Por Nahuel Lag
Traducción: Paula Veliz
La Cooperativa de Trabajadores Asentados de la Región de Porto Alegre (Cootap) lleva adelante desde Brasil una de las mayores producciones de arroz agroecológico de América Latina: 14.000 toneladas anuales en 3.000 hectáreas. La Cootap, que reúne a 600 familias nucleadas en el Movimiento Sin Tierra (MST), trabaja además otras 2.000 hectáreas con producción diversificada de hortalizas, frutas, ganado para la producción lechera y piscicultura. “Somos generaciones de familias que lucharon por la tierra”, reivindica Nelson Krupinski, presidente de la Cootap.
La cooperativa no solo produce materia prima sino que agrega valor y tiene su propia marca, Terra Livre Agroecológica, para comercializar mermeladas, jugos y salsas de tomate, jugo de naranja, cerveza de arroz y la estrella de la cooperativa: el arroz blanco e integral. Como parte del MST, la Cootap avanza en un proceso que el movimiento campesino brasileño define como la “masificación de la agroecología”, cuenta con biofábrica, produce semillas y comenzó a tecnificar las tareas, incluyendo, la implementación de drones para aplicar los biopreparados sobre los cultivos.
La marca consolida “la convicción de que es posible producir alimentos más saludables y con mayor justicia social, valorando y preservando tanto a las personas como a los recursos naturales”. La agroecología no está solo en la ausencia del uso de agrotóxicos en la producción sino en el resto de sus dimensiones: sociales, culturales y éticas. “Trabajar la tierra, resistir por la vida”, sostienen.

Luchar por la tierra para alimentar
La historia de la Cootap es parte de la lucha por la reforma agraria en Brasil. Krupinski recuerda desde la Guerra del Contestado —protagonizada por productores yerbateros y madereros del sur de Brasil entre 1912 y 1916 frente al Estado brasileño y la empresa de ferrocarriles estadounidense que los expulsó de sus tierras—, a la formación del Movimiento Sin Tierra y la consolidación de la organización a fines de la dictadura (década del 80), junto con otras fuerzas como la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT), la Central Única de los Trabajadores (CUT) y el Partido de los Trabajadores (PT).
“Soy hijo de un pequeño agricultor. Mi padre luchó por la tierra en la década de 1990. Yo me sumé a esa lucha en el año 1999. La Cootap la integran familias asentadas entre 1992 y 2008. Dos, cuatro, seis años de campamento y ocupación del latifundio, de marchas, de presión al gobierno para conseguir la tierra”, pone en palabras una lucha que lleva años de poner el cuerpo.
Los asentamientos son la estrategia con la que los campesinos y campesinas sin tierra de Brasil hacen cumplir la “función social de la tierra”, un principio redactado en la Constitución brasileña de 1988. Bajo ese principio, la propiedad privada de la tierra no es un derecho absoluto sino que debe servir al bien común, priorizando su uso productivo y responsable por encima del mero lucro. El Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (Incra)
es el organismo que institucionalizó esa norma y está a cargo de comprar las tierras improductivas o degradadas para cederlas en concesión con destino a producción.
Las familias asentadas no son propietarias, pero tienen tierra pública para producir alimentos. Para continuar en esas tierras siempre debe cumplirse con la función social: producir alimentos y preservar el ambiente sino el Estado puede reasignarlas. “La lucha por la tierra nos hizo crear una identidad de unión, de cooperación y de trabajo mutuo, de ayuda entre las personas, que es fundamental en nuestro trabajo”, cuenta Krupinski, que este año viajó fuera de Brasil, por primera vez, para visitar las experiencias productivas de la Federación Rural.

Organización cooperativa para la producción
La organización de 600 familias en 35 asentamientos es un desafío cooperativo que se organiza con un representante cada cinco o quince familias productoras para representarlas en las asambleas de toma de decisiones. Cada familia cuenta con alrededor de diez hectáreas para la producción de arroz y hortalizas, en su mayoría, pero también ganado lechero, frutas y peces.
Organizar esa producción también fue un aprendizaje, cuenta Krupinski, porque las familias sin tierra eran del norte de Río Grande do Sul, donde cultivaban porotos, soja y maíz, y las tierras las consiguieron en el sur del estado, donde domina la producción de arroz bajo riego.
