ConSuma Dignidad, una red de economía social y alimentos saludables en Tandil
mayo 21, 2026
Trabajo digno, autogestión, compromiso ambiental y precio justo. Algunos de los pilares de una tienda en Tandil que ofrece a la comunidad alimentos sanos, de más de 50 productores, elaborados por integrantes de la economía social y solidaria. El aporte fundamental de la Universidad Nacional del Centro de Buenos Aires (Unicen), y voces que dan cuenta de la construcción colectiva para enfrentar la crisis económica.
ConSuma Dignidad. Red de economía social y alimentos de calidad en Tandil
Foto: ConSuma Dignidad

Por Ivonne Guevara

Comprar parece muchas veces un acto simple. Elegir entre opciones, pagar y seguir. Pero detrás de cada producto existe una trama que rara vez aparece en el momento de la compra. Materias primas, procesos productivos, decisiones, condiciones de trabajo y recorridos logísticos forman parte de una cadena que permanece casi invisible para quien finalmente consume.

En esa distancia entre el producto terminado y su origen se abre una pregunta que en los últimos años comenzó a ganar espacio. ¿Qué implica realmente consumir? ¿Qué impacto tienen nuestras decisiones de compra sobre el ambiente, el trabajo y las economías locales?

En Tandil, esas preguntas atraviesan desde hace una década el trabajo de ConSuma Dignidad, una iniciativa vinculada a la Secretaría de Extensión de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (Unicen) que hace de nexo entre productores locales y consumidores interesados en conocer más sobre lo que llega a su mesa.

ConSuma Dignidad. Red de economía social y alimentos de calidad en Tandil
Foto: ConSuma Dignidad

Trabajo digno, autogestión, precio justo

Andrea Uribe, Clarisa Rodríguez, Mariano Larrondo y Micaela Silvestro integran el equipo que sostiene el proyecto junto a una comunidad más amplia que creció con el tiempo.

La idea inicial era sencilla y profunda al mismo tiempo: querían acercar a la comunidad alimentos elaborados por integrantes de la economía social y solidaria, bajo criterios de trabajo digno, autogestión, compromiso ambiental y precio justo.

En una época en la que el consumo suele reducirse a una transacción rápida, la propuesta todavía insiste en devolverle espesor político, productivo y humano a cada compra.

Fue en 2016 cuando tuvieron el impulso del Programa de Economía Social y Solidaria de la Unicen, y con el tiempo consolidaron un entramado propio. Actualmente cuentan con ventas digitales, entregas en el Campus Universitario y una circulación de alimentos que prioriza la cercanía, la trazabilidad y la confianza. Desde 2020, además, el acompañamiento de la Asociación Mutual Universitaria permitió fortalecer la logística, ampliar la oferta y darle mayor regularidad a un proyecto que hoy funciona como referencia regional.

Diez años, más de 50 productores y una red de alimentos de calidad

ConSuma Dignidad ya cuenta con diez años de trabajo y atraviesa una nueva etapa con la apertura de su tienda en el predio de la Escuela Ernesto Sábato, en la esquina de Lobería y Richieri, cerca del turístico Lago del Fuerte de Tandil. Un espacio abierto al público de lunes a sábados con una oferta que reúne productos de más de 50 emprendimientos autogestionados de la ciudad y de cooperativas de otras regiones del país. Además, se puede acceder al catálogo de su tienda virtual a través de la plataforma Chasqui: https://tiendaschasqui.ar

La iniciativa se consolidó como cooperativa de comercialización solidaria y organización sin fines de lucro, y cuenta con una variedad de productos cooperativos y autogestionados que incluye aceites, arroces, fideos, pastas, panificados, pastelería, barritas, harinas comunes e integrales, legumbres, yerba, huevos, verduras agroecológicas, lácteos, plantines, semillas y más. Aunque la mayoría de los proveedores son de Tandil, también hay producciones de otras localidades bonaerenses e incluso de puntos más alejados, como Oberá, en Misiones, de donde proviene la yerba.

En paralelo, el proyecto mantiene su articulación con la comunidad universitaria. A contraturno de los horarios de atención al público, la ConSuma Dignidad funciona también como un espacio de trabajo con estudiantes, cátedras y equipos docentes de la Unicen, en el marco de prácticas socioeducativas, investigaciones y proyectos de extensión vinculados al fortalecimiento de la producción local y de los alimentos elaborados de forma artesanal.

