Por Mauricio Amaya
“¿Cuál es la libre competencia si al país ingresan naranjas de Egipto o tomates de Paraguay, mientras se reducen impuestos a los grandes concentradores y se eliminan incentivos para los pequeños productores?”. La pregunta surge desde la cooperativa Caracoles y Hormigas, un proyecto nacido hace más de 15 años en Villa Adelina, norte del Conurbano boanerense, y que en una actualidad de caída del consumo interno y apertura importadora sostiene una red de producción y comercialización alternativa basada en la agroecología, el asociativismo y los circuitos cortos de consumo.
Caracoles y Hormigas comenzó a gestarse entre 2009 y 2010, cuando todavía la creación de circuitos de comercialización agroecológicos del productor al consumidor no tenían la visibilidad social actual. Actualmente Caracoles y Hormigas está integrada por doce trabajadores repartidos entre locales, armado de pedidos, logística, ventas y asistencia técnica a productores en transición agroecológica. Los almacenes agroecológicos están en Villa Adelina e Ingeniero Maschwitz.
La idea inicial fue conectar de manera directa a pequeños productores con vecinos interesados en consumir alimentos frescos y libres de agrotóxicos. “En ese momento los consumidores no tenían tanto conocimiento”, recuerda Malena Tello, secretaria de la cooperativa y encargada de la logística de ventas y comunicación. En aquellos años, sin embargo, existía un contexto favorable: reactivación económica y cierta promoción estatal hacia cooperativas, fábricas recuperadas y pequeños productores familiares, campesinos e indígenas.
En paralelo, empezaban a surgir distintas redes de comercio justo en el país. “Nos empezamos a denominar ‘comercializadoras’, acortando intermediarios y ofreciendo productos que no estaban en el mercado convencional”, cuenta y menciona algunas redes de entonces como la del Litoral, Tacurú o Puente del Sur.

El espacio comenzó a organizar una demanda creciente de miel, yerba, mermeladas y conservas, entre otros artículos, elaborados por productores de la agricultura familiar. Hacia 2014 se sumó con fuerza la producción frutihortícola de los cordones periurbanos bonaerenses y el vínculo con productores locales que iniciaban la transición hacia la agroecología.
La discusión sobre las formas y lógicas de cultivo empezaba a tomar relevancia en algunas agendas mediáticas. Es que Argentina se ubica entre los países con mayor utilización de agrotóxicos por superficie cultivada. Diversos relevamientos académicos y ambientales estiman que en el país se aplican más de 500 millones de litros/kilos de agroquímicos por año, un modelo al que la agroecología se contrapone por sus impactos ambientales y sanitarios.
En 2016, Caracoles y Hormigas se formalizó como cooperativa de trabajo, lo que le permitió acceder a algunos apoyos estatales y programas de fortalecimiento, aunque siempre de manera limitada, lo que mantenía la autogestión como sostén principal del proyecto. Durante la pandemia de Covid-19 el sector vivió un fuerte crecimiento: “Hubo un aumento del 80 por ciento en el consumo de estos productos”. Pero el escenario comenzó a deteriorarse rápidamente entre 2021 y 2023, primero por la inflación y luego por el desplome del poder adquisitivo.
El impacto del modelo Milei en la comercialización y la producción
Desde el inicio de la gestión de La Libertad Avanza, la apertura de importaciones de alimentos, que ingresaron a competir con la producción local, y la caída del poder adquisitivo profundizaron el deterioro de las condiciones de vida e impactaron en el consumo. La venta de productos de consumo masivo recuperó apenas el dos por ciento en 2025, según la consultora NielsenIQ, luego de la histórica caída del 16 por ciento registrada en 2024. Se trata de uno de los retrocesos más pronunciados de las últimas décadas, con fuerte impacto en alimentos y bebidas.
Ese escenario repercute en toda la cadena de consumo, pero golpea, especialmente, a quienes intentan construir alternativas por fuera de las grandes empresas alimenticias y de la lógica de importación masiva. Entre ellos, los pequeños productores y las redes de comercialización que llevan sus productos a las mesas por fuera de los cadenas tradicionales.
“Ahora tenemos una situación de muy baja capacidad de compra de los consumidores, baja capitalización de los productores y un Estado que no apoya, sino que más bien promueve el ‘libre mercado’”, señala Vanesa Della Casa, presidenta de la cooperativa, encargada de vínculos y administración. Hasta la llegada de Milei, la cooperativa y los productores que la abastecen pudieron trabajar de forma articulada con programas del INTA, en coordinación con el programa Cambio Rural, y con el Instituto de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Agricultura Familiar (IPAF ). El Ministerio de Trabajo ofrecía un respaldo desde el Programa de Trabajo Autogestionado (PTA) y el de Desarrollo Social también a través del programa Mercados de Cercanía.

