Por Sergio Arboleya
“Mapic. El árbol que estuvo siempre,” es un libro poético y una voluntad de encuentro que nace desde el Barrio Toba de Rosario, donde habita una gran comunidad originaria mayoritariamente de origen qom, procura acercar su cosmovisión con el pulso frenético de una de las principales ciudades argentinas.
El mapic es el árbol
que estuvo siempre
una sombrilla gigante
que nos cobija
es semejante a nosotros
y la respetamos
ella nos da alimento
no tenemos que pagarle nada
nos brinda su sombra
cuando hace calor
sus chauchas para comer
su tanino para teñir
su madera prende el fuego.
Promovido desde el municipal Centro Cultural El Obrador, cuya denominación recuerda que fue sede del galpón donde a inicios de los ’90 se gestaron las viviendas del Barrio Toba, en el volumen confluyen las sensibilidades de la chaqueña Ruperta Pérez y la rosarina Lara Pellegrini. Pérez es oriunda de la comunidad qom Rapicoshec, en El Impenetrable chaqueño, llegó a la ciudad santafesina en 1985 y actualmente oficia como subcoordinadora de la Dirección Municipal de Pueblos Originarios. Pellegrini es poeta, cantautora, licenciada en Comunicación Social y gestora cultural.
“Yo sentí que había una necesidad de Ruper de dejar un registro para los chicos y las chicas de la comunidad que ya nacen en Rosario y están asentados en la ciudad y cómo esos cambios necesitaban de nuevos dispositivos para poder hablar de la cultura, de su cultura”, arriesga Pellegrini durante una entrevista con Tierra Viva.
Sentada a su izquierda, Pérez aporta que esta confluencia “es también una causalidad por el hecho de que estamos en una región que no es la nuestra, es un otro lugar. Entonces hay algo de recordar, de saber que estamos acá por una determinada razón, por una necesidad y por sufrir el desarraigo al que una le añade una memoria muy antigua que va recuperando al caminar estas dos regiones”.
La tensión entre orígenes ancestrales, carencias, destierros, migraciones y afincamientos sobrevuela amablemente un trabajo donde la poesía, las ilustraciones a cargo de Elsa Albornoz y Verónica Benito, y los testimonios de otros migrantes como Ruperta Pérez: Silvia Aguirre, Arsenio Borgez, Dina Naporichi y Noelia Naporichi.

En el prólogo de “Mapic”, Pellegrini revela que en una de las conversaciones “Arsenio me habló de nalaq’, del secado de ‘las chauchitas’ y de las abuelas que van a buscar algarrobo: ‘Se van con sus nietas, les enseñan cuáles son las chauchas buenas’, dijo. El tono, las pausas, la forma de armar la oración, su mirada: todo era poético y bello sin más”.
Agarró su cuaderno y anotó la frase para no olvidarla. Esa frase, tal cual la dijo Arsenio, está hoy en el poema. Y eso pasó varias veces, no solo con relatos de Arsenio, también con otros integrantes de la comunidad. Ahí entendió que la voz qom es materia poética, y que su rol era el de principalmente escuchar, no preguntar, no intervenir. Escuchar los relatos y escuchar su sentir cuando aparecía un pasaje que la conmovía por alguna razón. Y que esa iba a ser la manera de elegir los fragmentos que luego servirían al poema y a las citas que conforman este libro.
En una etapa posterior, ordenó y escribió el texto. Luego, conjuntamente con Tania Scaglione, pulieron una voz que ya era poética en sí misma. El escrito es también una invitación a la lectura en voz alta. A que recorra, a viva voz o en susurros, aulas, patios, cocinas, parques y también oficinas. Que se recite de memoria, que se lo comente, que se lo cuente —lo que sea que se recuerde—, que se vivencie en compañía o en soledad, pero en voz hablada.
Esa invitación queda ya en manos, y en boca, de los lectores y lectoras, nuevos y potenciales narradores del libro, que antes de ser texto es canto ancestral, es sabiduría sagrada y es cobijo para las personas que, además de contarlo, lo viven como parte de su identidad.
