Por Mariángeles Guerrero
Desde San Pablo
“Las flores no son comestibles, pero las plantamos porque nos gusta trabajar entre flores”. La joven Thais Rodrigues da Silva recorre las huertas de batata, mandioca, perejil, cebolla de verdeo y puerro que cuida junto a su madre, en el asentamiento Nueva Esperanza I, del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil, ubicado al norte de San Pablo. La brisa, en ese rincón del Valle del Río Paraíba, lleva el aroma de una ensalada recién cortada. Las flores custodian la producción y extienden sus pétalos rosados, amarillos y naranjas. Son manchas de colores en el verde espeso del terreno ocupado para producir alimentos sanos.
Rodrigues da Silva integra el MST y cuida las huertas junto a su madre, María Francisca da Silva Cardoso. El asentamiento Nueva Esperanza I se sitúa en la jurisdicción de San José dos Campos, en el estado de San Pablo. Viven allí 63 familias. Nueva Esperanza I es uno de los seis asentamientos con 331 familias que el MST impulsó en la zona periurbana de San Pablo para llevar alimentos frescos a la zona urbana más populosa del país.
La joven oficia de guía en una visita de intercambio de saberes entre organizaciones de 16 países realizada en el marco de la Primera Reunión Internacional sobre Investigación-Acción Participativa para la Agroecología y la Incidencia Climática de la iniciativa IPA-Global, que convocó a activistas en favor de la agroecología y de la justicia climática provenientes de 16 países en Guararema (San Pablo, Brasil), a fines de 2025.
IPA-Global es una iniciativa impulsada por Agroecology Fund que busca fortalecer, a través de subvenciones y co-creación de espacios de aprendizaje, a espacios multisectoriales formados por organizaciones campesinas, indígenas, pesqueras y personas del ámbito académico que trabajan en la investigación participativa para la incidencia en favor de la agroecología y la justicia climática, con eje en los saberes locales.

Un asentamiento campesino en el Valle del Paraíba
Nueva Esperanza I fue reconocido como asentamiento del MST en 2002. Las familias del lugar tienen derecho a la posesión de esas tierras. Pero el proceso de lucha para asentarse comenzó en 1997. La recuperación de esos lotes, un gran latifundio improductivo, incluyó acampes en la autopista Presidente Dutra, que conecta San Pablo con Río de Janeiro. “Hubo muertes en la autopista. Fue un proceso difícil”, relata Rodrigues da Silva, agricultora, agrónoma y oriunda de Crixás (estado de Goiás, zona central de Brasil), quien llegó al asentamiento en 2017.
Desde sus orígenes en 1984, el MST realizó 2.500 ocupaciones con 370.000 familias y 900 campamentos con 150.000 familias sin tierra. Este movimiento, identificado por sus banderas y gorras rojas, lucha por la tierra y por la soberanía alimentaria. El MST es el mayor movimiento campesino de Sudamérica. La experiencia de recuperar tierras para producir tiene un trasfondo político de emancipación de la clase obrera rural. Por eso, además de cultivar, también forma referentes políticos en la Escuela Nacional Florestan Fernandes (ENFF), ubicada en Guararema (estado de San Pablo).
La joven señala que los sistemas agroforestales y agroecológicos en el Valle del Paraíba fortalecen la misión que el MST asumió de plantar árboles y de producir alimentos saludables. “En estos lotes no van a encontrar monocultivos de tomates o de frutilla. Aquí se trabaja con un sistema y se puede encontrar una diversidad de bosque propio de este territorio”, explica.

En términos de biomas, el estado de San Pablo se ubica en la Mata Atlántica brasileña. Rodrigues da Silva prefiere no usar el término “mata” sino “floresta”, bosque atlántico, porque la palabra “mata” no nombra adecuadamente la inmensidad y la exuberancia del territorio.
En los sistemas desarrollados en el asentamiento hay frutos nativos, como el “cambuci”, que nombra un barrio de San Pablo. Y árboles autóctonos como el “cambuí”, tal como se denomina una importante avenida de San José dos Campos. “Pero la gente de las ciudades no sabe de dónde provienen esos nombres”, asegura.
Además de la flora autóctona que da identidad a la región, hay otros frutales exóticos, como el ananá, el limón y la banana. “Es raro decir que la banana es exótica. Está desde hace tanto tiempo en nuestro territorio que ya la sentimos como propia. Y, de cierta manera, lo es”, dice Rodrigues da Silva.
