Por Patricia Fernández y Lourdes Gil Cardeza*
Somos muchas las personas, organizaciones e instituciones que reconocemos estar atravesando una crisis civilizatoria muy profunda. Hay tantísima evidencia que muestra cómo estamos sobrepasando los límites físicos que permiten nuestra existencia en el planeta Tierra. Hay un área específica de la economía que lo estudia: la economía ecológica. El estilo de vida que impone la sociedad occidental implica calentamiento global, una creciente y continua contaminación de suelos y aguas, y el constante despojo de tierras a pueblos indígenas y campesinos debido al avance del modelo económico, que pone en jaque a los procesos biológicos de la vida que han ido coevolucionando desde hace, al menos, 460 millones de años, cuando empezó a desarrollarse la vida fuera del agua.
El suelo es un espejo de los vínculos que lo conforman. Es la resultante de la convivencia evolutiva entre la roca madre, el clima y los seres vivos. En otras palabras, el suelo es parte de los procesos del planeta Tierra, el suelo es vida, el suelo está vivo. Tanto su color oscuro característico como ese olorcito que percibimos corresponden a la materia orgánica (componente fértil y vital del suelo), compuesta por los organismos vivos que lo habitan y por lo muerto en vía de descomposición que nutren de manera espiralada a los organismos y las plantas de las que nos alimentamos. El estilo de vida occidental pone en riesgo esa vitalidad.
El tipo de agricultura que domina al planeta no es un simple conjunto de técnicas para producir alimentos (y muchas veces commodities): es la materialización de una lógica de poder que entrelaza colonialismo, patriarcado y capitalismo. Así lo evidencian las voces críticas de pensadoras que ayer y hoy señalan cómo el avance sobre la tierra y la naturaleza es un reflejo de la misma lógica de dominación ejercida sobre los cuerpos de las mujeres y los territorios. Llegar a comprender la crisis o la degradación del suelo hoy, exige, en principio, desentrañar esta trama histórica y epistemológica que ha convertido a la naturaleza en un objeto de explotación ilimitada.
Creemos que hacer el intento por desarmar esta trama (o trampa), es condición necesaria en el proceso de deconstrucción que elegimos, como dijo Audre Lorde, para transformar la ira en un proceso creativo. Con este texto buscamos traer a la actualidad, y a latinoamérica en particular, a Eve Balfour, una mujer de la aristocracia inglesa quien, con mucha claridad y simpleza, se atrevió a abordar temas invisibilizados en Europa y sus continentes colonizados, al publicar su libro El Suelo Vivo (The Living Soil) en 1943.

Esta tesis describe de manera sencilla los vínculos entre la salud humana y el cultivo de nuestros alimentos y pone la lupa en el suelo jerarquizando su rol como promotor de la salud toda. En palabras de Eve: “La evidencia acumulada sobre la interrelación entre la vitalidad del suelo y la salud de las plantas, los animales y el ser humano es de tal importancia y de tan profundas implicancias que ya es hora de que el público en general tenga la oportunidad de estudiar y formarse su propio juicio al respecto”.
La matriz del despojo
La crítica al modelo agrícola industrial debe partir de la constatación de que su origen no es meramente técnico, sino profundamente político. La antropóloga maya-kaqchikel Aura Cumes sostiene que el patriarcado colonial llega desde Europa y se reconfigura en América para ejercer el sometimiento sobre las mujeres, las poblaciones indígenas y afrodescendientes convirtiéndolas en sujetos despojables y así validar la extracción del territorio y del cuerpo-territorio. Este proceso de dominación tuvo un pilar fundamental: la disociación del hombre respecto de la naturaleza, a la cual se feminizó para legitimar su conquista. "A partir de ello —explica Cumes— se atribuye la potestad de descubrirla, penetrarla, torturarla y convertirla en mercancía."
Esta visión no es casual, sino que se fundamenta tanto en los textos bíblicos que otorgan al hombre el "señorío" sobre la creación como en el discurso científico que adoptó estos postulados como base de su conocimiento. En esta trama (o trampa), el capitalismo manifiesta la continuidad de las mismas lógicas que motorizaron al colonialismo al implementar la sustitución de ecosistemas enteros por una "biota mixta" europea (trigo, ganado vacuno, cerdos, malezas, microorganismos, personas), que desplazó y desplaza a las especies y a las poblaciones nativas con una violencia comparable a la de las armas.
