La nueva política contra el hambre se cocina en los comedores populares
octubre 19, 2026
Frente al ataque del gobierno de Javier Milei a los comedores populares y la profundización de políticas alimentarias individualizantes, las cocineras comunitarias sostienen una subjetividad política del cuidado en clave comunitaria. Las ollas vacías o el debate sobre los modos de asistencialismo adquieren otra dimensión al reflexionar sobre los comedores como núcleos de organización comunitaria, como ámbito de una nueva política que reconecte prácticas y saberes agroculturales, gastronómicos y de salud colectiva.
De las ollas de la carencia a los comedores de la abundancia
Foto: Plaga Colectiva

Por Leonardo Rossi*

Tal vez un síntoma clave de la degradación social que atravesamos sea la profunda aceleración de la indolencia respecto al hambre de las otras y otros convivientes de esta Tierra que habitamos. Si bien no se trata de un fenómeno nuevo, sí emergen rasgos diferenciales en esta etapa, con la violenta narrativa aplicada desde arriba por el gobierno de Javier Milei y con amplias porciones de la sociedad y sus subjetividades impermeables a la problemática. 

Se trata de enormes segmentos que exceden largamente al activismo libertariano. No obstante, en estas líneas se apunta a la contraparte de este escenario: las organizaciones que les hacen frente y sí se hacen cargo del hambre del prójimo. A las estrategias desde las que estas organizaciones enfrentan el actual escenario de violencias múltiples y sus deseos políticos —  “horizontes interiores”, como les llama Raquel Gutiérrez Aguilar—, que anidan alrededor de las ollas comunitarias.

En las últimas décadas, la situación del hambre en la Argentina fue abordada desde diversas políticas en clave asistencial como normalidad y no como paso a un abordaje de fondo. Los picos catastróficos de carencia alimentaria con geografías y segmentos sociales marcadamente diferenciados han sido profusamente analizados en investigaciones académicas, de ONGs, instituciones religiosas y movimientos sociales como el informe “Rascar la olla” —Fundación Rosa Luxemburgo y CELS— o los trabajos del Observatorio de la Deuda Social, por mencionar algunos.

Si hubo una novedad con el actual Gobierno dentro del panorama de las últimas décadas fue la reivindicación discursiva de la producción política del hambre dentro de las reglas capitalistas y la efectiva concreción de ataques directos a las redes organizativas que soportan la alimentación de sus comunidades en condiciones de extrema precariedad económica.

Por eso, es necesario poner el foco en la potencia política que habita en los comedores barriales, a pesar de los múltiples desafíos existentes, e indagar qué nuevos imaginarios y prácticas se pueden abrir tirando del hilo que convidan las cocineras comunitarias para pensar en abordar el hambre a profundidad y cultivar redes agroalimentarias que logren trascender los cíclicos vaivenes de la macropolítica.

De las ollas de la carencia a los comedores de la abundancia
Foto: Plaga Colectiva

Las ollas encendidas, moral feminista-comunitaria

La tarea de las mujeres (abrumadora mayoría) que encabezan los comedores son harto complejas y diversificadas. Si con justa razón tantas veces se apunta a que las docentes deben abarcar trabajos que exceden largamente su rol específico, en el caso de las cocineras se trata de trabajadoras que, muy lejos de abocarse con exclusividad a la cocción de ingredientes, deben gestionar en términos muy concretos la creciente y angustiosa demanda por raciones, caminar horas recolectando retazos de madera de la calle e inventando con qué mantener el fuego encendido bajo las ollas frente a inexistentes garrafas, pedir donaciones —a veces a ocultas porque expone la deficitaria tarea de funcionarios locales, que toman represalias—. También hacer las veces de confidentes y asesorar ante crudos relatos de violencia de género, organizar festejos de cumpleaños que pueden ser únicos para muchas niñas y niños, y sigue la lista.

Si bien suele marcarse que la situación del hambre en el país no ha estallado debido al sostenimiento por parte del gobierno nacional de algunas políticas asistenciales a niveles inflacionarios o por encima de estos, menos se dice de la intensa tarea de estas mujeres a lo largo y ancho de la Argentina. Verdaderas artesanas que sostienen, recrean y buscan potenciar lo que resta de comunidad allí donde todo conspira para su horadación.

