Por Camila Parodi
Desde Fiambalá, Catamarca
La Feria Provincial de Semillas Nativas y Criollas de Catamarca nació en 2001 y se mantiene muy viva. Con una antesala de meses de trabajo, cada edición se concentra en un día especial: cuando familias campesinas intercambian semillas, alimentos, plantas, animales y producciones regionales. Pasaron 25 años y la feria no para de crecer. Este año se realizó en el paraje Los Nacimientos (Fiambalá) y contó con más de 200 puestos. Todo un símbolo frente al proyecto minero de litio Tres Quebradas, que está a pocos kilómetros. En un contexto de falta de trabajo y aumento del costo de vida, muchas familias producen alimentos con saberes que sostienen desde hace generaciones.
Un territorio de siembra y cosechas
Hace mucho frío en Los Nacimientos. Es la mañana del sábado 12 de septiembre, todavía falta un rato para que empiece formalmente la jornada y la gente se mueve rápido entre las mesas para terminar de armar los puestos y entrar en calor. Llegan camionetas con cajones, bolsas, botellas y plantines. Entre los algarrobos aparecen de a poco las mesas hasta ocupar buena parte del predio de la capilla.
La feria empezó varios días antes cuando jóvenes de la comunidad fueron al predio a limpiar y ordenar. Durante la jornada siguen pendientes de la logística: reciben a quienes llegan, buscan mesas, mueven sillas, indican lugares. La Asociación de Campesinos del Abaucán (Acampa) y Bienaventurados los Pobres (BePe) impulsan el encuentro desde sus primeras ediciones. La organización se sostiene también con familias de la zona, asambleas socioambientales, préstamos de mesas y camionetas, peñas, rifas y donaciones.
Este es el primer año de la feria sin don Máximo Chayle, miembro histórico de Acampa. Su nombre aparece temprano, antes de los discursos, mientras se terminan de acomodar los puestos. Doña Angélica lleva una caja chayera que él mismo le hizo y lo recuerda como “el dueño de estas tierras, el dueño de estos árboles”. Antes de cantar, mira a quienes están alrededor: “Yo digo que en este lugar estamos todos los mejores, los que amamos a nuestra tierra”.
Cuando los puestos ya están armados, aparecen maíces de distintos colores, porotos, semillas de flores y verduras, aromáticas, plantas de frutilla, frutales, papines de Belén y Santa María. Hay nueces, pasas, conservas, mermeladas, panes, alfajores de nuez, productos de algarroba y chañar, vinos, animales y artesanías.
Las escuelas de la zona tienen sus propios puestos y muestran lo trabajado durante el año. También hay trabajadores del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), docentes, comunidades indígenas, organizaciones campesinas y asambleas que llegaron desde distintos puntos de Catamarca, La Rioja y Santiago del Estero.
Durante toda la mañana se mantiene una regla de la feria: primero se intercambia. Una persona llega con semillas y pregunta qué necesita quien está del otro lado. Otra cambia una planta por comida. Se truecan desde alfajores, dulces, conservas y vinos hasta libros, remeras, bateas de madera y cestos de mimbre. Hay gente buscando alguna variedad que perdió hace años y familias que simplemente recorren hasta encontrar algo que les interesa. También circula información: cuándo sembrar, cuánto regar, cómo guardar una semilla, qué planta aguanta mejor la helada, de dónde salió ese maíz o cómo se prepara el chañar. En algunos puestos también se habla del agua que consume la minería de litio y se traman las estrategias para intentar frenarla.