En la actualidad, el apoyo de Nación es nulo y solo queda el trabajo con programas del gobierno bonaerense como Mercados Bonaerenses (Ministerio de Desarrollo Agrario), la Dirección de Entramados Productivos (Ministerio de Obras Públicas) o el Instituto Provincial de Asociativismo y Cooperativismo (IPAC); además de otras coordinaciones con la Dirección de Economía Social del Municipio de Escobar.
Hace apenas algunos meses la cooperativa encendió las alarmas ante un posible cierre. “Ya no somos tan sostenibles. No logramos cubrir nuestros costos y remunerar nuestros esfuerzos”, escribieron en sus redes sociales. Sin embargo, lejos de bajar las persianas, decidieron reorganizarse, reducir estructura y redoblar la apuesta por el trabajo colectivo.
Della Casa agrega que, en el caso de los productores, la crisis se monta sobre problemas históricos, ya que la mayoría de "quienes producen alimentos no son dueños de las tierras que trabajan”. La concentración de la tierra es una característica central del modelo agroalimentario argentino. Según el Censo Nacional Agropecuario 2018, el uno por ciento de las explotaciones agropecuarias concentra más del 36 por ciento de la superficie productiva del país, mientras miles de pequeños productores trabajan en tierras alquiladas o bajo condiciones precarias.
Simón Mamani es productor hortícola en periurbano bonaerense y su testimonio llega a las familias que son abastecidas por Caracoles y Hormigas a través de las redes sociales. En el video, Simón acomoda los plantines de lechuga criolla siguiendo una hilera con movimientos precisos, casi ancestrales. Se agacha, hunde las manos en la tierra húmeda y sigue avanzando. “Si vendemos 100 cajones podemos comprar un lechón”, compara y deja en claro la relación de precios que ofrecer el mercado a los pequeños productores antes de continuar plantando.
Don Eliseo, otro productor, expone orgulloso el enorme cultivo de berenjenas y afirma que son "para los nodos cercanos". "Por favor clientes empiecen a consumir porque van a tener toda la temporada", convoca.

Otra lógica para producir y consumir alimentos
Desde Caracoles y Hormigas insisten en que el debate sobre la crisis actual del sector excede a un gobierno puntual y remite a la discusión sobre qué modelo alimentario y productivo necesita el país. “La economía social, popular y solidaria engloba a trabajadores que queremos resolver necesidades de las comunidades. En nuestro caso el alimento es un regulador de vínculos”, sostiene Bruno Chiodi, tesorero de la cooperativa y encargado de la coordinación con los productores.
En este esquema el cooperativismo no busca maximizar ganancias sino sostener trabajo y garantizar acceso a alimentos sanos. “Pensamos las cooperativas como actores claves en la producción alimentaria. En este momento tan adverso pueden ser una salida para generar trabajo y también para abordar algo tan sensible como el acceso al alimento”, resume.
“Somos estructuras versátiles, que se pueden adaptar”, añade Vanesa y sostiene que la capacitación y la asistencia constante a la comunidad de productores y cooperativas es otro de los ejes que forman parte del proyecto Caracoles y Hormigas. “Tratamos de estar todo el tiempo actualizando, difundiendo, promoviendo”.
La agroecología, además, propone otro modo de producción. Frente a las exigencias del mercado concentrador, la cooperativa impulsa el sistema de “bolsones” con alimentos variados y de estación. “La gran problemática de los pequeños productores es que el mercado concentrador, por más que sea regional, siempre rige los precios, las condiciones y la entrega de mercadería”, marca Vanesa.

Esas exigencias no sólo tienen que ver con los valores de comercialización sino también con requisitos logísticos y de presentación difíciles de afrontar para las pequeñas producciones. Para ingresar al circuito convencional se exigen cajones específicos, embalajes, enfilmados y determinadas condiciones de entrega que muchas veces requieren inversiones imposibles para productores de pequeña escala.
“Desde la Red Productores a Consumidores hacemos todo un circuito de cajones que van y vienen; con eso se cosecha y se lleva a los puntos de venta. Es una salida alternativa a la lógica del mercado concentrador”, señala.
En ese esquema, el “bolsón agroecológico” aparece también como una herramienta para romper con la estandarización del mercado tradicional. “Permite que productores con tres o cuatro hectáreas puedan diversificar, rotar cultivos y sostener dinámicas propias de la agroecología”, explican.
Del campo a la mesa y del almacén a una red de productores
El crecimiento de la experiencia de Caracoles y Hormigas se dio en paralelo al desarrollo de la Red Productores a Consumidores (PAC), que conecta a productores familiares, cooperativas y emprendimientos agroecológicos con organizaciones de comercialización y consumo dentro de la Economía Popular Social y Solidaria.
La Red PAC emerge de las familias productoras en los cordones periurbanos, muchas de ellas organizadas en el MTE-Rama Rural, organizado dentro de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP). “La idea es ‘del campo a la mesa’, sin intermediarios”, grafica Vanesa. A través de nodos de consumo, ferias, almacenes populares y mercados de cercanía, la Red PAC impulsa una lógica basada en la cooperación y no en la competencia, donde los ingresos se destinan a sostener las organizaciones y generar más trabajo, diferenciándose así de los modelos centrados únicamente en la ganancia.

Caracoles y Hormigas es fundamental en la pata regional Norte de la Red PAC. “Tomamos la tarea no sólo de comercializar sino también de abastecer estos nodos y pensar una escala más mayorista”, explica. La Red PAC se extiende a zona Oeste y Ciudad de Buenos Aires, y en total, articula con alrededor de 20 nodos.
Cada nodo comprende grupos de personas que se organizan en su territorio para realizar compras colectivas. Pueden ser centros culturales, almacenes o espacios políticos, deportivos y sociales, o directamente viviendas. Cada uno cuenta con responsables que centralizan los pedidos y realizan las entregas de forma semanal o quincenal.
“Como estamos en los territorios podemos observar el malestar de la gente: vivir con el mango justo, buscar descuentos todo el tiempo. Este modelo deja un deterioro económico enorme pero también ambiental”, advierte Juan Roca, asociado fundador encargado comercial y atención de local, en Caracoles y Hormigas.
Sin embargo, pese al escenario adverso, en la cooperativa creen que la salida sigue estando en la organización colectiva. “Hay un desafío muy grande de seguir uniéndonos, pensando estrategias y construyendo tramas comunes, no sólo desde lo defensivo o gremial, sino también desde lo político”, concluye Vanesa.
Edición: Nahuel Lag