ConSuma Dignidad. Red de economía social y alimentos de calidad en Tandil
Foto: Pixabay

El sentido de consumir

Mariano Larrondo, integrante de ConSuma Dignidad, como vocero del equipo plantea que detrás de cada compra “se decide qué producción prospera y qué economías se fortalecen”. Esa frase condensa el espíritu de la iniciativa y también su apuesta más ambiciosa. “Consumir, para este equipo, no es un acto neutro ni aislado, sino una forma de intervenir en el mundo, de elegir qué modelo productivo se sostiene y cuál se debilita”, afirma.

Pone en valor que en los últimos años haya crecido la conciencia sobre lo que se compra y sobre las múltiples variables que atraviesa un producto antes de llegar a la mesa. “El consumo es responsable cuando podemos cuestionar lo que compramos, cuando nos permite darnos cuenta de nuestro poder de decisión como consumidores”, expresa. En esa mirada, la compra deja de ser un gesto automático y se vuelve una forma de lectura de la realidad.

En este sentido, también indica que el consumo responsable supone algo más que una preferencia individual. Implica preguntarse si realmente se necesita lo que se va a comprar, quién lo produjo, con qué insumos, bajo qué condiciones y con qué impacto ambiental. Es en espacios como ConSuma Dignidad donde el vínculo directo con productores permite recuperar esa dimensión que el mercado masivo suele borrar. Antes de ver un paquete, el consumidor se encuentra con una historia, con un rostro y con una manera concreta de trabajar.

ConSuma Dignidad. Red de economía social y alimentos de calidad en Tandil
Foto: ConSuma Dignidad

La cercanía como política

La escala local es una de las marcas más fuertes del proyecto. ConSuma Dignidad se fue construyendo como una comunidad de intercambio donde no solo circulan alimentos, sino también información, criterios y sentidos. La propuesta pone en valor la producción local y artesanal, la menor carga de químicos y conservantes, y el valor nutritivo de los alimentos. Pero, además, introduce una idea que en tiempos de mercado acelerado parece casi contracultural, la de saber quién produce, cómo produce y por qué produce de ese modo.

Larrondo explica que cuando el consumo se desconecta de esa complejidad, se invisibilizan las relaciones sociales y las condiciones laborales que hicieron posible cada producto. El packaging final, cuando hay, suele mostrar apenas la última etapa de una cadena mucho más larga, sostenida por trabajo humano, decisiones productivas y costos que rara vez aparecen a la vista. Ante esto, ConSuma Dignidad intenta desarmar la opacidad del mercado y volver visible lo que suele quedar oculto.

No es una diferencia menor. En la práctica, la mercadería deja de ser una mercancía abstracta para volver a ser resultado de un oficio, de un territorio y de una comunidad concreta, con un valor agregado en materia de nutrición y salud, que además fortalece los vínculos.

Sin embargo, el escenario económico actual impone un límite contundente. “Hoy vivimos una fuerte contracción del consumo cotidiano y que cada semana se vuelve más difícil garantizar lo necesario para la vida de una mayoría de familias”, advierte el vocero. En ese contexto, dice, las variables que suelen intervenir en una compra se reducen drásticamente y el precio termina desplazando casi cualquier otra consideración.

Allí aparece la tensión central que atraviesa no solo a ConSuma Dignidad sino también a buena parte de la producción local en Tandil, que inevitablemente es reflejo de lo que ocurre en toda la provincia y el país. La intención de consumir mejor existe, pero la billetera vacía ordena otra jerarquía. Lo que antes podía pensarse como una decisión ética, territorial o ambiental, hoy muchas veces queda subordinado a la urgencia de comprar lo más barato posible para resolver el presente.

Ese desplazamiento no es solo económico. También es cultural y simbólico. Cuando el bolsillo manda, la alimentación pierde diversidad, calidad y continuidad. La compra deja de ser una elección amplia y se vuelve una secuencia de renuncias. En ese punto, la propuesta de ConSuma Dignidad adquiere una densidad particular, porque no solo ofrece productos, sino que insiste en que todavía es posible discutir qué mundo se reproduce cada vez que se llena una bolsa.

ConSuma Dignidad. Red de economía social y alimentos de calidad en Tandil
Foto: ConSuma Dignidad

Lo que pasa en Tandil

La lectura que surge desde el proyecto social no se queda en el plano conceptual. En Tandil, el impacto de la crisis también se ve en emprendimientos locales que trabajan con alimentos saludables y de cercanía. Allí aparece el testimonio de Hans, una panadería y tienda natural orientada a la elaboración con harinas agroecológicas locales, productos sin TACC, integrales y veganos. Su experiencia refleja un cambio palpable en los hábitos de compra. Victoria Ibarra cuenta que las personas que antes compraban para proveer a una familia, o para abastecerse varios días, hoy muchas veces eligen por unidad y para el consumo inmediato. “Ya nadie compra siquiera media docena de medialunas”, resume, con una frase que condensa el achicamiento de la demanda.

