, en el caso de la Patagonia y el sur cuyano. La veranada –dirán los puesteros malargüinos– es una forma de vida que los antecede en el sur de Mendoza, y es también una modalidad actual de puja por el territorio: la instrumentación de algunas leyes a mediados de los años 90 del siglo XX, tal el caso de la Ley 6086 de Promoción y Arraigo de Puesteros en Zonas no Irrigadas, no ha impedido la multiplicación de desalojos, lastimosamente vigentes en la actualidad.
En nuestro país, los sistemas de pastoreo extensivos han sido estrategias por las cuales el ganado se ha asemejado a un producto de riqueza social y cultural. De hecho, esta actividad involucra a más de 30.000 familias con distintos tipos de ganado, es decir, no solo chivos sino también vacunos, camélidos, ovinos, que se movilizan para obtener agua y pasturas, actividad que, además de cultural es económico-productiva. Para eso, es oportuno resaltar que —en lo relativo a los insumos que generan— solo el cálculo de ingresos del sector equivale a generar una riqueza de 300 millones de dólares cada año para el país, si miramos años regulares en términos económicos, sin tener en cuenta la megadevaluación de la moneda de principios de 2024.
Se estima que abarca aproximadamente el 80 por ciento del ganado caprino y el 86 por ciento de las llamas que se crían en pastizales. La fortaleza de estas rugosidades pastoriles y agropastoriles está relacionada no solo con la producción y venta de animales sino también con altos niveles de autoconsumo.

Un aspecto que resulta palmario al abordar esta actividad es que —al igual que la cuestión del campesinado—, en un país fuertemente urbanocéntrico, la percepción hegemónica del pastoreo tiende a colocarlo como una tarea, además de marginal, antagónica con el cuidado del ambiente. Tengo que decir, espero que sea con la claridad suficiente, que cierto ambientalismo superficial atenta muchas veces contra nuestros puesteros.
Por ejemplo, se pregona la idea de “reverdecimiento” como el sustento teórico de iniciativas de restauración de tierras que suponen “vacías” y necesitan reforestarse. Esto es lo que justifica intervenciones de diverso tipo. Esa reducción de la ganadería en zonas de pastoreo en favor de la agricultura o la “repoblación”, incluida la plantación masiva de árboles, con seguridad socava mucho mejor los medios de subsistencia de lo que puede contribuir efectivamente al cuidado del ambiente. Las formas de extractivismo y desalojo de familias puesteras han enarbolado esta idea en varias oportunidades. En el caso del proyecto El Azufre esa excusa de sostenibilidad ha estado presente, imponiendo una falsa noción de lo que sería el entorno “original”.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en 2021, lo destacó de la siguiente manera:
El 39 por ciento (1.120.000 kilómetros cuadrados) de la superficie terrestre de Argentina está compuesta por zonas áridas que muestran un alto grado de variabilidad ambiental. El pastoreo móvil como un sistema extensivo de producción animal es muy adecuado para maximizar los recursos escasos en tales entornos. Las familias pastoralistas del país crían pequeños rumiantes, bovinos y camélidos como llamas y alpacas. Son capaces de producir proteínas animales útiles para el consumo doméstico y la venta, así como contribuir a la cadena de valor de la fibra, incluidas las fibras de llama, alpaca, vicuña y guanaco.
Pese a esto, Argentina no tiene una definición ni un régimen normativo centrado en la actividad pastoril. Incluso, si algo caracteriza a este sistema de vida a cielo abierto es la necesaria variabilidad y la incertidumbre sobre la que se despliega.
Sobre la movilidad espacial en Malal-Hue
Aproximadamente en el siglo X, las trashumancias de mayor envergadura en Europa se daban al amparo de concesiones de libertad de pastos que daban monarcas aragoneses y castellanos. En ese contexto, se puede datar la mutación de un pastoreo como actividad subsidiaria de la agricultura a un pastoralismo comercial, con un alcance y un dinamismo productivo mayor. En América, esta práctica antiquísima tiene al menos 2.000 años y abarca 30 millones de kilómetros cuadrados (el doble de las tierras dedicadas a la agricultura).