Una feria que crece mientras Fiambalá cambia
La Feria Provincial de Semillas Nativas y Criollas se realiza todos los años en distintos parajes del Bolsón de Fiambalá. Quienes vienen desde hace tiempo dicen que cada año hay más puestos y más producción. Ese crecimiento coincide con una transformación rápida de Fiambalá. En 2021, la empresa china Zijin Mining avanzó en la adquisición del proyecto Tres Quebradas y en 2022 comenzó la construcción de sus instalaciones. Desde entonces, se observan más camionetas, trabajadores llegados de otros lugares y las expectativas laborales alrededor de la minería. En septiembre de 2025, Tres Quebradas inició la producción de carbonato de litio.
Hacia el comienzo de la jornada, Manuel Aguirre, de Acampa, agradece a quienes viajaron muchos kilómetros y a quienes trabajaron para hacer posible el encuentro. Habla de los pocos recursos disponibles para la agricultura familiar y de las ganas de organizarse que siguen, afirma, intactas.
También explica por qué eligieron Los Nacimientos. Allí sobrevive uno de los pocos bosques de algarrobo en galería que quedan en Catamarca. Alrededor del predio hay árboles grandes, algunos sanos y otros muy deteriorados. Manuel pide que los miren y que guarden sus semillas porque varios están muriendo. Habla de la sombra, de la algarroba, de la leña, de la madera y de lo que esos árboles aportan al suelo. Delante suyo están las mesas cargadas de producción.

Cuando falta trabajo, la tierra vuelve a aparecer
A medida que avanza la mañana, las bolsas con comidas y alimento cambian de manos y algunas mesas ya tienen menos cosas. Marcela Villagrán, presidenta de Acampa, mira la cantidad de gente y encuentra detrás de ese crecimiento una situación más dura. “Muchas familias ya no tienen trabajo”, cuenta. Dice que eso se nota y, ante la adversidad, volvieron a darle valor a la tierra, las semillas y las plantas. Este año vio más producción y más gente preparada para ofrecer algo: familias que retomaron parcelas, hacen conservas, panes, dulces y productos regionales.
Una planta de durazno puede terminar en fruta para la casa, dulce o algo para vender. Las nueces se transforman en alfajores. El chañar y la algarroba vuelven a aparecer en elaboraciones que durante años quedaron relegadas. Son conocimientos que ya estaban en las familias y que ahora vuelven a tener otro peso cuando los ingresos faltan.
Marcela también observa que cada año hay más intercambio. Eso sucede justo cuando el trabajo minero cambia de etapa. La construcción de Tres Quebradas movilizó empleo y servicios; con el proyecto ya en explotación, la cantidad y el tipo de puestos de trabajo son otros. En las mesas de Los Nacimientos, mientras tanto, siguen creciendo producciones familiares que cuentan con poco apoyo de los gobiernos y dependen mucho del trabajo de cada casa.

La producción que Fiambalá dejó de mirar
Elena Córdoba Vélez es colombiana y llegó a Fiambalá el mismo año en que se aprobó el proyecto minero. Junto a su pareja, Diego Amartino, tiene un emprendimiento que produce alimentos a partir de frutos de árboles nativos y silvestres. Habla rodeada de algarrobos.
Para explicar lo que pasó con la producción local, empieza por la vid. Hace falta podar, atar, regar, limpiar y esperar, en una zona donde el agua puede tardar meses en volver a una finca. Durante años, muchos productores recibieron precios muy bajos por la uva y hasta cobraron en cuotas. “Entonces también es como una forma de desanimar al productor”, dice.
Cree que faltó apoyo para transformar lo que ya se producía y buscar otras salidas. “Si se hubiese fortalecido la producción, la gente quizá también tendría otra mirada sobre lo que tiene y aprendería a valorarlo”, explica. Algo parecido ocurrió con el monte. Los algarrobales y chañares fueron durante mucho tiempo alimento y trabajo. Primero parte de los bosques nativos se cortó para acompañar el avance ferroviario; después siguió la leña y muchas prácticas de recolección fueron perdiendo lugar. “Nosotros traíamos la propuesta de ver el monte como alimento, no solo cortar para leña”, cuenta Elena. Define a Fiambalá como “el paraíso del chañar” y recuerda que antes las familias iban hasta Los Nacimientos con majadas de burros para buscar algarroba.
Hoy llegan personas desde otros lugares, recolectan frutos, los procesan y venden después sin decir que salieron de Fiambalá. Mientras Elena habla, a pocos metros se ofrecen mermeladas, alfajores y bebidas hechos justamente con esos frutos que de a poco se empiezan a revalorizar.
En los mismos años, la minería empezó a ocupar cada vez más lugar en la economía local. Primero llegaron las obras, las camionetas, los obradores y trabajadores de afuera. Después llegaron los turnos en la cordillera (de donde se extrae el mineral), el aumento de precios y alquileres y cambios dentro de las familias.