Ese reemplazo biológico y cultural fue, a la vez, un negocio donde las plantaciones de caña, algodón, tabaco y arroz fueron organizadas para abastecer mercados europeos. La minería y la agricultura de plantación resultaron los dos motores de acumulación de la América colonial. El mismo patrón de explotación acelerada, agotamiento y sustitución artificial, puede ser reconocido en la agricultura industrial.
El dominio de la naturaleza
La dominación capitalista de la naturaleza no es un accidente, sino una consecuencia directa de esta visión patriarcal y colonial del mundo. Para Cumes, la negación de la humanidad a los pueblos indígenas y a las mujeres, en particular, responde a la misma lógica que permite degradar el entorno. En la cosmovisión maya que ella recupera, ese entorno no es un "afuera" pasivo separado de lo humano y disponible para ser dominado, sino que se encuentra en relación con la existencia humana. Es decir, la propia idea de "naturaleza" como algo separado y subordinado a lo humano ya es un dispositivo colonial, y su crítica pasa por desmontar esa separación.
En la cosmovisión mapuche, la weychafe y activista Moira Millán señala que el territorio no es un objeto externo, el cuerpo mismo porta las energías del territorio donde se formó. Cuando define lo que ocurre con los pueblos indígenas con el término “Terricidio” utiliza una categoría que no se organiza según la separación occidental entre naturaleza y cultura, ni entre lo humano y lo no-humano, sino que refiere a la lucha por la defensa del territorio y de todo lo que lo habita como un único continuo. Eve Balfour, desde su mirada europea, nos dice: "Pues del suelo somos creados, y gracias a sus productos se mantiene nuestra existencia terrenal. Si destruimos nuestro suelo —y no es indestructible—, la humanidad desaparecerá de la faz de la tierra con la misma seguridad con la que desaparecieron los dinosaurios".

En este sentido, la filósofa mixe Yásnaya Aguilar complementa esta visión al abordar cómo la imposición de un pensamiento único ha invisibilizado otras formas de relación con el mundo. La defensa de las lenguas indígenas es también una defensa de epistemologías que no conciben la separación entre lo humano y la naturaleza, una dualidad complementaria que el pensamiento occidental destruyó al seguir lógicas capitalistas mediante la imposición del patriarcado y del colonialismo.
Un ejemplo de ello fue lo ocurrido durante el proceso de colonización iniciado en la década de 1850 en el territorio santafesino donde se encontraron registros que dan cuenta de cómo la naturaleza es nombrada explícitamente como “recurso”: el suelo, el monte y el agua se entienden como insumos disponibles para transformar praderas, bañados y bosques en un paisaje agrícola orientado al mercado mundial del trigo.
Asimismo, la ciencia botánica de Pablo Lorentz avanzó de la mano del ejército de Julio Argentino Roca clasificando plantas al ritmo de la "Conquista del Desierto" e incluso bautizando especies con los nombres de los generales que garantizaban su acceso al territorio. Conocer la naturaleza y conquistarla fueron, en este proceso, el mismo acto.
Citando a George Scott Williamson, médico y biólogo pionero de la salud pública inglesa, Eve plantea que las nuevas tecnologías, como fertilizantes y plaguicidas, desarrolladas con lógicas químicas en Europa en el siglo XIX, tienen como principio rector la conquista de la naturaleza. "Todo lo artificial es inventado y hecho por el hombre. Todas las entidades naturales nacen y son cultivadas por la Naturaleza”, dice.
Y continúa: “La base de todo el tema es ecológica, centrada en la relación mutua entre el organismo y su entorno... Nos gusta ensalzar los logros del hombre y hablar con orgullo de su ‘conquista de la naturaleza’. Esto es, en la actualidad, del mismo orden que la conquista nazi de Europa. Así como Europa se rebela contra el tirano, la naturaleza se rebela contra la explotación del hombre. Cuando el hombre es predador del hombre es una forma de canibalismo. Cuando el hombre se propone ‘conquistar la naturaleza’ mediante la explotación, no es menos canibalismo, pues el hombre es parte de ella. Para sobrevivir, debe aprender a cooperar con las fuerzas que la gobiernan, así como con sus semejantes. Si se niega a aprender esta lección, la naturaleza contraatacará y lo exterminará con la misma firmeza con la que ya lo están haciendo las masas oprimidas de la torturada Europa, y pronto exterminará la tiranía que las ha gobernado desde 1940”.
