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9 de Julio: notas sobre una independencia incompleta
julio 9, 2021
Sección: Extractivismos
A 205 años de la Declaración de la Independencia, Argentina está lejos de ser un territorio soberano. Pasó de una dependencia a otra y consolida un modelo económico agroexportador y extractivista. A partir de la división internacional del trabajo, el país exporta naturaleza y refuerza el colonialismo interno.
Ilustración: Sebastián Damen

Por Gustavo Pisani*

El 9 de julio de 1816 ha venido a representar simbólicamente el acta de nacimiento del Estado-Nación argentino, cuando representantes de distintas provincias del entonces Virreinato del Río de la Plata firmaban en la Casa Histórica de Tucumán un acta pública declarando su independencia bajo el nombre de «Provincias Unidas en Sudamérica».

Pero ocurre que hoy, más de 200 años después (205, para ser exacto), todavía cabe preguntarnos por el significado real de ese acontecimiento al que los discursos políticos y los relatos escolares e historiográficos (en los que se reproduce aún una interpretación estatista y mitificada de la historia), se refieren como hecho político absoluto, conformando lo que puede denominarse el “mito de la soberanía”.

Y es que declarar algo y llegar a realizarlo son dos momentos diferidos, separados por un proceso objetivo en el que lo enunciado subjetivamente en el modo de la proclama o declaración, se revierte entonces como meta o finalidad a ser alcanzada. Es decir, tras la independencia de España, la emancipación de la colonia de su metrópoli, ¿hemos llegado al fin a esa libertad declarada? ¿O el acta de independencia resultó ser un requisito formal para pasar de colonia a país semicolonial, por decirlo en los términos de Mariátegui y Lenin, dando lugar a una nueva forma de dependencia?

Pasaje que se consuma en 1825 con el tratado de libre comercio con el Reino Unido: observemos que el tratado es anterior a la Constitución de 1826 en la que se definía el sistema de gobierno como sistema representativo republicano; con lo que el acuerdo económico antecede de hecho a la conformación misma del sistema político de gobierno.

Ya lo profetizaba Georges Canning en 1824: “La cosa está hecha. Hispanoamérica es libre; y si nosotros no desgobernamos tristemente nuestros asuntos, es inglesa”.

La independencia nacional se declara, pero no se termina de realizar o bien se realiza bajo el imperialismo británico, con lo que nos queda una independencia incompleta y por eso mismo abstracta, y esa abstracción es sobre lo que quisiera reflexionar en este espacio, y que podríamos traducir en términos del “problema de la soberanía” o, mejor aún, del “problema de la dependencia”.

Se trata de lo que podría concebirse como formas de gobierno autóctonas de soberanía imperfecta o soberanía superestructural, en tanto en los países semicoloniales la soberanía perfecta es una soberanía imaginaria por cuanto sólo se realiza en el sistema de representaciones sociales y en el aparato jurídico y administrativo: las políticas económicas y sociales del país continúan bajo el influjo directo de capitales y fondos de crédito extranjeros (empresas multinacionales, tratados internacionales de comercio, Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, etc.).

Lo que en su conjunto se traduce en la perpetuación del modelo económico agroexportador y extractivista, y de la división internacional del trabajo en países tecnoindustriales y países que exportan naturaleza.

Estructura económica que nos regresa sin duda a una estructura de clases, a la oligarquía terrateniente en cuyas manos históricamente se ha concentrado el poder económico (y que tiene capacidad de expresarse como poder político) y a un Estado rentista alrededor del cual se ha conformado una burguesía estatal, pero también a dos conceptos aparejados que nos permitirán proseguir con esta reflexión: el “extractivismo” de origen colonial y el “colonialismo interno”.

El concepto de “extractivismo” nos regresa a la idea de una sociedad que no sólo está basada en la extracción, producción y exportación de materias primas (productos agrícolas, hidrocarburos, minerales, madera, etc.) y la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, sino, en un sentido más profundo, de una sociedad que se basa en la erosión y destrucción progresiva de su propia naturaleza en este proceso extractivo (incluyendo la naturaleza interior, corporal, de las poblaciones humanas).