Los sueños como semillas
Cerca del mediodía los más chicos y chicas circulan por todo el predio. Conocen la dinámica, intercambian semillas, juegan a las bolitas y a la pelota, corren detrás de burbujas, dibujan y vuelven a los puestos cuando alguien los llama. Algunas escuelas muestran sus proyectos y producciones; otros ayudan a sus familias o van a mirar los animales.
Cuando se les pregunta por qué quieren para el lugar donde viven, las respuestas son muchas y variadas: quieren tener siempre frutales, aprender malambo o ser gauchos, ir más al campo con la familia, cuidar animales, jugar afuera, tener más propuestas en las escuelas y que siga la feria de semillas. Uno quiere seguir viviendo acá. Otra quiere que el río no deje de crecer para poder bañarse en él.
Más tarde, la coplera Cruz Farfán toma la caja y vuelve sobre el agua pensando en sus hijos y nietos. “Agua sana queremos, agua linda para tomar”, canta.
Para Farfán, cuando el agua viene contaminada se enferman las plantas y también las personas. Le preocupa el futuro de la vida humana, de quienes todavía no nacieron, por eso le habla a las infancias y tiende un puente con la copla para integrarlas.
En muchas casas el trabajo minero ya forma parte de la conversación cotidiana. Hay padres, hermanos y familiares que trabajan por turnos en la cordillera. Pero cuando los chicos y las chicas hablan de lo que quieren para el lugar donde viven no hablan de desarrollo ni minería, nombran lo cercano y querido: árboles, comida, animales, río, escuela, familia.

La feria de los abrazos
Karen Perea, de la Asamblea Fiambalá Despierta, se cruza en la feria con personas que muchas veces conoce de movilizaciones, reuniones y otras luchas. “Es importante rescatar estos encuentros y estos momentos en los que uno se abraza mucho, se conoce, sabe que lleva una lucha en los hombros que en estos lugares pesa menos”, dice la joven.
En Fiambalá la discusión por el litio atravesó amistades, familias y relaciones comunitarias. Hay quienes consiguieron empleo en la actividad minera y quienes vienen señalando sus impactos sobre el agua y el territorio. En un pueblo chico, esas posiciones no quedan afuera de la vida cotidiana: aparecen en las casas, en el trabajo, en la escuela y también en los vínculos de todos los días.
Por eso Karen valora que la feria abra otro tipo de encuentro: “Acá se ve lo que se produce, la forma que queremos vivir, el trabajo de todos los productores locales y de los no locales”. Entre semillas, alimentos y puestos familiares, las discusiones por el territorio se mezclan con otras cosas: cómo sostener una finca, cómo vender lo que se produce, cómo seguir viviendo en el lugar.
Karen explica que esas redes fortalecen a quienes vienen organizándose desde hace años. “Estamos muy firmes, con mucha convicción de que el futuro es ancestral”, resume recordando que esa convicción es la que une a comunidades y asambleas que viajaron desde otros territorios.
Como Aldo Flores, de la Asamblea El Algarrobo, que llegó desde Andalgalá. Sus coplas traen la experiencia de un territorio que hace años discute minería y agua. Canta sobre los cerros, los ríos y el uso del agua para extraer riqueza. “Si el agua es de todos, de todos y de nadie, árbol, bicho, humano, todos por iguales”, canta frente a quienes lo escuchan. La copla conecta lo que pasa en Andalgalá con las preocupaciones que también aparecen en Fiambalá: cuánto puede crecer una actividad si para hacerlo pone en riesgo las condiciones que sostienen a las demás.