Si por apenas algunos días, se decretara una “huelga de ollas apagadas”  —recuperando el proceso de lucha encabezado por mujeres durante la primera mitad del siglo XX en Chile para enfrentar a empresas mineras— de todas las cocineras de comedores populares de Argentina, la situación social de seguro sentiría su cimbronazo. Una acción de protesta en esa clave no es concebible ni deseable, más se quiere trazar aquí una imagen que dimensione la relevancia de este trabajo vital que nace de lo profundamente comunitario en cada barrio y paraje del país. Imaginar de qué modo esos más de treinta mil espacios pudieran, cual una gran olla comunal, traducir su relevancia política y perturbar de modo efectivo la normalidad del poder económico-político es una tarea de imaginación política profundamente desafiante.

En el país existe una valiosa historia de marchas y protestas contra el hambre, y de seguro habrá que crear nuevas narrativas y prácticas para sintonizarla con este presente.  Pese a todos los ajustes, represiones, violencias discursivas y administrativas, las ollas no se apagan porque las sostiene una enraizada “economía moral del pan”.

De ese modo definió Edward Palmer Thompson a esas prácticas en sociedades campesinas pre-capitalistas, donde, más allá de las formas de dominación política por arriba, pervivió en el sustrato social un arraigado entramado comunitario, bajo el cual no era concebible que un coterráneo pasara hambre mientras otros comían abundante a diario o se exportaban granos a otras tierras.

Este reaseguro moral respecto al hambre, entendido como un fenómeno que o bien afectaba a toda la comunidad por igual (frente a desastres climáticos, guerras o plagas, por ejemplo) o bien a nadie dentro de ese tejido social compartido, ha existido con sus variaciones en buena parte de las comunidades humanas desde tiempos remotos. Todas y todos alrededor de la olla o nada. Esta moral fue brutal y sistemáticamente erosionada desde sus inicios bajo las relaciones capitalistas, como parte intrínseca de sus regulaciones sociales.

En América Latina contamos con uno de los capítulos fundacionales de esta dinámica, con las plantaciones coloniales azucareras implantadas desde el siglo XVI. Campos de monocultivos para exportar, mientras se destruía la autonomía alimentaria de las poblaciones locales, y se mantenía en los límites de subsistencia con energía nutricional barata a los cuerpos esclavizados. Bajo esos patrones se fue tornando normal lo que se trata de una excepcionalidad antropológica: habitar sociedades en la que “conviven” de forma impúdica millones de hambrientos y enormes depósitos de mercancías alimentarias, avenidas gastronómicas y puertos rebosantes de granos y carnes listos a ser despachados.

Frente a un escenario actual donde se aceleran graves síntomas pre-existentes de individuación de las sociedades, y donde las tareas de cuidados voluntarios se limitan crecientemente a núcleos familiares cada vez más estrechos, las cocineras comunitarias aún llevan en su subjetividad política el cuidar en una clave comunitaria. “En mi barrio, en mi comunidad más cercana, el hambre del prójimo es un problema que me afecta, y me obliga a cooperar con otras y otros para resolverlo”, razonan.

En condiciones de suma precariedad, atravesadas por el pluriempleo ad infinitum, modulando clientelismos y presiones de los patriarcas del hambre, violencias micro y macro, ahí ponen su energía vital cada día para alimentar cuerpos y sentidos de la empatía humana más elemental. No por acaso, el acto de comunión que es compartir el pan con la otra/otro que carece de comida haya sido puesto en el centro de los ataques iniciales de la crueldad libertariana.

De las ollas de la carencia a los comedores de la abundancia
Foto: Plaga Colectiva

De los comedores de la carencia a las comensalidades de la abundancia

Lejos de realizar una reivindicación en abstracto de los comedores, se procura aquí disputar el sentido de los mismos abriendo horizontes de reflexión política. Sin dudas, los comedores de los barrios populares son emergente de situaciones de carencia alimentaria que han devenido espacios crónicos. Frente a este cuadro suele emerger un planteo desde múltiples variantes ideológicas referido a que los comedores deberían desaparecer para que especialmente las niñas y niños coman en sus casas. En muchos casos, los comedores ya entregan raciones para que los hogares las administren. No obstante, en un análisis más profundo es importante no realizar una asociación mecánica entre comer en casa y una mejor concepción de la práctica alimentaria.

Por un lado, comer en el hogar puede implicar muchas veces comer solo, en distracción con otras actividades o situaciones problemáticas o afectados por dispositivos tecnológicos que trastornan el momento alimentario. Si bien varios de estos aspectos pueden también ocurrir en un comedor, el hecho de compartir con un nutrido número de compañeras y compañeros la mesa ofrece un momento concreto de comensalidad que de otro modo en muchas ocasiones no existe.

