Laura Becerra Ortiz
Desde Mendoza
Frutas y verduras con químicos, consumidores que no saben lo que comen, productores enfermos y muy mal pagos, tierras arrasadas. Algunas de las falencias del sistema actual de producción y comercialización de alimentos de la tierra. Frente a una estructura dominada por la oferta y demanda que pareciera la única opción para abastecerse de comida, hay quienes buscan nuevas formas de relacionarse e implicarse con los alimentos, de conocer de dónde proviene, quién lo produce, qué decisiones se toman para que eso exista y llegue a sus platos.
Las CSA o SCA (Comunidad que Sostiene la Agricultura o Agricultura que Sostiene la Comunidad) son organizaciones con acuerdos que se establecen entre un productor o productores y un grupo de familias o personas que trabajan en conjunto para obtener alimentos sanos y de calidad. Quien trabaja la tierra recibe un pago acorde a la tarea que realiza y las decisiones que se toman en el campo son definidas en conjunto, por lo que los consumidores también adoptan un rol proactivo (por eso se los llama prosumidores). Ellos, mediante el pago de un monto que suele fijarse al inicio de la temporada —a veces de manera mensual, anual o por ciertos tiempos—, reciben a cambio una caja de alimentos frescos periódicamente.
"Se trata de un sistema donde se comparte la producción de alimentos entre el agricultor y la población que se organiza para eso", explica Marcos Persia, ingeniero agrónomo y parte de la Asociación Biodinámica Argentina. Él es uno de los encargados de relevar las Comunidad que Sostienen la Agricultura en Argentina e impulsarlas: "Se planifica el presupuesto al comienzo de la temporada y se comparte la toma de decisiones, el riesgo, la escasez, la abundancia. Se establece una relación bastante más comprometida que la habitual donde un consumidor aparece al final de la producción, digamos que aquí se financia desde que se pone la semilla".
El modelo fue conceptualizado en Japón en la posguerra, cuando las familias querían conseguir alimentos luego de las bombas atómicas arrojadas por Estados Unidos en 1945.
Uno de los primeros pasos es, para quienes trabajan la finca, elaborar un presupuesto inicial de lo que costará producir los alimentos en un ciclo determinado (puede ser por estación, por cantidad de meses, año o según lo que cada grupo establezca) con todos los bienes, materiales e insumos que ello requiera y la inclusión de su propio sueldo. Como resultado, las personas que financian ese trabajo reciben canastas con alimentos de manera semanal o quincenal, pero no se mantienen al margen de lo que ocurra en el campo.
Persia describe: "Se comparten los riesgos (sequías, heladas, plagas) entre el agricultor y las familias, como así también la abundancia. Es una asociación de personas que tienen como fin el producir y acceder a alimentos ecológicos y todo esto plantea una nueva forma de relacionarse con la comida y con quien la produce, además de permitir conocer otros alimentos desconocidos”.

Lo diverso como una constante
Una de las diferencias marcadas que encuentran quienes son parte de un CSA es que la ley de oferta-demanda se modifica por completo. Los alimentos a los que acceden no tienen ya que ver con lo que ellos quieren sino con lo que hay disponible, con lo que la tierra ofrece y se cosechó en ese período.
Juan Pablo Nieto, de Las Heras (Mendoza), es parte de una CSA y explica: "La variación y diversidad de cada entrega es una invitación a la creatividad a la hora de cocinar, es un sistema que nos da la posibilidad de asumir nuestra responsabilidad como consumidores, teniendo en cuenta que nuestro consumo es también un acto político y social”. En Mendoza las CSA nuclean a diez familias de productores, que trabajan entre cuatro y cinco hectáreas con unos 30 cultivos, que varían según la estación: tomate, zapallo, melón, sandía, pimiento, papa, berenjena, acelga, lechuga, repollo, brócoli y coliflor, entre otras. Y son 70 las familias de prosumidores.
Gabriela es parte del mismo nodo que Juan Pablo y cuenta que ingresar al grupo le generó cambios en la planificación de su alimentación porque implica recalcular y cocinar con las cantidades y la variedad que hay disponible en cada oportunidad. Son pequeños ajustes que implican una organización diferente.
Señala que cuando se ingresa al Comunidad que Sostiene la Agricultura se establece un estimativo de los consumos propios pero hay que tener un rango de flexibilidad porque luego habrá semanas en que no va a llegar la totalidad de lo que estaba programado porque todavía no maduró, porque heló o hubo algún otro percance. También puede suceder que otro cultivo sí llegó a buen puerto, se cosechó más de lo imaginado y entonces habrá que ponerse a procesarlo para aprovecharlo o compartirlo con alguien."Digamos que no es para controladores (risas) porque obliga a fluir con los ritmos de la naturaleza, recuerda que ser flexible y adaptarse es importante, es parte de la vida misma. Obliga a ser creativo sin complicaciones, evoca la potencia de lo simple. Entonces resulta que lo más desafiante, se transforma en lo más valioso”, resume.
La adaptación es importante no solo a la hora de recibir los alimentos sino para tomar las decisiones, porque la idea es que todos formen parte. Los prosumidores son invitados a visitar las fincas o campos de las que reciben los alimentos y también deben participar de las decisiones que se tomen en ellos. El productor cumple su tarea y frente a los imprevistos que puedan ir surgiendo se establecen comisiones que deciden los pasos a seguir.
De igual manera ocurre muchas veces con tierras que tienen cierta disponibilidad de alimentos que los integrantes quieren ampliar. "Las personas tienden a querer una canasta más completa. Entonces se plantea hacer ciertas inversiones como comprar una vaca, colmenas, armar un gallinero o adquirir máquinas y elementos que ayuden a la mecanización de ciertas tareas, a mejorar ese trabajo de producción que todos están sosteniendo y así diversificar la producción y la canasta", explica Persia.