"Ojalá este libro sea una manera de que muchos mundos se integren; que nutra formas menos opresivas y deshumanizantes de concebir el tiempo, la vida, los procesos; que invite a contemplar y cuidar a los árboles, a disfrutar la flor en su aroma. Que sea una voz colectiva: la voz de una comunidad que recuerda y cuenta una experiencia en común, con los matices propios de cada vivencia, de un relato con la fuerza de una cultura que está viva y resiste", afirma Pellegrini.
El sueño de que el libro sea una copla que encuentre y reúna múltiples voces a la del mapic.
Llega el primer aroma
del brote del mapic
anuncia el lavoGó
nos regala su perfume
y ese regalo no es para uno
es para todos por igual
para quien lo quiera tomar
ese aroma nos cuida
los pensamientos
sanamos nuestros males
con el susurro del monte en flor

"Los hielos continentales son el tesoro nuestro"
—En algún tramo del relato se habla de la necesidad de que el libro funcione como una herramienta para que las nuevas generaciones nacidas en el barrio rosarino conozcan esa memoria y puedan enlazarse con esas tradiciones. ¿Cómo resuena eso en vos?
—Ruperta Pérez: Para mí es muy importante porque fuimos observando que muchas de nuestras palabras se van olvidando hasta para los mismos profesores de las escuelas bilingües e interculturales de Santa Fe. Entonces el libro es un poema, pero un poema que trae otras cosas cuando lo lee la comunidad que es capaz de interpretar otras cosas, el espíritu de los poemas que nosotros fuimos armando con Lara.
—¿Cuál es la relación de la cultura qom con la forma poesía?
—Ruperta Pérez: Ya de por sí nuestras palabras, nuestra lengua, cuando nosotros nos juntamos, hacemos una reunión o hacemos un festival, un encuentro, ya nuestras palabras son poéticas. Entonces para mí era mucho más fácil que hacer poema que escribir de otra forma, pero bueno, a mí me gustan mucho los poemas porque me permitió usar algunas palabras que ya no se usan más.
—¿Qué te ocurrió en lo personal, Lara, con esos relatos?
—Lara Pellegrini: La poesía se impuso porque escucharlos hablar era como escuchar una poesía en vivo, porque hay algo intrínseco en la manera de contar, de narrar, aún hablando en español, donde se aprecia una voz muy poética que es propia de la manera de ver el mundo. Siento que el poema engloba una voz más colectiva, más comunitaria, porque está hecho de retazos de todas las voces y la parte testimonial identifica con nombre y apellido a cada persona y qué fue lo que ésta dijo.
Los cardenales cantan
porque el monte está lleno
de chaucha dulce de algarrobo
niños, ancianos
hombres y mujeres
recolectamos amap’
en el tiempo de los frutos
nosotros abrimos las manos
para recibir la abundancia
—Hay todo un alegato muy hermoso en torno al algarrobo. ¿Cómo les resuena ese vínculo tan fuerte con el árbol y con la naturaleza en un contexto de violento extractivismo?
—Ruperta Pérez: Para nosotros es algo triste porque, claro, si nosotros como pueblos originarios no tenemos esos árboles, no sé adónde vamos a ir porque estaremos condenados a existir en un plano de la nada y no sabremos quiénes somos sin esa madre tierra a la que conocemos como las palmas de nuestras manos. En relación a los recursos hay una política de Estado de no ocuparse y solamente estar atento a lo que tiene que ver con los negociados como ahora que nos enteramos que se están vendiendo los hielos continentales, que son el tesoro nuestro.
—Lara Pellegrini: Haber encarado este trabajo me trae como una sensación de breve esperanza, me da como un cobijo sentir que todavía podemos llegar a habitar narrativas distintas en relación al vínculo con nosotros mismos y con el entorno porque en realidad es una cuestión de qué cuento nos contamos y al estar inmersos en este cuento en donde están los malos que vienen a sacarnos y que ven a la naturaleza como a un objeto, se creen separados de ella. Creo que se trata de un relato que acerca una voz distinta porque hace referencia a un árbol y a la vida de una comunidad alrededor de ese árbol y que así se contrapone a la violencia y la guerra porque acá no hay bombas pero no deja de ser una guerra. Estar en este proyecto me sensibilizó y apostamos a que esa sensación también se disperse como semillas.