Desde 2010, la incorporación de la cooperativa como proveedora de la Compañía Nacional de Abastecimiento (Conab), con la que el Estado brasileño realiza compras públicas para asistir a las comunidades más carenciadas, les permitió asegurar la colación de la producción y crecer hasta el volumen de 14.000 toneladas de arroz blanco e integral de los tipos cateto y agulhinha, el más utilizado en la cultura culinaria brasileña.
“Con el respaldo del programa de la Conab pudimos crear la marca, creamos agroindustrias y vamos avanzando con el aumento de la producción, con insumos, con tecnología, con máquinas, drones y más puntos de venta para poder sostener lo que estamos haciendo”, destaca Krupinski.
Los productos agroecológicos de Tierra Livre llegan a varios estados del país: Río Grande do Sul hasta Minas Gerais o Porto Alegre, de Bahía a San Pablo o Río de Janeiro. La Cootap incluso logró exportar en los años 2014, 2015 y 2016 a Italia y Alemania frente a otros competidores como India, China y Tailandia. Sin embargo, después de la pandemia, el mercado mundial de arroz quedó sobre abastecido por la decisión de los productores asiáticos de liberar las exportaciones, lo que deprimió el precio y dejó de hacer competitivo al arroz sudamericano.

El camino de la agroecología
La Cootap reivindica la agroecología como modelo productivo, sin embargo, la producción de arroz cuenta con una certificación orgánica, un proceso que involucra un proceso privado que es discutido por la agroecología por la cooptación y encarecimiento de la producción por parte de empresas privadas. Krupinski señala que dentro de la visión de la cooperativa la certificación es para cumplir con una demanda del mercado, mientras que la agroecología es la que guía la forma de trabajo.
“Se trata de involucrar a las familias y la producción en un circuito de autonomía: generar nuestros bioinsumos, nuestras propias semillas, que las personas estén involucradas en la producción. La agroecología es un modo de vivir, de entender la producción, de cuidar la huerta, las viviendas y el entorno. En cambio, lo orgánico lo podés hacer contratando el trabajo y que otros lo certifiquen”, señala.
De todas formas, el presidente de la Cootap explica que la legislación de certificación orgánica brasileña habilita un sistema de certificación participativa, un modelo que se ajusta a los sistemas SPG de la agroecología a nivel global, denominado Programas de Autocontrol (PAC). Si bien existe un control final del Ministerio de Agricultura y Ganadería, el sistema permite evitar la certificación privada y alcanzar el sello orgánico con controles creados a partir de la participación de grupos de producción, campesinos, agricultores, técnicos, universidades o municipios para validar las prácticas.
En el camino a la autonomía productiva, la Cootap tiene su biofábrica llamada “Ana Primavera” —en honor a Ana María Primavesi, ingeniera agrónoma austriaca, nacionalizada brasileña, pionera en la difusión de la agroecología en Brasil y cofundadora de Movimiento Agroecológico de América Latina y el Caribe (Maela)—. La biofábrica funciona también como centro de capacitación para los agricultores cooperativos y para los que llegan desde toda América Latina a conocer la experiencia de producir “en suelo vivo” o, por ejemplo, para tomar talleres de producción de compost, que son utilizados por las producciones intensivas y a campo.
La inversión más reciente de la cooperativa, cuenta Krupinski, fue en biorreactores para la producción de fungicidas e insecticidas a partir de hongos y bacterias. Además de distribuir estos insumos a los productores, la Cootap también avanzó en equipar a las familias campesinas, primero con pulverizadores y, desde hace tres años, comenzaron a incorporar drones.
“El primer drone lo compramos por una decisión de la asamblea de la cooperativa. Cuando pasás con el tractor, con la rueda grande, sobre la planta de arroz, se aplasta mucho arroz: unos tres bolsones por hectárea de producción que se pierden aplastados. Y como en 2023 tuvimos un excedente en el resultado de la cooperativa, la asamblea votó comprar un drone. Ese fue el primero que adquirimos. Hoy ya tenemos cinco drones y los distribuimos por grupos de producción”, precisa Krupinski.

La masificación de la agroecología
—¿La certificación, la biofábrica y la incorporación de tecnología son los pasos hacia el proceso que desde el MST denominan “masificación de la agroecología”?