Las formas de trashumancia y movilidad caprina no remiten solo a un modo de producción. Se trata de una forma de vida y una cultura capaz de moverse al compás de los ciclos naturales del clima. De hecho, en toda la ruralidad americana, pero también a escala global, el arte de traslación que involucra a las comunidades contrasta experiencias familiares de subsistencia con la modernidad de la vida urbana, que se torna hegemónica en un país como el nuestro. Ese contraste se debe, entre otras cosas, al hecho de que los puesteros trashumantes, con su labor, procuran restaurar el suelo y devolver un poco de equilibrio a la tierra.
Justamente, lo primero que se puede observar cuando hablamos de Malargüe no es ni la minería ni el petróleo. La primera imagen de nuestro pueblo, aún hoy, es la del grupo familiar puestero que acompaña la tarea cotidiana en el traslado a zonas de altura con el ganado, en busca de forraje y mejores climas para sus animales, como resguardando esa morfología campesina. Luego de que los chivos y cabritos nacidos son alimentados en la invernada, entre los meses de septiembre y noviembre, se comienza el largo camino a las veranadas.

La trashumancia se sostiene en la dualidad veranada/invernada. La movilidad de la residencia familiar del campesinado malargüino, ligada a la actividad caprina que procura los valles de altura cordillerana, es reconocida como una práctica ancestral de traslado de la invernada a la veranada, en tanto apropiación espacial de la naturaleza por parte del sujeto rural. Incluso, este sistema de pastoreo fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2019.
Para decirlo como realmente se lo conoce en el lugar, debemos hablar del “arreo”, que es el nombre que los puesteros asignan al traslado de sus rebaños y sus familias completas, en busca de los mejores pastos para la subsistencia. El arreo es el acto de reunir el plantel caprino y conducirlo desde la invernada a la veranada y viceversa. Anualmente, el arriero coprotagoniza con sus animales el paso desde las tierras bajas hacia la altura, buscando lugares de refugio en “riales”, “pesebreras” y corrales. Así como el invierno se transita en las tierras bajas de invernada, en el verano se busca la cordillera.
Los puesteros trashumantes persisten como parte de los sistemas ganaderos con límites flexibles en tierras secas, ahora integradas en gran medida en los sistemas agrarios asentados. En diciembre, el puestero emprende el viaje con sus animales a las sierras, forma habitual de nominar a los cerros y valles de alta montaña. Entre marzo y abril, estas familias que realizan la temporada de pasturas con sus animales a lo largo del cordón andino regresan a sus hogares. Esta práctica que configura los Andes sudamericanos –desde el norte hasta el costado sur de Mendoza yendo hacia a la Patagonia– también acontece en las regiones del Biobío y de la Araucanía chilena.
El antecedente directo de las actuales familias puesteras trashumantes se encuentra en las movilidades transfronterizas que, entre el Ngulumapu (Araucanía) y el Puelmapu (pampa argentina), llevaron adelante los pueblos mapuches-pehuenches durante el siglo XIX y comienzos del XX. Aquella dinámica de trabajo campesino-indígena se caracterizó por el esfuerzo físico colectivo, primero en torno al núcleo comunitario y luego al familiar, y por una lógica productiva ajena a la acumulación de capital, centrada en la reproducción social y territorial del grupo.
Estrategias puesteras para mantenerse en el campo
Me gustaría ahora avanzar con este recorrido por las dinámicas de arraigo que tiene el modo de vida puestero, en especial en las últimas décadas, que es el foco temporal de este libro. Hace un tiempo considerable, las discusiones respecto de la ruralidad latinoamericana han cobrado relieve en el campo sociológico, antropológico y político. Existe multiplicidad de abordajes para atender a las vicisitudes del territorio agrario regional. Son varias las formas de pensar el campo hoy. Yo me detendría en dos: por un lado, es conocido el enfoque del capitalismo agrario, que es bastante poco sofisticado, a la vez que sucinto. Ese razonamiento argumenta que el campo tiende a ser –o incluso ya ha sido– subsumido por el capitalismo de manera efectiva.
Por otro lado, hay otro paradigma de la cuestión agraria que refuta la idea de que el campesinado deba desaparecer. Más bien, sostiene que el campo experimenta procesos de permanente reconstrucción, al interior de una sociedad eminentemente capitalista. Bajo esa premisa, la agricultura familiar o, en nuestro caso, el modo familiar de vida puestero, puede evocar una forma específica de ser campesino o indígena en un territorio como el del sur provincial. Mi hipótesis es que se puede atender a las formas en que las familias trashumantes nutren sus hogares de invernada y veranada desde una matriz de reinvención constante de lo campesino.
