Nunca Más: en memoria de Alicia López y la militancia en las Ligas Agrarias
marzo 20, 2026
Militante de las Ligas Agrarias, educadora y periodista, Alicia López es una de las 30.000 personas desaparecidas por la última dictadura cívico-militar. Participaba de la organización campesina en el Chaco, donde sufrieron represión y cárcel. Se refugió en su Santa Fe natal, donde fue secuestrada el 22 de octubre de 1976 y asesinada en la Comisaría Cuarta. "Estuvieron comprometidos con un mundo mejor para todos. El desaparecido vive si lo recordamos", afirma su hija, Cecilia Rodríguez.
Foto: Mariángeles Guerrero/Archivo familia Rodríguez.

Por Mariángeles Guerrero

Desde Santa Fe

Alicia militante, Alicia catequista, Alicia profe de Letras, Alicia periodista. Alicia floreciendo en islas de monte en el Impenetrable chaqueño. Alicia López integró las Ligas Agrarias en Chaco y fue asesinada por la dictadura, tras haber sido secuestrada el 22 de octubre de 1976 en la ciudad de Santa Fe. La memoria de su familia y de quienes compartieron con ella la vida destacan su capacidad de escucha, la vocación de educadora, el compromiso con el campesinado y su rol en el periódico "El Campesino", herramienta de difusión de las Ligas Agrarias. “Había encontrado su lugar en las Ligas. Aunque no era un lugar cómodo, ella tomó la decisión de decir 'me voy, hago algo, formo redes'”, destaca su hija, Cecilia Rodríguez.

Las Ligas Agrarias fueron un movimiento campesino que tuvo su origen en el Movimiento Rural de Acción Católica, influenciado por el Concilio Vaticano II, que convocaba a armar “comunidad de comunidades”. Fue diezmado por la dictadura, que secuestró, asesinó y persiguió a gran parte de sus integrantes.

Las Ligas se formaron en un cabildo abierto en Sáenz Peña, Chaco, en 1970. La consigna fue “Grita lo que sientes”, recuerda Irmina Kleiner, una de sus militantes. Kleiner, y su compañero Remo Vénica, sobrevivieron a la dictadura escondiéndose en el monte durante cuatro años.

El grito colectivo al que alude Kleiner expresó lo más profundo del sentir campesino. Las voces se elevaron contra las injusticias soportadas por años, contra las tierras embargadas, las cosechas perdidas, los malos precios. Contra el hecho de que sus hijas e hijos se marchaban, desesperanzados, hacia las ciudades en búsqueda de oportunidades.

A partir de ese cabildo abierto la gente empezó a manifestarse colectivamente, a plantear reivindicaciones y la necesidad de organizarse. El clamor por justicia se extendió rápidamente a otras provincias: Chaco, Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Formosa, Misiones y norte de Santa Fe. “El campesinado generó un despertar de su propia identidad”, señala.

En el marco de las Ligas se generaron estrategias de lucha como marchas a las capitales, cortes de ruta y huelgas. “Eso incomodaba a los sectores dominantes, que eran los vendedores de los insumos agrícolas y los que acopiaban las cosechas, como Bunge y Born o el sector industrial algodonero”, agrega.

Uno de los problemas habituales eran los precios. En tiempos de siembra, circulaban promesas de muy buen precio para determinados cultivos, para incentivar a los productores. Pero al momento de la cosecha, caían. Era una metodología sistemática de la época y generaba mucha bronca en los campesinos, porque les ocasionaba grandes deudas. Otro problema que existía era la tenencia de la tierra por parte del campesinado.Las condiciones de vida en la ruralidad se precarizaban cada vez más. Allí fue Alicia, junto con su pareja Luis Rodríguez, con la certeza de que “había que hacer algo por el otro”.

Portada de El Campesino. Foto: Mariángeles Guerrero/Archivo familia Rodríguez.

“Alicia era una persona muy entregada a la educación. Dentro del sector campesino y en las Ligas Agrarias, jugó un rol muy importante en la parte comunicacional porque era la que sistematizaba la información, reflejando la realidad del sector en el periódico El Campesino”, dice Kleiner.

Y agrega: “Siempre estaba enfocada en la parte informativa y formativa, Eso generaba en las y los campesinos un intercambio y un fortalecimiento de su conciencia como sector. Esa es la imagen que tengo de ella: siempre en la sede de las Ligas en Sáenz Peña, armando artículos, armando el periódico”. Y destaca: “Era una gran educadora. En las reuniones de las distintas colonias siempre estaba presente para escuchar la voz de los campesinos. No hablaba mucho, era una persona muy introvertida pero muy perceptiva a todas las expresiones y los comentarios que hacía el sector. Después lo trabajaba en el periódico y lo devolvía a la gente”.