—El MST hace mucho tiempo viene discutiendo que la agroecología es el camino. La agroecología es la forma, es la condición para darle una vida más larga a la naturaleza y a nuestro planeta. Porque los mecanismos de la agricultura convencional, con la mecanización, el uso de agrotóxicos, el desmonte, están generando la crisis climática. Entonces buscamos, cada vez más, construir políticas públicas, construir capacitación, cursos con jóvenes, talleres con agricultores, con campesinos, para que puedan recibir información, hacer visitas y convertir la producción hacia la agroecológica. También la producción de semillas y agregar tecnologías como pequeñas máquinas para los agricultores, a partir de alianzas que estamos haciendo con China. La incorporación de tecnología para trabajar en el campo es necesaria porque los viejos ya están viejos y los jóvenes quieren irse a la ciudad. Incorporamos tecnología para realizar un trabajo menos sufrido.
—¿Cuáles son los desafíos que tienen con esta masificación de la agroecología?
—El mercado, las crisis económicas, las distancias entre las áreas donde están los asentamientos y el mercado consumidor. Para aumentar la escala hace falta tener mercado, hace falta tener logística. Porque nosotros podemos ofrecer el arroz a cinco reales, como lo hacemos en nuestro Almacén de Campo, pero cuando llega a la góndola a través del mercado, lo ofrecen a 15 reales para un nicho de clientes que pueden pagar más por la producción orgánica. Entonces, el pueblo compra el arroz transgénico, más barato.
—¿Cuánto de la producción de la Cootap se canaliza a partir de la compra estatal para programas públicos y cuánto por canales de comercialización?
—El 80 por ciento va al mercado público para abastecer alimentos escolares y canasta básica en los barrios populares. El otro 20 por ciento se comercializa en ferias, en pequeños mercados. En tanto, el arroz, en particular, es comprado por otras industrias arroceras, otras marcas de arroz de Brasil.
—¿Y podrían entrar a competir en el mercado, en el supermercado, abastecer a la población o ese aún es el desafío?
—Sí. Tenemos el precio más bajo. Pero la producción todavía es pequeña frente al mercado. Las 14.000 toneladas que producimos al año son un porcentaje muy pequeño de la producción de arroz que Brasil consume y produce. Alcanzaría solo para un plato de comida por brasileño.
—Acá vuelve el punto de la masificación de la agroecología, para poder crecer en volumen…
—Sí. Necesitamos más tierra. Más tierra, más tecnología. Y semillas. En la actualidad, el 96 por ciento de las semillas de arroz no están pensadas para la producción agroecológica. En los centros de investigación, la Empresa Brasileira de Pesquisa Agropecuária (Embrapa), los institutos, la universidad, no investigan en semillas para la producción agroecológica. La gran mayoría vienen preparadas para utilizar con el paquete de agroquímicos. Sobre todo semillas transgénicas, que la legislación orgánica de Brasil no permite usar.

—Con su experiencia demostraron que el arroz es posible producirlo a gran escala de forma agroecológica.
—En el arroz nosotros dominamos la tecnología, logramos hacer un control importante de la mecanización, de toda la cadena hasta el procesamiento. En las tierras en las que producimos solo se puede producir arroz, porque son terrenos planos e inundables. Entonces solo es posible hacer arroz una vez al año. Y en esas áreas buscamos mejorar la fertilidad del suelo. Por eso la biofábrica, la fábrica de insumos con compostaje acelerado, para poder liberar bastante material orgánico hacia esas áreas y producir más en la misma cantidad de hectáreas. Pero en los otros cultivos todavía hay que avanzar. Por ejemplo, en el maíz, en la soja, en el poroto, hacen falta tecnología, mecanismos, herramientas de control de plantas invasoras y todo lo demás. Se necesita mecanizar para masificar la agroecología.
—Las empresas del agronegocio sostienen que sin el paquete de agrotóxicos no se puede producir. ¿Qué respondés a partir de la experiencia de la Cootap?
—Si solo plantás y extraés de la tierra, ella va perdiendo fertilidad. Entonces, hay que recuperarla y la forma de recuperarla es aportando compost orgánico o biológico.