Su observación se liga íntimamente con una sensación extendida entre quienes producen alimentos saludables. La clientela no desaparece, pero compra menos, compra más espaciado y muchas veces resigna calidad por precio. Ibarra expresó que quienes son estrictos en su alimentación se han reducido mucho, mientras los productos industriales más baratos ganan terreno aun cuando ofrezcan menor valor nutricional. “Lo veo todo el tiempo”, lamenta. En esa sustitución se juega algo más profundo que una preferencia de góndola, se juega la posibilidad misma de sostener un modo de comer.

Biótica, un almacén de alimentos agroecológicos y orgánicos, otro caso relevante del ecosistema local, aporta una mirada similar desde la experiencia agroecológica. Magdalena Marconetti y Clara MacLean llevan adelante el emprendimiento nacido en 2018, pionero en el concepto de kilómetro cero, que llegó a nuclear a 75 productores locales en sus momentos de mayor expansión. Este año la baja de consumo se hizo sentir con fuerza. “Lo que nosotras vemos es que la gente está dejando de consumir alimentos saludables por una cuestión económica”, señala. Y añade que, aunque hay personas que siguen priorizando la calidad, no todas pueden sostenerlo en el tiempo.

ConSuma Dignidad. Red de economía social y alimentos de calidad en Tandil

La economía social bajo presión

Los testimonios de Hans y Biótica permiten observar que la crisis no afecta solo al consumo final, sino a toda la cadena que sostiene las alternativas saludables. Marconetti remarca que lo saludable suele ser más costoso porque detrás hay trabajo artesanal y una vida útil menor que la de los productos industrializados. Pero también advierte que la presión económica alcanza a los propios productores, que deben sostener estructuras más pequeñas, más frágiles y muchas veces más expuestas a los vaivenes de la demanda.

En ese punto, ConSuma Dignidad aparece como una respuesta concreta y, al mismo tiempo, como una pregunta abierta. ¿Qué pasa con las economías locales cuando el mercado castiga justamente a quienes producen distinto? ¿Cómo sostener una alimentación más saludable cuando el ingreso familiar ya no alcanza para priorizarla? ¿Qué lugar queda para la conciencia si la urgencia se impone en la caja del supermercado o en el mostrador del almacén?

La iniciativa tandilense no ofrece soluciones fantásticas, pero sí una forma de resistencia cotidiana. Apuesta a sostener canales de intermediación solidaria, a acercar alimentos elaborados con otras lógicas y a demostrar que una parte de la economía puede organizarse desde la cercanía, el trabajo digno y el arraigo territorial. En una coyuntura que consolida su adversidad, esa persistencia también es una forma de pensamiento.

La puja entre nutrición y bolsillo

El Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas realizó en 2025 un estudio sobre una muestra nacional de 3.750 encuestas a hogares de las 23 provincias y de la Ciudad de Buenos Aires, con el propósito de medir la distancia entre el consumo alimentario real de las familias argentinas y una dieta de referencia basada en criterios nutricionales oficiales. El informe halló un fuerte déficit en frutas, verduras y lácteos, contrastado con un exceso de harinas, panificados y azúcar, en un escenario donde la restricción económica pesa más que la preferencia y empuja hacia alimentos más baratos, más densos en calorías y menos nutritivos.

En esa misma línea, un informe de la consultora internacional Kantar aportó una lectura complementaria sobre cómo la crisis económica se filtra en la mesa. Allí se observó que el 70 por ciento de los hogares argentinos reconoce que la situación económica afectó su forma de alimentarse, y otro 70 por ciento dice que ya no existe margen para “darse un gusto”. A su vez, el 29 por ciento aparece como el segmento más preocupado por la nutrición, mientras que el 30 por ciento afirma que debería reducir el consumo de harinas; en ese universo, se recortan sobre todo pastas, tapas de empanadas y premezclas, mientras crece el interés por leches vegetales, orgánicos y semillas.

En conjunto, ambos estudios dibujan el mismo mapa: el de una alimentación cada vez más tensionada entre nutrición y bolsillo. La conclusión es nítida e inquietante, la crisis no solo encarece la comida, también reordena su calidad, profundiza la desigualdad nutricional y convierte a la dieta cotidiana en un espejo del deterioro económico.

Edición: Darío Aranda.

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