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La comida sana desapareció del plato brasileño
mayo 3, 2021
Un estudio reciente revela que los alimentos frescos y mínimamente procesados disminuyeron un 85 por ciento en los hogares con inseguridad alimentaria; muchas familias ya no tienen nada para comer.
La comida sana desapareció del plato Brasileño

Por Nathália Iwasawa
Hace muchos meses, la pandemia se veía con otros ojos. Además de la idea de que la cuarentena duraría 40 días, o el hecho de que los peces volvieran a nadar en los canales de Venecia, había una preocupación por la autoimagen. Sobraban por ejemplo, en grupos de WhatsApp, quienes comentaban que estaban aumentando de peso porque “la única distracción” en casa era comer. 
Pero esta idea, además de reforzar un discurso gordxfóbico, ignora que muchas personas ni siquiera tenían disponible un plato de arroz o frijoles. El informe «Efectos de la pandemia en la alimentación y la situación de la seguridad alimentaria en Brasil», muestra que hubo una reducción general en la disponibilidad de alimentos en los hogares en situación de inseguridad alimentaria. En otras palabras, ni siquiera los alimentos ultraprocesados más baratos, como los fideos, garantizan que el hambre se mantuviese alejado.

Qué queda en el plato

Llevamos unos meses escuchando a los expertos y hablando con trabajadores para entender lo que queda en el plato de las familias en situaciones de vulnerabilidad social en tiempos de Covid-19. Investigadores del Grupo “Alimentos por Justicia: Poder, Política y Desigualdades Alimentarias en la Bioeconomía”, de la Freie Universität Berlin (FU Berlín), traen la respuesta que no queríamos: el consumo de alimentos saludables disminuyó en un 85% en hogares en situación de inseguridad alimentaria durante la pandemia. 
La mayor reducción encontrada por el estudio fue la carne, en el 44% de los hogares, seguida de la fruta (40,8%), el queso (40,4%) y las verduras (36,8%).

Cabe señalar que, entre los hogares que mantuvieron la seguridad alimentaria durante la pandemia, la reducción en el consumo de alimentos considerados saludables fue significativamente menor, variando entre el 7% y el 15%.
Los autores de la investigación –Eryka Galindo, Marco Antonio Teixeira, Melissa de Araújo, Renata Motta, Milene Pessoa, Larissa Mendes y Lúcio Rennó– señalan que, en el período comprendido entre agosto y diciembre de 2020, casi el 60% de los hogares entrevistados sufrían algún nivel de inseguridad alimentaria, es decir, cuando la calidad de los alimentos es inadecuada o insuficiente. De estos, el 15% se encontraba en situación de grave inseguridad alimentaria.

El hambre como opción política

En el evento de lanzamiento del informe los investigadores enfatizaron que las cifras extremadamente preocupantes no son el resultado de la pandemia solamente. “Estamos en una espiral descendente”, dijo Lúcio Rennó, profesor del Instituto de Ciencia Política de la UnB y uno de los autores del estudio, en referencia a la crisis económica sistemática, el aumento del desempleo y la profundización de las desigualdades sociales, con repercusiones en la alimentación y la nutrición. 

La crisis de salud, sumada a la falta de un Estado capaz de responder mínimamente a la situación, se traduce en la maximización de los problemas sociales. Los derechos laborales y otras garantías esenciales para una vida digna, como la salud y la educación, ya estaban sufriendo sucesivos y severos ataques. 

La investigación muestra que el consumo de alimentos en forma natural y mínimamente procesados ya era irregular en hogares con algún grado de inseguridad alimentaria. Es decir, el consumo de frutas, verduras, legumbres y carnes ya era esporádico. 

Durante su presentación, la profesora en sociología del Instituto de Estudios Latinoamericanos (FU Berlín) y líder del grupo responsable de la investigación, Renata Motta, destacó que “el hambre es una opción política”. La docente recordó que el desguace del PAA (Programa de Aquisição de Alimentos) y el PNAE (Programa Nacional de Alimentação Escolar), además de la extinción de Consea (Conselho Nacional de Segurança Alimentar) –la primera medida que tomó el presidente Jair Bolsonaro al asumir el cargo en 2019– fueron decisiones que ignoraron años de avances en políticas sociales e importantes logros de movimientos de la sociedad civil organizada.

No son sólo números

Motta también señaló que «la inseguridad alimentaria tiene color, género y espacialidad». La afirmación proviene de las cifras, que son muy claras: en los hogares donde la mujer es la única responsable de los ingresos, la inseguridad alimentaria es más severa (73,8%); la situación se repite en los hogares encabezados por mestizos (67,8%) y negros (66,8%); y en hogares ubicados en el Nordeste (73,1%), Norte (67,7%) o en zonas rurales (75,2%).
En entrevista para este informe, el Grupo de Investigación destacó que el fenómeno no se puede reducir a un solo ámbito, siendo fundamental la mirada amplia e interdisciplinar.
“La pandemia ha dejado claro qué proyecto de país tenemos y que se implementa de manera muy eficiente”, dijo Elisabetta Recine, profesora y coordinadora del Observatorio de Políticas de Seguridad Alimentaria y Nutricional de la UnB. Recine reflexiona que Brasil ingresó a la pandemia con drásticas reducciones en los principales programas y políticas públicas. «Este hambre, al final, es producto de una crisis aguda, que es expresión de una situación crónica en el país”, afirmó.

La salida

La solución señalada por los autores de la investigación es precisamente un proyecto político que tome como prioridad de gestión los programas sociales, como “reforma agraria, transferencia de ingresos, acceso al mercado laboral, salud, saneamiento básico, accesibilidad y disponibilidad de alimentos. Y, finalmente, comedores populares o comunitarios y bancos de alimentos”.

Publicado originalmente en: O joio e o trigo
Título original: «Comida saudável sumiu do prato dos brasileiros».
Edición: TierraViva

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