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Trashumantes – Claudio Casparrino
junio 9, 2021
El Pueblo Kolla de Salta mantiene la trashumancia, el trasladarse extensas distancias con el ganado en búsqueda de nuevas pasturas, asentarse durante meses y luego volver a las parcelas de origen. Además de ser una actividad productiva-económica, se trata de acción que hace a la cultura y a la identidad. La organización, la lucha por la tierra y 100 mil hectáreas que volvieron a las comunidades indígenas.

Transhumantes

Trashumancia: una práctica ancestral, productiva y de resistencia

Por Claudio Casparrino*

Durante milenios la humanidad ensayó innumerables formas de organización social ligadas a disímiles temporalidades y espacialidades. Tiempo y espacio son, así, dos dimensiones históricas fundamentales del modo en que los colectivos sociales transitan su experiencia vital y su relación con el medioambiente.

La trashumancia es, quizás, una de las formas más singulares de ese extenso recorrido humano. El amplio despliegue geográfico que implica el paso entre zonas bajas de invernada y altas de veranada para la cría de ganado rememora a antiguas epopeyas por espacios abiertos que aún no habían sucumbido al implacable catastro administrativo de la propiedad privada de la tierra. El ritmo de las estaciones que habilitan el pastoreo en los cerros y el cansino tránsito por zonas escarpadas o neblinosas se aleja de manera definitiva del cronómetro que mide la productividad laboral por décimas. 

El territorio argentino cuenta con diversas experiencias de trashumancia, destacándose las desarrolladas en la precordillera patagónica de Neuquén, Río Negro y Chubut, y en los valles interandinos de Salta. En ambos casos predominan las comunidades mapuche y kolla, respectivamente, las cuales suelen considerar a esta actividad no sólo como un medio para procurar sustento económico sino como parte de una dimensión identitaria. Asimismo, las limitaciones al desarrollo de la actividad -vinculadas invariablemente al acceso a la propiedad de la tierra y el asedio de los latifundios- son asumidos como parte de sus reivindicaciones en tanto pueblos originarios.

Uno de los casos más significativos lo constituye la comunidad kolla de la ex Finca San Andrés, ubicada en el departamento de Orán, Salta. Con 120.000 hectáreas y una población estimada (en 2008) en 1600 personas, se extiende desde las Sierras del Zenta (4600 metros sobre el nivel del mar) en el límite con Jujuy hasta la zona selvática de las “yungas” (400 metros sobre nivel del mar), sirviendo de zonas de establecimiento para veranadas e invernadas, simultáneamente, e incluyendo puntos intermedios transicionales. 

El investigador del Conicet Diego Domínguez explica la trashumancia en esta zona como una estrategia familiar que “ordena la vida familiar, acompaña los ciclos de la naturaleza, las estaciones, los tiempos de los cultivos, organiza las tareas de los distintos miembros del hogar y se estructura a la par de las festividades de intercambio regional”. 

La complejidad del sistema de trashumancia y el trabajo agrícola en los distintos niveles de ocupación territorial ha requerido el desarrollo de lazos de reciprocidad, solidaridad y formas cooperativas de organización que se enlazan a nivel cultural, a través de métodos como la minga (trabajo colectivo en distintas parcelas) y el huaque (colaboración por un pago en especie).

El territorio de la ex Finca San Andrés fue controlado por familias tradicionales a partir del proceso de conquista y la posterior conformación de los estados nacional y provincial. En 1930 fue adquirida por la familia del terrateniente Patrón Costas -propietaria del Ingenio San Martín del Tabacal- imponiendo un sistema de arriendos que derivó en el debilitamiento de la economía campesina trashumante y la compulsión a trabajar en los cañaverales que abastecían la producción azucarera. 

Estas condiciones se recrudecieron durante la última dictadura militar, incluyendo el intento de expulsión de las comunidades de las tierras bajas. El retorno de la democracia y el avance en el desarrollo de marcos normativos internacionales y nacionales constituyeron el contexto para una nueva etapa de resistencia comunitaria y el incremento en grados de organización, destacándose la creación de la Comunidad Indígena Pueblo Kolla Tinkunaku.

Luego de un extenso proceso de luchas colectivas, y con la intervención del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), la comunidad logró en el 2011 la titulación de 100.000 hectáreas bajo la forma de propiedad comunitaria, regularizando el 80 por ciento de los territorios ancestrales reclamados.

Este tipo de experiencias parecen evidenciar que la determinación espacial y temporal de un colectivo social no están determinadas por factores inexorables, sino que están mediados por la construcción de identidades, el establecimiento de horizontes de emancipación y la proposición de formas alternativas de reproducción social.

*Claudio Casparrino es fotógrafo documental, licenciado en economía (UBA) y magister en economía política (FLACSO).

www.claudiocasparrino.com.ar

El presente ensayo fotográfico fue realizado en enero de 2012. Se utilizaron técnicas analógicas para la toma y copiado. El autor agradece a la Fundación ArgenINTA y a su director, Javier Ortega (período 2007-2015), por la colaboración en la realización del proyecto.

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