La “revolución verde” y el supremacismo tecnológico
Bajo este paraguas ideológico, la “revolución verde” del siglo XX no fue una solución a la hambruna, sino la máxima expresión de la ingeniería colonial, patriarcal y capitalista aplicada a la agricultura. Su premisa fundamental fue la dominación total de la naturaleza a través de la tecnología, asumiendo que el conocimiento occidental y la uniformidad de los cultivos eran superiores a la diversidad y a la sabiduría local de los y las campesinas y pueblos indígenas. Este modelo, concebido en laboratorios del norte global y exportado al sur, impuso el monocultivo de la tierra y de la cultura, despreciando los sistemas agrícolas tradicionales que habían sostenido a las comunidades americanas durante siglos.
Esta imposición se ejerció con la misma lógica de supremacía que justificó la colonización. La tierra, como el indígena o la mujer, debía ser domesticada y forzada a producir bajo un sistema único que privilegia el rendimiento a corto plazo sobre la salud del ecosistema. Esta revolución fue impulsada por grandes corporaciones y gobiernos motivados por una nueva acumulación del capital al reorientar la industria química desarrollada en Europa a fines del siglo XIX hacia la agricultura.

La misma vuelve a poner en evidencia la vigencia del entronque entre el patriarcado colonial y el capitalismo que describe Cumes. Balfour logra percibir a inicios del siglo pasado los efectos negativos de la incipiente llegada de la industria química bélica a la agricultura. Al inicio del libro plantea que la fertilidad del suelo es un reflejo de su salud y que la productividad suele ser resultante de una mayor vitalidad y cuestiona la incorporación de fertilizantes de síntesis química para sostener los rendimientos.
¿Es posible incorporar a la vida del suelo productos artificiales utilizados en grandes cantidades sin silenciar al lenguaje biológico que hace a su vitalidad? ¿Qué sucede si enmudecemos el lenguaje de la vida del suelo de manera constante? Eve nos sugiere una respuesta con esta frase: “la muerte del suelo’ no es una figura retórica. El suelo es una sustancia rebosante de vida. Si esta vida muere, el suelo muere literalmente. Son los organismos vivos del suelo y los productos resultantes de sus actividades los que diferencian el suelo del subsuelo.”
La mercancía perfecta
Los organismos genéticamente modificados o transgénicos son la continuidad de esta lógica por otros medios. Más que una respuesta a la inseguridad alimentaria, los transgénicos representan un salto cualitativo en la conquista de la naturaleza, al permitir que una entidad privada o estatal registre la propia vida. La crítica a los transgénicos, desde esta perspectiva, no es solo una cuestión ambiental o de riesgo, sino una denuncia sobre un nuevo despojo colonial: la apropiación de semillas nativas y la imposición de un paquete tecnológico que subordina a las y los agricultores a una dependencia de insumos externos.
Al fragmentar y recombinar el material genético, el modelo de los transgénicos trata a los ecosistemas como meras fábricas, profundizando la desconexión entre el ser humano y su entorno. Se despoja a la semilla de su carácter cultural y comunitario para convertirla en una mercancía más, regulada por las leyes del mercado y no por los ciclos de la vida.
Aunque Eve escribió su libro mucho antes de la aparición de los transgénicos dejó plasmadas ideas para pensar críticamente a esta tecnología: “Durante demasiado tiempo, el reino vegetal se ha considerado una especie de fábrica dedicada únicamente a convertir sales inorgánicas en material metabolizado para beneficio del reino animal, sin pago alguno. Sin embargo, ahora se está comprendiendo que para cumplir esta función se exige un precio. Si el mundo inorgánico proporciona gran parte de la materia prima, el mundo de los microorganismos debe proporcionar gran parte de la fuerza motriz; estos microorganismos, a su vez, dependen de los reinos animal y vegetal para su sustento. En otras palabras, para cuando el alimento llega al animal, gran parte de él ya está entrando, no en su segundo, sino en su tercer e incluso cuarto ciclo metabólico, pues investigaciones recientes han demostrado, que al menos una parte del alimento utilizado por las plantas es un material altamente complejo ya metabolizado por bacterias y hongos del suelo a partir de las sustancias orgánicas de las plantas y animales superiores, completando así el ciclo de vida, muerte, descomposición y renacimiento.”
Esta descripción tan simple sobre la complejidad del engranaje de la vida anticipa la debilidad del modelo impuesto de los transgénicos que pretende “combatir el hambre” comandando los metabolismos mediante instrucciones bioquímicas artificiales y despojando, por lo tanto, a los metabolismos nativos.