“El territorio es uno solo”
Entre quienes llegaron a Los Nacimientos también está doña Guillermina Guanco junto a integrantes de su comunidad de la Unión Diaguita de Santa María. Cuando se le pregunta por la importancia de la feria, se va mucho más atrás que la historia reciente de Catamarca: “Esto ya venía desde hace 500 años. El trueque, ahora le dicen intercambio. Era el trueque”. Recuerda a las comunidades que bajaban con tejidos, pelones, algarroba y alimentos para cambiar por lo que necesitaban. Habla de su madre, su padre y, sobre todo, de su abuelo, a quien acompañó en la defensa del territorio. “Yo he pasado con mi abuelo cuando él defendía el territorio”, cuenta.
En esos días, la situación de Peñas Negras está muy presente. La comunidad diaguita del norte de Belén denuncia desde comienzos de septiembre nuevos intentos de ingreso de empresas mineras a su territorio para avanzar con tareas de exploración de oro y cobre, sin contar con su consentimiento ni con una consulta previa, libre e informada. La comunidad decidió impedir el paso y se declaró en alerta. Después llegaron los operativos policiales, las denuncias de hostigamiento, personas heridas y uso de gases.
Guillermina habla con esa situación todavía abierta y vuelve varias veces al agua, la biodiversidad y lo que hay que dejar para quienes vienen después. “Hay que seguir la lucha y ser firme y fiel”, dice. Sus palabras también chocan con un discurso provincial que suele presentar a las comunidades indígenas como acompañando de manera general el desarrollo minero, mientras conflictos como el de Peñas Negras muestran posiciones bastante más diversas dentro de los territorios.
También insiste en que para ella el territorio indígena no puede pensarse como pedazos separados: “El territorio es uno solo”. Mientras habla, en la feria siguen circulando semillas y alimentos entre comunidades que mantienen esos intercambios desde hace generaciones. Y a pocos kilómetros, otras discuten todavía quién puede entrar a sus tierras y decidir qué se hace en ellas.

El futuro también se siembra
Para la tarde la feria ya mostró su tamaño. Más de doscientos puestos, familias de varias provincias, escuelas, comunidades indígenas, productores y organizaciones. Quienes vienen desde hace años dicen que cada edición suma gente, productos y formas de intercambio. En ese mismo período, Tres Quebradas pasó de la construcción a la explotación y ahora proyecta ampliar su capacidad.
Las escalas son muy distintas. Una operación minera concentra capital, infraestructura y energía alrededor del litio; la feria reúne producciones dispersas entre fincas, cocinas, montes y corrales. Ambas forman parte del Fiambalá actual y crecen al mismo tiempo, aunque con recursos y apoyos muy diferentes.
Esa coexistencia aparece durante toda la jornada. Hay familias que dependen del trabajo minero y otras que volvieron a sembrar, criar animales o elaborar alimentos porque el empleo escasea. Muchas combinan varias de esas cosas. Por eso las conversaciones no entran fácilmente en un “a favor” o “en contra”: pasan por cuánto cuesta vivir, qué trabajos quedan, qué se puede seguir produciendo y cuánto alcanza el agua.
La preocupación que vuelve una y otra vez es qué lugar van a tener esas otras actividades si la minería sigue expandiéndose. Las fincas, los frutales, los animales y el monte necesitan tierra, agua y tiempo. Son condiciones básicas para buena parte de lo que este día circuló por la feria y para que las producciones puedan seguir existiendo más allá de una jornada de intercambio.
Este fue el primer año sin don Máximo Chayle y también el primero con Tres Quebradas ya en producción. La feria termina con música, como todos los años, bailando cueca, guaracha y chacarera mientras se desarman los últimos puestos. Las semillas que circularon durante la mañana seguirán viaje hacia otros patios, otras huertas y otros pueblos.
Edición: Darío Aranda