La agricultora cuenta que reciben críticas, “principalmente de los ambientalistas”, por introducir esas plantas en el sistema productivo. “Y es paradójico porque las mismas personas que critican el uso de especies exóticas consumen productos exóticos como arroz, porotos (feijão), manzanas o peras en el supermercado y no lo consideran extraño”, reflexiona.
Entre las plantas comestibles y medicinales hay líneas de árboles que brindan sombra. El sistema está pensado como un ecosistema y no solo como un espacio de producción para la venta. “El problema de la agricultura convencional es que planta para atender al 'Dios Mercado'. Nosotros producimos para nosotros y para el mercado, después”, señala.
Entre las huertas y los árboles vuelan pájaros que construyen allí sus nidos. Rodrigues da Silva comenta que las aves son compañeras que les ayudan a plantar. “El jacú y otras especies plantan con nosotros. La ventaja de trabajar en un sistema agroforestal es que no se trabaja solo”, asegura.
Ella y su familia cultivan y comercializan una parte a la Comunidad que Sustenta la Agricultura (CSA Guajuvira), un grupo urbano formado por productores y consumidores que financia la producción agroecológica. Dentro del asentamiento hay otras tres CSA: Sitio Agroecológico, Sitio Guapuruvu y Pindorama. Las demás familias tienen otras formas de comercialización de sus alimentos.
Diversidad contra monocultura
Ocho años atrás, cuando Rodrigues da Silva, su madre y su esposo (Altamir Bastos) comenzaron a desarrollar el sistema agroforestal que hoy incluye frutas, verduras, arroz y leguminosas, en los campos solo había braquiária, una especie forrajera originaria de la sabana africana.
La historia colonial y económica de Brasil se cuenta por ciclos. Primero fue la caña, luego la minería, después el café, el eucalipto y, más tarde, el ganado. Cuando se extendió la cría de ganado, se sembró braquiária en gran parte del país.
Rodrigues da Silva explica que el Valle del Paraíba pasó por los ciclos de eucalipto, de café y de ganado. Actualmente tienen el problema de las quemas, porque muchos ganaderos usan ese método para manejar las pasturas. En los períodos de sequía, los lugareños se quedan en sus casas porque basta un pequeño fuego para que la diversidad que siembran y cultivan se pierda.
En los surcos hay lechuga, perejil, remolacha, zanahorias. La agricultora asegura que los cambios climáticos, como las lluvias fuertes, no les afectarán tanto porque no hacen monocultivos. Afirma que lo mismo sucede con las termitas y las hormigas. “Tuve un vecino que plantó 2.000 esquejes de mandioca y preguntó cómo nosotros habíamos podido cosechar nuestra mandioca y él no. Y es porque no plantamos solo mandioca. En su caso, las hormigas tenían solo mandioca para comer y se la comieron toda. También tenemos menos termitas y considero que es por el manejo”, relata.
Troncos de eucaliptos se yerguen solitarios más allá de los huertos, donde la braquiária verde, homogénea y rugosa, se extiende hasta el límite del horizonte. Rodrigues da Silva explica que el eucalipto es una planta fundamental. Sirve de posadero para las aves, que traen semillas de otros lugares y colonizan el territorio. Y asegura que este árbol no es un problema, sino que el problema es el monocultivo, “la monocultura de la mente”.
“Si plantamos grumichama (cereza brasileña) en monocultivo causaremos un impacto tan negativo en la región como el desastre que causó el monocultivo de café en el Valle de Paraíba. ¿Y fue el café el problema? No, el problema fuimos nosotros, los humanos, que causamos este desastre”, reflexiona.
Añade: “No hay planta que por sí misma sea dañina. El problema, la mayoría de las veces, somos nosotros. Y si tenemos el poder de causar todo este problema, también tenemos el poder de aportar la solución”.
Cuando termina el recorrido por sus huertos, plantea: “No se justifica todo lo que el ser humano está haciendo en Gaza o en Brasil. Estamos destruyendo el planeta. Y si hay un ser maravilloso que preparó un paraíso para nosotros, sería muy idiota si nos dejara entrar, porque ya estamos destruyendo este”.