De la ira a la creatividad: nuevos viejos horizontes
La síntesis de estas argumentaciones críticas converge en la evaluación del modelo agrícola industrial y sus devastadores efectos sobre el suelo. Balfour en su obra demostró, tempranamente, que la salud del suelo es el fundamento de la salud de las plantas, los animales y los seres humanos, en sintonía con las cosmovisiones de los pueblos indígenas americanos que entienden que somos parte de la naturaleza.
Sin embargo, el modelo industrial, guiado por la maximización de la ganancia, aplica una agricultura que agota la materia orgánica, erosiona la capa fértil y contamina las aguas. Este proceso de degradación es la consecuencia física de un sistema que concibe a la tierra como una fuente de recursos a extraer, no como un ser vivo del que formamos parte. La pérdida de biodiversidad, la contaminación por agroquímicos, el colapso de los ecosistemas y el despojo a las comunidades de sus territorios, no son fallas del sistema, sino sus características inherentes. Reflejan, en el territorio, la misma violencia estructural que ha perseguido, encarcelado y asesinado a las luchadoras indígenas que defienden el agua y las semillas, porque tanto el suelo y sus guardianas, son vistos como obstáculos para la acumulación capitalista.
Eve critica al sistema apoyándose en evidencias científicas bajo sus propios términos: en ellas conviven el pensamiento científico con la espiritualidad, habla de política, toma aspectos de la economía, recupera la historia, y tiene en cuenta a la sociología para pensar un sistema distinto que tenga como eje la vida, su cuidado y nutrición. Lo que nos rodea también nos conforma y la salud se alcanza en conjunto, así también lo entiende la autora:
“En este libro he intentado algo que mis amigos me dicen que es imposible. He intentado escribir tanto para el especialista como para el público en general (...) Porque hay una buena razón por la que este libro no pudo escribirse para un sector limitado del público lector. Mi tema es la alimentación, que concierne a todos; es la salud, que concierne a todos; es el suelo, que concierne a todos —aunque no se den cuenta—, y es la historia de ciertas investigaciones científicas recientes que vinculan estos tres temas vitales. Ahora bien, como se trata de salud, alimentación, suelo y ciencia, también se trata de planificación de posguerra, y dado que se trata de todas estas cosas, concierne al legislador, al político, al votante, al contribuyente; al agricultor, al jardinero, al veterinario, al médico; al inspector sanitario, a la autoridad sanitaria, al maestro de escuela, al sacerdote; ‘Chapucero, Sastre, Soldado, Marinero…’; en realidad, al Ciudadano. Así que no había una tercera opción; tenía que escribir para todos o no escribir para ninguno.”

En otras palabras, la degradación del suelo no es un problema aislado, sino un síntoma de un sistema de pensamiento y poder que lo ha convertido en un simple sustrato adaptándolo a la lógica de conquista imperante. Las voces de Cumes, Aguilar, Millán y Balfour nos invitan a construir y a atrevernos a habitar nuevos paradigmas donde la agricultura se replantee, no desde la conquista, sino desde lógicas anticapitalistas, antipatriarcales y feministas que alimenten la reciprocidad y la vida.
La vida en la naturaleza se expresa como la continuidad en el tiempo de la convivencia de múltiples relaciones entre las y los individuos y las comunidades con su entorno, relaciones que abarcan la ayuda mutua, la simbiosis, el comensalismo y la competencia. La vida se constituye como un sistema autopoiético, o sea, un sistema capaz de nutrirse a sí mismo a partir de su entorno en un momento particular (metabolismo) y a lo largo del tiempo (autoperpetuación).
Hablamos de sistema, pues la vida y sus ciclos pueden observarse en una célula, en un organismo, en una comunidad, en un ecosistema, en el suelo. Para vivir, cualquier sistema modifica su entorno e incorpora de él lo que precisa para nutrirse, o sea, la modificación, el cambio, es inevitable y es parte constituyente de la vida misma. Para pensar desde el cambio, y la incertidumbre que los cambios traen consigo, acercamos otra particularidad que siempre encontramos en la naturaleza, sea cual fuera el sistema vivo que estemos observando: la ciclicidad o ciclo de la vida.