Menospreciado al extremo en la lógica de la aceleración urbana, el compartir espacio y tiempo de calidad con otras y otros al momento de cada comida —y no sólo ante una celebración o encuentro con afectos— es una práctica nodal del sentido de lo humano. Con decenas de miles de años, el hacernos comensales nos ha ido configurando biológica, cultural y políticamente. Comer en casa con un número en extremo reducido de personas o en soledad es una situación típica de sociedades urbano-moderna-capitalistas y con poquísimas décadas de existencia en la mayor parte de la población planetaria.  

Desde esa lectura, repensar un horizonte donde efectivamente existan comedores comunitarios ya no producto de la carencia sino como espacio creativo de encuentro social y transversal, tal como son los clubes de barrio no sería para nada problemático, más por el contrario es una apuesta política.

Los comedores podrían ser ámbitos pensados desde cada realidad local, con articulaciones sindicales, feministas, de diversos movimientos sociales urbanos y rurales, donde niñeces y adultos se reconecten con las prácticas y saberes agroculturales, gastronómicos y de salud colectiva en peligro de extinción.

Se trataría de ámbitos de alfabetización agroalimentaria, en una clave socio-ecológica, desde haceres concretos y cotidianos. Así los comedores deberían estar orientados a producir y distribuir de forma cooperativa abundancia y diversidad alimentaria desde una concepción de suficiencia. Ésta debe estar acoplada a los requerimientos socio-culturales de poblaciones específicas, y no alineada a regímenes calóricos genéricos pensados de arriba hacia abajo.

De las ollas de la carencia a los comedores de la abundancia
Foto: Plaga Colectiva

Pensar la abundancia alimentaria en clave de suficiencia como parte de un horizonte de vida digna es confrontar los excesos impúdicos del régimen agroalimentario del capital, con sus ingentes volúmenes de exportaciones, con sus millones de hambrientos, con sus masivos desperdicios y con toda su ineficiencia hidro-energética a cuestas. La suficiencia debe estar concebida desde las necesidades de comunidades concretas, arraigadas a suelos y cotidianeidades existentes, y no como parte de mega planes que busquen reinventar un gigantismo estatal monocultural.

En todo caso, la estatalidad realmente existente debe tener en materia alimentaria una dinámica cocinada desde el “subsuelo político”, diría Luis Tapia, poniendo en un lugar primordial a aquellas sabias que encienden cada día las ollas y la enorme heterogeneidad de entramados comunitarios de los que hacen parte. 

Sin dudas quedan por fuera de estas líneas infinidad de cuestiones por pensar, discutir, reflexionar y construir para hacer de estos horizontes realidades concretas. ¿Qué rol debe tener el Estado, a qué escala, con qué tipo de mediación? ¿Cuáles son los grados de autonomía necesarios en las organizaciones y cómo construirlos para conservar potencia más allá de las coyunturas de arriba? ¿Qué formas de financiar son pertinentes y viables; cómo trazar líneas entre activismo, trabajo cooperativo y trabajo remunerado en procesos sostenidos a mediano plazo son solo algunas aristas?

Este tipo de cuestiones las venimos escuchando en diversos intercambios por el país, y adquieren múltiples respuestas según geografías, tipo de organización y perspectivas de lo político. Lo que sí se impone de forma nítida es que por un lado hay que poner la resolución del hambre en primer plano de forma urgente, y con acciones vinculantes respecto al Estado y recursos acordes.

No obstante, también surge con fuerza la necesidad de nuevos imaginarios políticos frente a la cuestión alimentaria para dejar atrás, de una vez, el círculo vicioso entre asistencialismo fuerte y asistencialismo débil, ahora con la variante de la crueldad libertariana.

Una nueva agenda frente al hambre del amplio campo popular y de las izquierdas obliga a tomar en serio y aprender del ethos político comunal de las cocineras, hacerlo carne y cultivar una política novedosa que eche raíces profundas, empezando dar relevancia política por ese hecho elemental que desde tiempos remotos ha unido y debe volver a unir a las comunidades, el compartir el alimento en cantidad, calidad y diversidad de forma justa y solidaria. El buen comer en comunidad puede ser una guía para reformular el sentido mismo de lo político, y de los imaginarios sobre la felicidad del pueblo.

De las ollas de la carencia a los comedores de la abundancia
Foto: Plaga Colectiva

*Integrante del Colectivo de Ecología Política del Sur y coordinador junto a Patricia Lizarraga de los talleres de educación popular “Alimento y Política Comunal”, organizados por la Fundación Rosa Luxemburgo.

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