Nosotros cambiamos mucho el manejo de la tierra en los últimos años, la preparación del suelo. Eso ha ayudado, pero todavía no alcanza para reponer toda la fertilidad. Por eso las fábricas de biocompost son importantes, para acelerar la fertilidad del suelo. El arroz necesita mucho, mucho nitrógeno para su producción.
—En el análisis de las políticas públicas, ¿qué límites hubo y qué debería pasar para que el modelo agroecológico que ustedes lograron pueda ampliarse?
—En Brasil hay una disputa muy fuerte entre la producción de la agricultura familiar —entre campesinos, el MST y otros— frente al agronegocio. Brasil tiene una política de financiamiento a la producción, a través del Plan Safra y el Programa Nacional de Fortalecimiento de la Agricultura Familiar (Pronaf). Esas políticas destinan fondos en créditos y subsidios y marcan una diferenciación de recursos entre los medianos y grandes propietarios, y los pequeños propietarios, a los que llamamos agricultura familiar. Al sector grande le corresponden más de 500 mil millones de reales y a los pequeños 80 mil millones de reales. El Estado sigue financiando mucho más al agronegocio que a los agricultores familiares. Un solo hacendado, un gran productor, recibe más recursos que toda mi cooperativa. Uno solo. Y no paga nada de derechos de exportación.

—¿En qué otros aspectos la política pública brasileña sigue apostando fuertemente al modelo del agronegocio?
—En la investigación, por ejemplo. ¿Quién termina financiando las investigaciones? Basf, Bayer, Syngenta y, muchas veces, cooptan a los investigadores, que después de un tiempo de hacer estudios y preparación en las entidades públicas, terminan yendo a trabajar para esas empresas. Así funciona el financiamiento del agronegocio. También existe una disputa grande en el Congreso y entre los gobernadores de la derecha que presionan para sacar recursos y aumentar más el capital del agronegocio. Entonces, la investigación, la tecnología, la mecanización, la investigación de semillas para la agroecología, prácticamente no se hace, porque tampoco se financia. Las políticas públicas para el sector no tienen fuerza, no hay asistencia técnica, no hay investigación. Habría que invertir más en eso y, sobre todo, crear también canales de comercialización, articulados con las comunidades o en redes, para que la gente consuma productos agroecológicos.
—Una de las políticas que se anunció durante el gobierno de Lula fue el Plan Nacional de Agroecología y Producción Orgánica. ¿Cómo se desarrolló?
—Nada. Queda solo en intenciones, en buenas voluntades.
—¿Qué lógicas crees que deben romperse para que la política pública se direccione hacia la agroecología?
—En Brasil contamos con el Sistema Único de Salud, el sistema de salud pública financiado por el gobierno. Cuando yo como algo y me enfermo, voy al hospital y me atienden ahí. ¿Y por qué me enfermo? ¿Por qué aumentaron mucho los casos de cáncer? Porque se come mal. ¿Y qué se come? Soja transgénica, agua envenenada por los agrotóxicos, en fin, todo lo que produce el modelo del agronegocio. El Gobierno pone dinero en ese modelo: financia los tractores, financia los silos, financia la ruta para llevar al puerto los granos transgénicos, da exención de impuestos. Entonces el agronegocio, el gran mercado, tiene muchos beneficios que le permiten vender el arroz a cinco reales en la punta de la cadena, al consumidor. Nosotros tendríamos que vender nuestro arroz a un “precio justo” de siete y medio u ocho reales, pero si es así el pobre compra lo más barato. Y ahí empiezan los problemas de salud. Y cuando se enferma, ¿adónde va? A la salud pública. El Gobierno paga de nuevo. ¿Y quién le vende el remedio al pobre para que siga enfermo? Bayer. Esas lógicas necesitamos entender y romper. La agroecología es el camino —producir, cuidar el medio ambiente, producir alimentos saludables, cuidar a quien produce y a quien consume— y nuestra misión es llevar alimento saludable a quien lo necesita. El hijo del trabajador tiene que comer comida buena, saludable.
—¿Qué camino queda por delante?
—Hay un camino grande por recorrer. Y no hay otra: hay que insistir para que lleguen recursos, para que la política pública se enfoque en la agroecología. Porque el brasileño debe tomar más veneno que cachaza por año. Porque derrama la producción y come carne, arroz, poroto, aceite de soja, y todos los productos que vienen del maíz y de la soja son transgénicos, con veneno.