Las Ligas tenían una metodología de trabajo: ver la realidad, juzgarla, interpretarla y hacer un plan de acción. Incentivaban la participación de toda la familia: la mujer, los niños y los jóvenes. “En eso también daba el ejemplo. Era madre de tres hijos, comprometida con la educación y con la militancia, pero a su vez trabajaba y acompañaba a sus hijos en la escuela, a su familia”, rememora. Y señala que era promotora de la participación de las mujeres y de los jóvenes: “No estaba sola, había otras mujeres que la acompañaban”. 

“Mi mamá se hubiera podido quedar acá en Santa Fe, tenía trabajo, tenía todo. Pero este no era su lugar. A lo largo de los años, mientras vivía en Chaco, ella venía de visita a Santa Fe. Una amiga de ella dijo que, en ese tiempo, la había visto florecer“, agrega Cecilia.

Foto: Mariángeles Guerrero/Archivo familia Rodríguez.

Los primeros años de Alicia

Alicia López nació en la ciudad de Santa Fe el 7 de noviembre de 1945. Era descendiente del brigadier Estanislao López, caudillo federal de la provincia. Fue al colegio Nuestra Señora del Calvario y luego estudió Letras en la Universidad Católica. Eran tres hermanas (Lina, Alicia y Lucía) y ella era la del medio. “Las tres eran muy unidas y se querían mucho. Las otras dos hermanas no eran militantes. La única que trabajó por los derechos humanos en ese momento fue mi mamá”, relata Cecilia.

En la infancia, Alicia quiso aprender a tocar la guitarra. Con sus hermanas formaron una banda. “Se habían puesto como nombre ‘Los gatos de la terraza’, o algo así, porque eran horribles tocando”, relata entre risas. Cecilia muestra fotos, que cuida como un tesoro: Alicia de niña con su hermana, en un rosedal que supo haber en Santa Fe y que hoy ya no existe. Alicia sonriente con sus dos hermanas: vestiditos claros en instantáneas en blanco y negro. Alicia a los 18 años, con el delantal de maestra normal.

Mientras estaba en el secundario comenzó a participar de los grupos del padre Osvaldo Catena, perteneciente al Movimiento de Curas del Tercer Mundo. Catena tenía una fuerte inserción en una barriada pobre de la ciudad, que después fue conocida como Villa del Parque. Ella fue catequista en ese barrio. Allí, mientras cursaba el secundario, comenzó su militancia.

En la universidad participó del cuerpo de delegados de estudiante. Mientras, siguió militando junto a Catena. En ese contexto conoció al sacerdote jesuita José María Llorens y viajó a un campamento en Salta, donde conoció a quien sería su compañero, Luis Rodríguez. Él era abogado, también oriundo de Santa Fe. Al volver a la ciudad se pusieron de novios.

“Si bien mi mamá era una persona de apellido y había estudiado en la educación privada y qué sé yo, era de una familia sin demasiados recursos. Mi abuelo trabajaba, mi abuela era ama de casa, pero no era una cosa de tirar manteca al techo. En los últimos tiempos de la universidad trabajaba como niñera”, cuenta Cecilia.

Hacia la década del 70, el jesuita Llorens contacta a la pareja y les comenta que están formando un movimiento campesino en Chaco y que necesitan gente. Y los pone en contacto con Ítalo Di Stéfano, quien entonces era arzobispo de Sáenz Peña.

“Ellos se casaron y se fueron para allá. Acá todo el mundo esperaba que mi mamá se reciba de la Universidad Católica y vaya a trabajar a la escuela católica que la estaba esperando. Pero ellos decidieron que había que hacer algo por el mundo”, relata Cecilia y añade: “Una persona muy querida de ella me decía ‘tu mamá no se sentía en su lugar acá en Santa Fe, sentía que había otros lugares donde ellos podían ayudar o donde eran más necesarios’. Y papá dice que fue el compromiso histórico que les tocó”.

Alicia López en la infancia. Foto: Mariángeles Guerrero/Archivo familia Rodríguez.