Con lo que, en una lógica circular, las instituciones del gobierno civil dependen cada vez más de las rentas, regalías e ingresos fiscales generados por las “economías de enclave” (las grandes plantaciones, los enclaves mineros, etc.) para gobernar y hacer frente a las crisis económicas periódicas que resultan de una economía falseada, lo que a su vez conlleva a una profundización progresiva del mismo modelo extractivo que produce el empobrecimiento y endeudamiento relativos del país con respecto a los países centrales en los que se concentran los flujos de materia, energía, dinero y trabajo.

Con lo que el concepto de “extractivismo” aparece como un concepto clave para pensar el problema de la dependencia o de la soberanía imaginaria: nuestra sociedad produce una imagen de soberanía pero su estructura económica continúa siendo una estructura colonial, sostenida por el pacto colonial entre las burocracias administrativo-políticas estatales, las élites locales y las corporaciones trasnacionales, al tiempo que la estructura social refleja las políticas de despoblación del espacio rural y concentración creciente de las poblaciones en manchas urbanas.

Por otro lado, el concepto de “colonialismo interno” nos ayuda a pensar cómo es que se ha organizado el espacio nacional en función a los proyectos extractivos, es decir, el colonialismo interno como un dispositivo espacial, una estructuración económico-política del espacio por el que la lógica sistémica del capitalismo se convierte en razón de Estado.

Por ejemplo, volvamos al Siglo XIX, a la segunda mitad del Siglo XIX: tanto el caudillo catamarqueño Felipe Varela como el intelectual tucumano Juan Bautista Alberdi (autor nada menos que de las Bases para la Constitución de 1853) hablaban entonces del centralismo o “coloniaje porteño”, denunciando que había tenido lugar “una reforma del coloniaje y no su abolición”, en la que la ciudad portuaria de Buenos Aires, tras una larga y sangrienta guerra civil, había logrado al fin someter a las “montoneras” del interior en nombre de la civilización; de la “civilización del cuero”, como decía Milcíades Peña, la civilización de la lana, del trigo, de la soja y, ahora, civilización del cerdo y de las sales de litio.

Luego, seguiría la guerra contra el “indio”, también en nombre de esta civilización agraria, que de hecho había comenzado ya en 1821 con el gobernador Martín Rodríguez y continuado durante el gobierno de Rosas, pero que con la Campaña del Desierto (1878-1885) y la Campaña al Gran Chaco (1884) alcanza su máxima expresión, coincidiendo con la etapa final del llamado “Proceso de Organización Nacional” (1852-1880).

En fin, todo el territorio nacional se organizó en función de los intereses y apetitos de la ciudad de Buenos Aires: el antiguo sueño portuario, atlántico, del Siglo XVIII, se había vuelto realidad.

El control monopólico de la aduana y el comercio atlántico, el ferrocarril y el sistema circulatorio de las redes ferroviarias que lo llevaban todo al puerto, punto de embarque de materias primas y de desembarque de productos manufacturados, el lujo oligárquico y, luego, el desarrollo de las industrias primarias en lo que fue la política de sustitución de importaciones; todo eso vino a consolidar el centralismo porteño y la estructura centro-periferia con respecto a las provincias, es decir, en resumidas cuentas, el país para Buenos Aires.

Volviendo ahora sobre la cuestión de la independencia nacional, hay al menos dos puntos fundamentales a los que nos lleva esta reflexión. En primer lugar, que la dependencia es un fenómeno total, que no se circunscribe a lo económico o lo tecnológico, sino que también atraviesa lo social, lo político y lo cultural o ideológico, o, en otras palabras, que un país semicolonial, extractivista, sólo puede tener una soberanía imaginaria. Y, en segundo lugar, que la idea de la independencia nacional encubre un colonialismo interior, que está en abierta contradicción con lo que fuera el espíritu del Congreso de Tucumán. No es casual que Bernardino Rivadavia haya querido subsumir el 9 de julio al 25 de mayo; después de todo era una anomalía o cuanto menos una desprolijidad que el acta de nacimiento del país no diga Buenos Aires. Felizmente que no fue así.

*Investigador del Instituto Interdisciplinario Puneño y Escuela de Arqueología – Universidad Nacional de Catamarca.

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