De la ciudad al campo
Pese a la riqueza de los cultivos, la mayor parte de las familias que viven en los asentamientos del Valle no se sustenta solo de la actividad agrícola. Rodrigues da Silva asegura que es por las dificultades para acceder a políticas públicas que las acompañen. Muchas de ellas provienen de las periferias de las ciudades cercanas y tienen un distanciamiento muy grande respecto de lo que significa vivir en el campo. Antes de llegar al asentamiento, esos productores vivían en las calles. Por eso, para la agricultora, se necesita un apoyo adicional.
En ese proceso de desarrollo productivo del asentamiento hay avances y retrocesos. Hace algunos años habían conseguido la licitación para llevar, a través de una cooperativa, alimentos sanos a las escuelas de San José dos Campos. Pero una vez perdida la licitación, no consiguieron renovarla por “falta de interés de los funcionarios públicos”.
En octubre pasado, las mujeres del MST del estado de San Pablo denunciaron que grandes empresas extranjeras de energías renovables estaban invadiendo territorios y comunidades rurales, con el apoyo de recursos públicos, desalojaron y amenazaron a las familias campesinas.
A pesar de esas adversidades, cada semana, Nueva Esperanza I entrega 25 cestas con alimentos al grupo CSA que apoya al asentamiento: “Existe otra forma de producir alimentos y algo más que arroz y feijão para alimentarnos”.
Educación y formación política con los pies en la tierra
“Los educadores no pueden eludir las tareas teóricas y prácticas que ellos mismos tendrán que descubrir, coordinar y transformar en hechos concretos mediante su acción constructiva, inteligente y colectiva”. Así pensaba la educación el sociólogo brasileño Florestan Fernandes; así lo escribió en su libro El desafío educacional (1989). La Escuela de Formación del MST, ubicada en Guararema (San Pablo) lleva el nombre de este intelectual que falleció en 1995.
Desde sus inicios, el MST organiza cursos para militantes y dirigentes. En 1996 surgió la necesidad de tener un espacio para fortalecer el proceso de estudio, articulación e intercambio entre las organizaciones de trabajadores del campo y de la ciudad que luchan por la transformación social.
A partir de una donación de fotos del fotorreportero Sebastião Salgado y de la colaboración de José Saramago y Chico Buarque, comenzó la construcción de la escuela en 1997. Se inauguró en 2005. Allí se combina el estudio, el trabajo, la organización, las relaciones humanas, la cultura, la filosofía, los derechos humanos, la historia, la agroecología y la cuestión agraria. Un busto de Paulo Freire recuerda la centralidad que la educación popular tiene en este espacio.

En la escuela la cultura se expresa en todas sus formas. Una pequeña casa en cuyo frente se pintó el rostro de la artista mexicana Frida Kahlo es el espacio de expresión artística. Tres huertas agroecológicas contribuyen al alimento de las y los estudiantes que llegan de otros puntos de Brasil y de diversos países. La biblioteca cuenta con material de diferentes idiomas, donados por simpatizantes de todo el mundo. Y un espacio con juegos y cuentos está destinado a las infancias para que madres y padres puedan estudiar. Explican que es importante la participación igualitaria entre hombres y mujeres.
El objetivo de la escuela es llevar el conocimiento a la práctica y la palabra a la acción.
Douglas Estevam, militante del MST, explica el uso de agroquímicos y las consecuencias que eso traía para la salud devino en la centralidad que hoy la agroecología tiene para el movimiento. “La transición agroecológica se fue consolidando a partir de la experiencia concreta, hasta transformarse en un elemento central y estratégico de nuestro programa, que llamamos reforma agraria popular y que tiene la agroecología y el cuidado de la naturaleza como pilares centrales”, indica.
De Brasil a Asia y África
Zainal Arifin Fuat pertenece a Serikat Petani Indonesia (Unión de Campesinos de Indonesia). Charles Lwanga Tumuhe integra el staff de la Alianza por la Soberanía Alimentaria (AFSA, por sus siglas en inglés), una articulación de redes de promoción de la agroecología presente en 50 países africanos. Narendranath Damodaran es parte de la Coalición Nacional por la Agricultura Familiar (NCNF, por sus siglas en inglés) de India.