De Santa Fe a Tres Isletas

La pareja se instaló primero en Tres Isletas, en el Impenetrable chaqueño. “No son islas de agua, sino de monte”, aclara Cecilia. Allí, Alicia comenzó a dar clases de Letras en una escuela para adultos que se estaba formando. Luis dio un tiempo clases de historia. Luego se abocó de lleno a ser el abogado de las Ligas Agrarias. Mientras trabaja, la pareja contribuyó a la organización del movimiento. En ese pueblo tuvieron a su primera hija, María Isabel.

Tiempo después, Di Stéfano le pidió a Rodríguez si podían trasladarse a Sáenz Peña porque no era fácil ubicarlos en Tres Isletas cada vez que requerían de su asesoramiento. Cuando se mudan a Sáenz Peña, Alicia ya estaba embarazada de Cecilia.

“Mamá era una persona muy bajita, medía un metro y medio. La gente del Chaco decía que parecía una nena. Y decían también que era muy agradable. Escuchaba muchísimo y tenía mucha capacidad de empatizar con el otro”, describe.

Según Cecilia, Luis suele decir que no sabe qué hubieran hecho sin ella, porque era la que se acordaba de los cumpleaños de todos, era la que se acordaba si el hijo de alguna familia estaba enfermo y les entonces preguntaba cómo estaba. “Durante muchos años el rol de las mujeres fue armar redes. Mamá era parte fundamental de esa red. Ella se llevaba bien con todo el mundo y mamá los recordaba con mucho cariño a todos”, agrega.

Alicia tuvo tres hijos (María Isabel, Cecilia y Luis) y trabajaba en la Escuela Normal, en el Colegio Nacional y en el Colegio Comercial de Sáenz Peña. Además militaba y escribía El Campesino. Para Cecilia, ”el modo de sostener eso es armando comunidad, armando redes”. Y relata que muchas veces otras familias los cuidaban a ellos y que Alicia también cuidaba a los hijos de otros.

Luis Rodríguez, Alicia López y sus dos hijas, María Isabel y Cecilia. Foto: Mariángeles Guerrero/Archivo familia Rodríguez.

El Campesino

Las Ligas Agrarias tenían una premisa: la gente no defiende lo que no sabe que es su derecho. De allí surgió la necesidad de formar al campesinado para que pudiera participar mejor en las discusiones políticas y exigir lo que le correspondía. Por eso comenzaron a difundir unas cartillas escritas a máquina, abrochadas, que explicaban de manera sencilla temas como qué pasa cuando sube el precio de un cultivo, qué sucede cuando baja, quién se queda con la ganancia de las y los trabajadores. Alicia se ocupaba de armarlas.

“A las cartillas las escribían ‘en complicado’ y mamá luego separaba la información por puntos, bien sencillo para que se entienda. Todo ese sistema estaba muy apoyado en las enseñanzas de Paulo Freire, que en esa época estaba en auge”, relata.

Otra estrategia de difusión y formación fue el periódico El Campesino, de regularidad mensual. Cecilia abre una bolsa de plástico y despliega los ejemplares sobre la mesa. Los titulares dicen: "Girasol. Nuevamente los monopolios atacan al agricultor", "¿Quién es Bunge y Born?", "¿Por qué luchan las mujeres del campo?". La idea era que aquel grito originario, aquel “grita lo que sientes”, se sostenga en el papel, que pudieran seguir expresándose.

En El Campesino escribían todos por igual: campesinas y campesinos que no habían sido alfabetizados y universitarios. “Papi me contaba que mamá se dedicaba mucho a intentar que la gente de las bases escribiera, porque era la gente que decía 'no, yo qué voy a enseñar', y era gente sumamente valiosa”, relata. 

Como no todos estaban alfabetizados, Alicia se sentaba con ellos y empezaba a preguntarles qué era importante para ellos, qué tenían de valioso para decir si tuvieran que contarle algo a sus hijos, qué opinaban de determinada situación. Mientras los escuchaba, iba escribiendo. Después leía lo que había escrito para que la persona diga si el texto expresaba lo que habían charlado. Luego se lo daban para leer a otra persona: “Era con el que ‘probaban’ los artículos, un señor muy empático. Si le gustaba a él, sabían que iba a funcionar”.

En el periódico no aparece ningún artículo firmado por Alicia. Cecilia señala: “Ella borró voluntariamente su autoría”. Y explica que el objetivo no era que las notas reflejen la experiencia de una persona, sino la experiencia colectiva. 

Como una foto más, aunque descrita con las palabras de Luis transmitidas a Cecilia, aparece Alicia armando las hojas del periódico “letrita por letrita”.