Organismos vivos
Verónica Argañaraz es de Río Negro y forma parte de Janus, Proyector Rural Integrador, en el municipio de Contralmirante Cordero. “Cada CSA es un mundo aparte. Es como si fuera un organismo vivo donde es muy distinto lo que pasa acá a lo que ocurre en otro, cada uno tiene una forma y hay muchas maneras de abordar el cómo sostener una chacra, una finca o una huerta, y las soluciones son todas válidas. Cada comunidad va encontrando las formas que le son propias, que tienen que ver con la conformación local, lo social e incluso del cómo nace cada una”, afirma.
Janus nació en 2014 y es una de las CSA más antiguas del país. Argañaraz comenta que conoció a la gente del campo cuando aún el grupo no estaba formado, y venía con la idea de las AMAP (Asociaciones para el Mantenimiento de una Agricultura Campesina) de Francia.
Conocía de esas experiencias en el país europeo y se preguntaba cómo, viviendo en el Alto Valle de Río Negro (zona frutícola, de históricas chacras) no tenían un modelo similar, que los acerque a los chacareros y por qué era tan difícil comer manzanas de buena calidad, cuando allí se producían las de exportación.
En ese momento conoció a Cecilia Ambort (quien junto a su pareja Jorge montaron el proyecto). Le comentó de las sociedades agricultoras de Francia y que le interesaba formar algo similar, aunque no sabía cultivar.
"Al tiempo ella me contactó y dijo: ‘Cuando haya verdura, armo bolsos y el que quiere, lo tiene’. Y así empezamos. Hoy tenemos una organización más robusta", afirma. Janus cuenta, según la época del año, con entre tres a cinco agricultores, que trabajan hasta ocho hectáreas. La producción incluye verduras de huerta, frutas, huevos, derivados de la leche (tienen una vaca), hongos y miel. Son 36 las familias de prosumidores.

Argañaraz precisa que lo esencial de un CSA es el compromiso de sostener no solo económicamente entre un grupo de familias, sino asumir el cambio de roles: porque pasan de tener una actitud pasiva, de consumidores o de clientes, a una más activa, de elegir quién va a cultivar su alimento, que es algo poco usual. "En la vida cotidiana, en general, ponemos mucho cuidado en elegir un dermatólogo, un médico y hasta un peluquero pero el agricultor parece que no importa, vamos y compramos en cualquier lado, y en realidad es quien tiene relación directa con tu salud. Para mí esa es la propuesta más profunda e interesante y no solamente el conocer a la persona sino también vincularte con ese pedazo de tierra donde crece la verdura que te alimenta a vos y a tu familia, conocer el proceso que ocurre para que eso te llegue", destaca.
Al igual que con las demás aristas de cada CSA, lo económico se define de manera particular en cada una de ellas pero lo importante siempre es poder cubrir los gastos, inversiones que hagan falta y que quien trabaja la tierra pueda tener un sueldo digno y seguir sosteniendo la tarea. Hay algunas Comunidades que definen un plan de economía fraterna (un enfoque que se basa en la cooperación, solidaridad, justicia y responsabilidad compartida entre quienes forman parte de una red, donde se buscan soluciones o formas de hacer entre todos, con transparencia y una toma de decisiones mediante consenso) y otras establecen diferentes métodos, pero consultados sobre valores estimados todos coinciden en que no se trata de precios muy elevados. "La caja con los alimentos tiene un valor similar a lo que puede salir lo mismo en una verdulería, no mucho más, pero con la gran diferencia de que se trata de verdura ecológica", asegura Persia, aunque vuelve a mencionar la importancia de cierta dedicación de tiempo, reuniones y toma de decisiones que se requiere por ser parte de la CSA, además de lo económico.
Argañaraz agrega que existen distintos niveles de involucramiento, que dependen de cada persona y, aclara, que cuando alguien quiere ingresar al grupo tiene una charla, conoce la chacra y es necesario que entienda a lo que se va a sumar. “Tenemos un documento armado con el propósito y los compromisos. Ahí dice que nos tenemos que auto-organizar para la distribución, por ejemplo, porque el campo está algo alejado y los prosumidores somos de ocho localidades. Eso es parte de lo que hacemos para no recargar la tarea del agricultor con otros problemas como la logística, la distribución o lo económico, buscamos asegurarle que tenga el dinero necesario cada mes para poder generar el mejor alimento con todo el amor y el cuidado que le pone”, sostiene.
Las experiencias son diversas así como cada Comunidad que Sostiene la Agricultura y la idea es que se sigan expandiendo. Persia precisa que ya funcionan 16 en Argentina (en Córdoba, Buenos Aires, Mendoza y Río Negro); algunas son agroecológicas y otras de agricultura biodinámica.
Y destaca que Argentina está en tercer lugar de Latinoamérica en cantidad de CSA, detrás de Colombia (20) y Brasil (donde hay 160). También hay en Europa, Japón y Estados Unidos. Cada una tiene sus particularidades pero todas se plantean como una forma diferente de relacionarse con los alimentos, de obtener comida de calidad y de cambiar el lugar pasivo de comprador que se rige por la oferta y demanda. "Es un sistema apto para cualquiera que tenga mente abierta, ganas de aprender de las vivencias compartidas, amor por la naturaleza y voluntad de reconectarse con ella", invita Gabriela.

*Edición: Darío Aranda.