Los tres activistas conocieron la escuela de formación Florestan Fernandes y el asentamiento Nueva Esperanza I en el marco de la reunión de IPA-Global. En diálogo con Tierra Viva compartieron cómo se conecta la experiencia campesina brasileña con sus realidades.
Para Arifit Fuat, Nueva Esperanza I deja una lección sobre cómo las familias lograron tener acceso a la tierra y producir para su sustento. “Es importante vincular la lucha por la reforma agraria con la agricultura”, asegura. Y valora la producción de “multicultivos en lugar de monocultivos”, y la obtención de variedad de alimentos gracias a la agroecología.
Señala: “Este tipo de lucha es parecida a la de nuestra organización, en la que luchamos por conseguir tierras y por la reforma agraria. Necesitamos la tierra y, después de conseguirla, cultivar alimentos”.
Sobre la escuela, valora que haya una conexión “con la ideología de la economía política, para que la lucha sea más integral”. Entre los objetivos del SPI indonesio también está la formación y la educación de sus integrantes.
Lwanga Tumuhe vive en Uganda, que cuenta con una política de agricultura orgánica desde el año 2020 y donde se desarrolla una política nacional de agroecología. Considera que la escuela es “una experiencia única porque los activistas se unieron para crear sus propias instalaciones de aprendizaje, contribuyeron a la ideología y al plan de estudios”. Y reflexiona: “Es algo que debemos replicar en África porque allí normalmente viene alguien de afuera, construye algo y hay muy poca participación de las personas afectadas por el problema”.
El otro punto que destaca es la combinación entre la educación política y el trabajo práctico con la tierra. “En África contamos con centros de alimentos balanceados y de suelos saludables, en diez países. En ellos se hace un excelente trabajo práctico y de desarrollo de tecnologías, pero nos falta construir una base filosófica, en términos de un sistema de valores, de entrenar soldados que puedan dar una lucha enérgica contra las malas políticas y desafiar a las corporaciones y a las injusticias ellas traen, como la apropiación de tierras, como ofrecer precios bajos a los productos agrícolas o dominar el mercado con agrotóxicos”, señala.
La independencia en África tiene seis décadas. Pero, afirma, “seguimos luchando por recuperar nuestra independencia. Los amos de las colonias siguen influyendo mediante la política, los filántropos y las multinacionales”.
Y expone que, en ese contexto, hay dos dificultades para la soberanía alimentaria en el continente. Una es la falta de desarrollo del transporte, lo que hace necesario que en cada territorio se produzcan los alimentos esenciales. Pero el otro problema tiene que ver precisamente con el conocimiento. “En la universidad se enseña que hay que hacer monocultivos de productos comerciales (café, cacao, tabaco) y venderlos a la fábrica, luego exportarlos a otro continente y usar el dinero que se obtiene para comprar alimentos”.

Por su parte, Damodaran destaca la relevancia de “aprender cosas prácticas de la vida que te hacen mejor persona, más consciente política y socialmente, más capacitado, que te preparan para afrontar las diversas preocupaciones sociales”. Añade: “Es muy interesante ver cómo han logrado integrar los aspectos políticos de la protección del medio ambiente, la naturaleza y la salud del suelo, que son tan políticos como cualquier otra cosa”.
Sobre la visita a Nueva Esperanza I, destaca la coexistencia de plantas, frutos y hasta hormigas en el sistema: “Eso es la comprensión de la coexistencia con el resto de la naturaleza. Thais entiende la agroecología desde una perspectiva muy espiritual, desde el principio de coexistencia y desde una perspectiva técnica con cero químicos, con cultivos múltiples, utilizando el reciclaje y la biomasa”.
El MST tiene más de 40 años de construcción colectiva en el campo y en la formación política del campesinado. Su experiencia se sumó a los saberes de las y los visitantes de África, América, Asia y Europa. El mensaje final del encuentro es que la agroecología no es solo una práctica productiva sino también una filosofía y un movimiento social. En las palabras de Thaís se evidenció también que el empoderamiento de las mujeres que trabajan con esta perspectiva es cada vez mayor.
El recorrido por los aspectos conceptuales del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra y la belleza y abundancia de las huertas en Nueva Esperanza I dejaron su semilla: la importancia de la agroecología y de la organización campesina. Una simiente para seguir multiplicando en todo el mundo.simiente para seguir multiplicando en todo el mundo.