Cuando comenzó la persecución de la Triple A y decidió, a principios de 1976, volver a Santa Fe, regresó con sus tres hijos y un mueble con libros y fotos. Y una bolsa color rosa chicle: ahí estaban los ejemplares de El Campesino. Cecilia los encontró muchos años después, en la época en que estudiaba en la universidad.

Panfleto de Las Ligas Agrarias. Foto: Mariángeles Guerrero/Archivo familia Rodríguez.

La detención de Luis y el regreso a Santa Fe

La persecución a las Ligas Agrarias comenzó en 1975, durante el gobierno de María Estela Martínez, de la mano de la Alianza Anticomunista Argentina. En 1975, después de una protesta, la policía detuvo a Luis. Era habitual, para los liguistas, que cada vez que hacían una manifestación hubiera una redada policial y los detuvieran por un par de horas. Pero en esa oportunidad el “par de horas” fueron siete años. El compañero de Alicia recuperó la libertad en 1982.

Desde Sáenz Peña lo trasladaron a Resistencia y, después de un breve paso por Buenos Aires, al penal de Rawson. 

Alicia se trasladó primero a Resistencia con sus tres hijos. “Pero cuando supo que lo iban a llevar a Rawson no se animó a seguirlo. Tenía tres chicos chiquitos: Luisito tenía 1 año, yo 3 y mi hermana mayor 5. Con tres criaturas, ¿qué iba a hacer en Rawson? Ella no sabía además cuánto tiempo iba a durar eso”, relata Cecilia. 

A principios de 1976 volvió a Santa Fe con sus tres hijos. Se instaló con su hijo más pequeño, Luis, en la casa de su suegra. Las dos niñas fueron a la casa de la cuñada, que vivía a la vuelta manzana.

“Mi tío contaba que, cuando la mano se puso dura, le preguntó por qué no se iba al exilio. Pero mi mamá dijo que no, que el pueblo se iba a levantar, que eso iba a durar un tiempo nomás, que había que aguantar y resistir. Y se quedó. Son decisiones que tomó, esa era su mirada”, agrega. Cuenta que, por las cartas que le enviaba a Luis, sabe que ella tenía la sensación de tener la vida “en pausa”, pero que no estaba escondida.

“Nos inscribió en la escuela y todas las mañanas la encontrabas llevándonos de la mano a la primaria. Recuerdo haber ido a la plaza, recuerdo haber caminado por el centro, me acuerdo de nosotros caminando con ella por el Puente Colgante, que íbamos y volvíamos y nos encantaba”, rememora.

Alicia López junto a sus hijos, en un cumpleaños en Santa Fe en junio de 1976. Foto: Mariángeles Guerrero/Archivo familia Rodríguez.

La noche más larga y más triste

En la madrugada del 22 de octubre de 1976, la familia de Luis Rodríguez estaba durmiendo. En una casa descansaba su hermana mayor, con su cuñado y sus dos hijas. A la vuelta, su mamá, Alicia y su hijo de dos años. De repente golpearon la puerta en la casa de su hermana. Salió el cuñado y vio a varios jóvenes con pasamontañas. Cuando la hermana se asomó, pegaron un culatazo pensando que era Alicia. Pero alguien que venía con ellos dijo “ella no es”. La patota murmuraba, decía que la mujer que buscaban estaba a la vuelta. Le pidieron al hombre que los acompañe. Cuando llegó a la otra casa, había otro grupo de tareas esperándolos.

“Esto me lo contó mi tía y cada vez que lo contaba, ya con más de 80 años, temblaba de nuevo. Eso le quedó en el alma el resto de su vida”, dice Cecilia.

A Alicia se la llevaron como estaba. En la casa dieron vuelta todo, hasta la cuna donde dormía el bebé. “Mi abuela, María Isabel, no lloraba mucho pero siempre me lo contaba llorando. Mi hermano, después de terapia, recordó ese momento: mi mamá yéndose y él quedando a upa de la abuela. Mi abuela escuchó a mamá decir, ‘¿vos acá?’, como que llevaron a alguien para que la reconozca. Esa persona no estaba encapuchada. Mi abuela lo vio, mi tío también, pero hasta el día de hoy no sabemos quién es”, relata. 

“Mi tío volvió y con mi tía se quedaron cinco o seis horas sentados uno al lado del otro, sin decir una palabra. Estaban en un estado de shock total. Para ellos fue una de las noches más espantosas, largas y tristes, porque pensaban qué podrían haber hecho. Al otro día mi abuela materna hizo la denuncia, pero era hacerle una denuncia a la nada. Durante muchísimos años no supimos más nada”.