Ya dijimos que un sistema vivo es capaz de autoperpetuarse, o sea, de continuar nutriéndose a partir de su entorno a lo largo del tiempo (decenas, cientos, miles o millones de años); cuando el sistema vivo ya no es capaz de darle continuidad a su metabolismo, muere. Por tanto, otra característica inherente del sistema vivo es la de desarrollar las habilidades para alimentarse de su entorno de manera tal que las modificaciones introducidas en él le sigan permitiendo nutrirse. En otras palabras, un sistema vivo desarrolla las habilidades para nutrirse con su entorno, el sistema vivo es el entorno y el entorno es el sistema vivo: son una dualidad complementaria.
La vida es simple y a la vez compleja, compartimentalizar su funcionamiento para estudiarla y conceptualizarla nos conduce a conclusiones o ideas engañosas. De aquí la confusión entre complejidad y compartimentalización. En palabras de Balfour: “El primer propósito de este libro es presentar algunas de estas pruebas y demostrar que, al considerar cuestiones de salud, es engañoso separar al ser humano, los animales y las plantas. Todos forman parte del mismo ciclo nutricional que rige a todas las células vivas.”
Mantener el suelo vivo, una nueva vieja trama
¿Comemos o nos alimentamos? ¿Quiénes cultivan los alimentos? ¿Los alimentos son nutritivos? ¿Cómo afecta a la nutrición los alimentos cultivados con el uso de insumos que surgen de lógicas compartimentalizadas, como los transgénicos y los agroquímicos? ¿Cuando nos alimentamos pensamos en nuestra salud? ¿Pensamos en nutrirnos? Creemos que El Suelo Vivo es un buen punto de partida para quienes vivimos en este mundo y estamos convencidas de la urgencia e importancia de empezar a habitar territorios feministas y antipatriarcales, donde la vida y la reciprocidad sean a la vez el faro y el timón.
Eve nos recuerda lo simple que es el funcionamiento de la vida y que eso lejos de ser una condición negativa es una virtud, quizá esa simpleza sea la característica principal que explica la coexistencia armónica y diversa en todo el planeta Tierra.

Si el suelo es un espejo de los vínculos que lo conforman, como dijimos al principio, entonces mantener el suelo vivo exige cambiarlos. No alcanza con enmendar técnicas, hay que desarmar la trama (o trampa) completa. El cambio ya está en marcha, muchas veces protagonizado por personas y colectivos a quienes el propio modelo intenta silenciar. Somos muchos y muchas quienes pensamos al suelo como un ser vivo que necesita que lo cuidemos porque si no lo hacemos puede morir; somos muchos y muchas que en él vemos la base del alimento, de nuestro alimento. Al igual que Lorde, legitimamos la ira que nos atraviesa al poner en palabras las lógicas del sistema cruel que nos moldea y elegimos transformarla en impulsos afectuosos para la creación de un nuevo horizonte.
La agroecología nos invita a estar en diálogo con distintos saberes y cosmovisiones para hacer muchas agriculturas, nos invita a habitar la humildad y la escucha y a priorizar la convivencia, al igual que Balfour en El Suelo Vivo. Pensar el futuro implica observar y sentir el pasado, incluye entender el presente, pues nos constituye y es parte de quienes somos.
Hoy existen muchos colectivos que defienden el agua, la semilla y el territorio. Observamos que cuando estas luchas se encuentran en manos de mujeres indígenas y campesinas son criminalizadas y asesinadas por hacerlo. Por lo tanto, visibilizar, fortalecer y defender a las guardianas de los territorios es un primer paso hacia el horizonte que imaginamos. Para eso creemos necesario dejar de considerarlas mujeres de la periferia y reconocerlas como mujeres de la vanguardia que resguardan la vida toda.
Estos horizontes no son nuevos, son también nuestro pasado, las guardianas son portadoras de las voces ancestrales, aquellas que la colonización silencia hasta el día de hoy. Recuperar las enseñanzas, las lógicas y los vínculos que los pueblos originarios americanos han sabido tejer con la vida, incluída la del suelo, nos concierne a todos y todas, como dice Balfour. Así, el suelo será un espejo que refleje lo reaprendido, volveremos a cultivar alimentos sanos y estaremos tejiendo una nueva trama, sin trampas.
*Patricia Fernández es ingeniera agrónoma, docente de la Facultad de Agronomía de la UBA e investigadora del CONICET.
*Lourdes Gil Cardeza es bióloga, investigadora adjunta de CONICET, integrante del Grupo de Estudios Agrarios (GEA) - IICAR y integrante Cátedra Libre Agroecología (FCA-UNR).
Correctora de estilo: Ariana Moretti