Comunidades originarias en un Rosario de tensiones
El Pueblo Qom conforma la mayor población originaria en Rosario con más de 4.700 habitantes sobre las 6.500 personas de otras comunidades indígenas radicadas en la ciudad, según datos del Primer Censo de Pueblos Originarios realizado en 2014.
A 12 años de aquel relevamiento, Ruperta Pérez asegura que “ahora somos más” pero el protagonismo qom en la zona sigue siendo evidente y se hace notorio en el denominado Barrio Toba, que al momento del censo alojaba a un millar de indígenas, casi el 17 por ciento del total de la población indígena asentada en esta región santafesina.
Y aunque la barriada sigue padeciendo problemas con el agua, proliferan los basurales y los frecuentes cortes de luz, gracias a su grado de organización logró acercar a una línea de colectivos (que antes pasaba a diez cuadras) y concretar la creación de escuelas bilingües y centros de salud, “cosas que pudimos conseguir con nuestra participación y el apoyo de los gobiernos provincial y municipal”, destaca Pérez.
Desde su militancia en el barrio pero en su carácter de mujer blanca nacida en Rosario hace cuatro décadas, Pellegrini apunta: “Me parece que hace falta un montón una conexión con las comunidades originarias que viven en Rosario. Todavía siguen siendo ciudadanos que están como puestos todos en una misma bolsa, no se sabe quién es quién y más allá de hacerse visibles por sus artesanías, no se conocen las identidades que viven en la ciudad”.
Pellegrini, que también es editora del portal De Coplas, no necesita recurrir a los datos de aquel padrón que determinó presencias también importantes de mocovíes, guaraníes y kollas, entre personas de esas naciones originarias, e insiste con que “a la ciudad le falta un montón todavía para poder también valorar esa cultura que la habita, poder ver todo ese saber ancestral. Y por eso me pone contenta haber hecho el libro como un aporte que vaya hacia los niños y niñas y plante una semilla diferente, otra mirada”.
Construir comunidad, una tarea para el Obrador
“Nuestra idea es fortalecer un corredor intercultural donde el centro cultural sea una referencia espacial y programática”, advierte Mariela Mangiaterra, coordinadora del Centro Cultural el Obrador, que depende de la Secretaría de Cultura y Educación rosarina. Señala a Tierra Viva que “es cierto que hay dos modos de comunidad, pero ojalá fuera así de simple. Hay problemáticas que son transversales a la ciudad y otras que hacen contradicción y diferencia al interior de cada territorio”.
“Para nosotros —afirma— los saberes tradicionales representan, en principio, una gran incógnita, un tesoro, un desafío. Es una materia viva tanto material como simbólicamente que sigue actuando y trae cosas del pasado, pero ese pasado también nos hace preguntas sobre el futuro. Ahora que abundan las imaginaciones apocalípticas sobre el futuro, sobre el fin del mundo ¿nos hemos detenido a pensar que los pueblos originarios ya sobrevivieron al fin del mundo tal como lo conocían y nos traen relatos sobre eso? También existe en los saberes tradicionales una particular manera de vincular naturaleza y cultura, algo que la cultura de la última modernidad está pensando, dada la crisis que nuestro planeta herido vive actualmente”.
La coordinadora del Obrador destaca que desde ese espacio se propician acercamientos diversos desde actividades culturales, lúdicas y productivas aunque es consciente que “la coyuntura actual donde indudablemente existe una crisis en la modalidad del vínculo con el otro, creo que exacerba los rasgos racistas, por ejemplo; pero sobre todo la fragmentación social y la segmentación”.
Mangiaterra invita a mirar hacia atrás para visitar lo complejo de esos diálogos, recuerda que estas formas actuales hay que situarlas en una perspectiva también histórica, viendo qué forma ha tenido la figura del aborigen en la constitución del estado nacional: su caracterización, su invisibilización, su vínculo con la ley, los procesos de migración interna primero como peón de actividad rural y luego producto de la modificación de los territorios y las actividades productivas con el neoliberalismo.
Y, remarca, que se mantiene el imaginario social —que no es excluyente de Rosario— de verse como una población blanca descendiente de europeos. "Para pensar lo intercultural es necesario reconocer la profunda asimetría de acceso a derechos económicos, humanos, culturales respecto de otros sectores de la población que rige sobre las comunidades de pueblos originarios", destaca.
Edición: Darío Aranda