La familia la buscó mucho: siguieron todas las pistas posibles. A los chicos les dijeron que el papá estaba trabajando en Estados Unidos y que la mamá estaba enferma, por eso no estaba con ellos. Solo cuando retornó la democracia y comenzaron a visibilizarse el tendal de desaparecidas y desaparecidos que había dejado la dictadura, la familia supo la verdad. Alicia había estado secuestrada cerca de 45 días en la Comisaría Cuarta de Santa Fe, a unas 30 cuadras de la casa familiar, y allí había sido asesinada.

La Comisaría Cuarta fue un centro de detención clandestino de la ciudad. Era un lugar “de paso”; allí tenían unos días a las personas secuestradas y luego eran trasladadas o asesinadas en otros lugares. 

El sobreviviente José Schulman le contó a Cecilia que guardaba su comida y se la daba a Alicia porque era la que peor estaba físicamente. Antes de llegar a la comisaría estuvo detenida dos días en otro centro clandestino, que se presume estaba en la vecina localidad de Santo Tomé, aunque no hay certezas sobre la ubicación exacta. Allí fue torturada y abusada sexualmente. 

“En la Cuarta la siguieron violando, iba a sesiones de tortura y se iba deteriorando. Hasta que un día uno de sus compañeros miró por debajo de la celda, la vio en el piso y la llamó: ‘Alicia, Alicia’. Pero no contestó. Después la vio con una sábana arriba y después no la vio más. Mi mamá era una mujer muy débil físicamente: si tuvieron o no la intención de matarla, no importa. La mataron en la Cuarta”, afirma Cecilia. 

Mientras tanto, Luis era interrogado en Rawson. Le preguntaban por compañeras y compañeros de las Ligas. Él les decía que, estando en Rawson, no podía saber dónde estaba la gente en Chaco. Cuenta que le dijeron “si no nos decís vamos a matar a tus hijos y a tus viejos”. Pero nunca le dijeron “vamos a matar a tu mujer”. Entonces pensó: “Es porque ya la mataron”.

En 2010, el Tribunal Oral Federal de Santa Fe condenó a 23 años de prisión al ex jefe de la Policía de Santa Fe, Mario Facino, por el homicidio de Alicia López. Facino fue el comisario de la Cuarta desde mediados de 1975 hasta principios de 1977. Murió en 2012, con prisión domiciliaria.

Kleiner afirma que las Ligas Agrarias fueron perseguidas porque era un movimiento de lucha muy profundo que cuestionaba las estructuras del sistema. “La persecución, la desaparición, el asesinato de tantos dirigentes de las Ligas en todo el nordeste garantizó que durante la dictadura y en los años siguientes no tuviesen ese espacio de lucha para poder avanzar con los cambios que querían hacer“, asegura.

Entre esos cambios enumera “la penetración de los transgénicos, el uso de venenos, la pérdida de la tierras por parte del campesinado y la apropiación por parte de las grandes empresas que después organizaron los pool de siembra”. 

Periódico El Campesino. Foto: Mariángeles Guerrero/Archivo familia Rodríguez.

Memoria, verdad, justicia y un camino para seguir andando

La ex Comisaría Cuarta es hoy un Sitio de Memoria. Desde 2015, la Escuela de Enseñanza Media para Adultos N° 1328 se llama “Alicia López” por votación del alumnado.

“Los 30.000 estuvieron comprometidos con un mundo mejor para todos y hoy no están. Esos espacios de memoria hacen que la memoria permanezca viva. El desaparecido vive si lo recordamos. Si no lo recordamos, muere de nuevo. Desaparece de nuevo. Se trata de recordar el compromiso y la elección de aquellos que intentaron borrar“, define Cecilia. 

Pese a que el discurso negacionista del actual gobierno circula en todas las pantallas de televisión, en los territorios continúan abiertos los surcos que abrieron aquellos campesinos y campesinas organizados. Kleiner reflexiona: “Toda la cuestión reivindicativa del campesinado se perdió, pero quedan rastros de esos años de lucha”. Pone como ejemplo las ferias francas de Misiones. Y destaca el rol de las mujeres que llevaron adelante esa estructura de organización y comercialización. 

Afirma que Naturaleza Viva, la granja agroecológica que sostiene con su compañero Remo desde fines de los años 80, también surgió por esa idea de que “algo hay que hacer“ y de “no podemos quedarnos de brazos cruzados“. Y asegura: “Así empezamos con un trabajo transformador del sistema productivo. Las experiencias son muchas, existen muchas iniciativas similares”.

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