Dicho esto, entonces, sería oportuno revisar en qué medida ese territorio de montaña, en el que lo campesino se reconfigura tal como lo venimos describiendo, incide en el acceso a los bienes comunes por parte de las familias puesteras. Observar las estrategias de vida puestera, es decir el cúmulo de prácticas y experiencias que proyecta la reproducción del grupo doméstico, es un insumo para argumentar sobre la permanencia –o no– de este modo de vida. Lo pongo en otras palabras: si bien las estrategias diarias de vida dan cuenta de un carácter específico de ser campesino en el sur de Mendoza, no es menos cierto que ese enfoque de reinvención campesina acontece en una sociedad capitalista que no ofrece consideraciones amigables, ni políticas ni económicas, por tratarse de un modo de vida “marginal”.

Ante ese olvido colectivo de la vida puestera —olvido desde las esferas políticas, pero también cierta a partir de la indolencia ciudadana que emerge cada vez que se habla de lo rural como atraso—, el criancero trashumante se fusiona con el paisaje y se mantiene en movimiento. Esto es: el recorrido por fallas y pliegues que tiene a lo largo y ancho la cordillera malargüina es lo que alienta la trashumancia extensiva, principalmente caprina. Tal vez por ello, su modo de vida no pueda disociarse de esa territorialidad campesina.
Ahora bien, tanto en las regiones de invernada como de veranada utilizadas por las familias puesteras, el territorio provee recursos de acuerdo con la ubicación en cuestión. Las zonas de los cordones, valles y quebradas se ajustan a la cría de caprinos. Los animales permanecen en los puestos de invernada preferentemente en los meses de mayo a septiembre/noviembre, período este último de pariciones. El territorio en sí mismo no resuelve la forma de habitarlo, pero sí es parte de una estrategia de permanencia inherente a su dinámica de vida: se trata de una actividad que provee de insumos para sobrevivir (alimento y ropa, por ejemplo). Lo primero que debemos destacar, entonces, es que el trabajo ganadero como una estrategia de permanencia requiere de un esfuerzo constante que implica también responsabilidades y erosiones económicas como cualquier otra.
He convenido ya que la palabra puestero es en sí misma una categoría nativa, como argumenta Daniela Pessolano. En realidad, es la Ley provincial 6086, en su artículo 3, la que da un marco normativo “a quien efectivamente o de hecho ocupa la tierra, a título de poseedor o tenedor, habitándola y realizando en ella, personalmente, actos de aprovechamiento agropecuario”. Sucede que la identidad puestera se asume como tal en Malargüe y, bajo esa autodenominación, el indicativo no solo remite a una forma de habitar el terreno sino también a un sistema de producción propio.
Un sistema de producción es un ordenamiento y planificación de procesos productivos que busca acomodar los recursos disponibles, en este caso con una norma autoimpuesta: se conserva el ecosistema con el fin de que esa producción se torne sustentable en el tiempo. Obviamente, cada régimen de producción atiende a condicionantes locales específicos. En este caso, la incertidumbre del pastoralismo campesino de alguna manera es atemperada por el conocimiento del lugar, la adaptación y flexibilidad que permite sobrellevar situaciones complejas sin perder de vista los aspectos centrales en la producción caprina.
Ya hicimos una mención antes, pero vale amplificarlo aquí: la falta de agua atenta contra la productividad del campo por la carencia de pasturas o de potreros. Esto requiere de una organización sistemática y de estrategias que posibiliten administrar esos bienes escasos. Los crianceros de Malargüe no solo han heredado de las antiguas comunidades mapuches-pehuenches-puelches sus exclusiones territoriales. También conservan una práctica ecológica que contornea el terreno de montañas y valles del sur mendocino. Práctica inconmovible y fatigosa que permanece siempre frente a condiciones de precariedad y abandono.
*El texto pertenece al capítulo "¿Cómo se vive y se permanece en ese lejano pueblo?" del libro "Malargüe entre veranadas e invernadas. Pasado y futuro de un pueblo trashumante" – EDIUNC 2026 . Conseguí el libro desde el siguiente link: https://ediunc.uncuyo.edu.ar/catalogo/edicion/264
