OPINIÓN
Por Horacio Machado Aráoz*
Los hechos consumados el 3 de enero sobre Caracas parecen conminados a marcar un nuevo hito histórico. La intempestiva agresión imperialista del aparato de guerra más poderoso hasta ahora concebido en toda la historia, con capacidad sobrada de aniquilación del planeta entero, ha abierto una nueva puerta hacia el abismo. Como si otra más hiciera falta.
En la propia vorágine de los acontecimientos, una chorrera de tinta se esparce ya tratando de comprender lo sucedido; procurando avizorar lo que cabría esperar de sus consecuencias, tan inevitables como imprevisibles. La verdad, resulta difícil exagerar la gravedad de lo acontecido y la peligrosidad de lo que puede llegar a desencadenar. Y decimos esto, con las imágenes de Gaza atormentando nuestras retinas.
La crueldad de los poderosos parece no hallar límites. La voracidad de sus ambiciones está perforando ya los propios límites geofísicos del planeta. Ni las evidencias de la catástrofe en curso parecen poder detener o siquiera ralentizar esta carrera aceleracionista, de destructividad manifiesta y de exacerbación de las violencias coloniales. En ese marco, la captura militar ordenada por Trump sobre Venezuela resulta, por un lado, inédita, insólita, pero también, por otro, un episodio más, crónico, de largos antecedentes.
Es fundamental procurar discernir lo que esta nueva agresión imperialista tiene de novedad y de ruptura, y lo que remite a profundas continuidades histórico-estructurales, a fin de poder dimensionar lo que está realmente en juego. Parece necesario mirar la actual coyuntura geopolítica a la luz de la perspectiva histórica del tiempo geológico, ese tiempo delongue durée (larga duración) que muestra las huellas de las distintas marcas civilizatorias, tanto sobre la atmósfera, como sobre la propia superficie de la condición humana. Se nos ocurre que sólo así sería posible elucidar qué hay de nuevo en esta nueva guerra, en este nuevo acto de atropello imperial, dentro de la desventurada trayectoria de Occidente, una tal civilización precisamente nacida y marcada consustancialmente por la guerra.

1.- Una nueva guerra de conquista y un nuevo conquistador
La intervención militar estadounidense del 3 de enero sobre Venezuela es un hecho violatorio de toda la institucionalidad vigente —internacional y del propio estado agresor—, un acto de ejercicio nudo y crudo de violencia, desprovisto de absolutamente toda pretendida base de razón, de legalidad y de legitimidad. Constituye, ante todo, un acto de guerra y el anuncio o la amenaza de una nueva oleada de guerras. Esto nos retrotrae a los acontecimientos fundacionales del propio sistema-mundo colonial moderno. Como en aquellos tiempos de acumulación originaria, estamos, lisa y llanamente, ante unaguerra de conquista.
Con el brutal desparpajo que le es característico, al día siguiente de la operación militar por la que secuestró al presidente de facto de la República Bolivariana de Venezuela, Trump se presentó como el nuevo conquistador. Hizo alarde de tener el país bajo su control, expresó su voluntad de permanecer al mando todo el tiempo que sea necesario, y se refirió expresamente al petróleo venezolano como “su” botín de guerra. “Vinimos a tomar lo que es nuestro”. Habla de Venezuela como una nueva territorialidad sobre la que se arroga el poder de disponer a discrecionalidad, sin importarle en absoluto la población que vive sobre ella.
Trump se muestra como es. Se siente tan poderoso y tan impune que prescinde de toda máscara. Declara y actúa impúdicamente. Y es lo que es: un macho bruto, violento, desprovisto de todo atisbo de ilustración, pero sumamente consciente de su poder desproporcionado y de su capacidad de provocar daños inconmensurables. Nacido en condiciones de clase privilegiadas, dentro del epicentro geopolítico de su época, muestra haber sido simplemente (mal)educado como súper-dueño: acostumbrado a llevarse el mundo por delante.

De una codicia y ambición tan ilimitadas como inescrupulosas se muestra dispuesto a ejercer toda la violencia que sea posible y necesaria para conseguir sus propósitos, sin ningún tipo de miramientos o consideraciones de tipo normativo y mucho menos de valores sociales y éticos. A su juicio, lo único que legitima sus actos es la mera eficacia de la racionalidad de medio a fin. Nada ni nadie le puede poner límite alguno. “Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. Se concibe como un individuo absoluto, superior, por encima de todo y de todos. Y, desde ese lugar, mira al mundo desde el estrecho utilitarismo instrumental bajo la cual todo lo que existe es codificado en la lógica binaria de lo que le sirve y puede apropiarse, y de lo que le es inútil o le resulta un escollo que debe aniquilar.
Estamos describiendo a Trump a la luz de sus actos y declaraciones. Pero esa descripción remite, en realidad, a un prototipo nada novedoso. Su habitus y modus operandi se remontan, en realidad, a los aventureros del largo siglo XVI que cruzaron el Atlántico en busca de tesoros a conquistar. Trump encarna taxativamente la lógica práctica que pusieron en marcha los Colón, los Pizarro, los Cortez, los Alonso de Ojeda, los Álvarez Cabral, y un largo etcétera de secuaces y seguidores. Aquellos primitivos conquistadores del “Nuevo Mundo”, serían los iniciadores de una ominosa senda geológica y política que se fue abriendo paso sobre la Tierra arrasándola, considerándola un mero botín de guerra.
La reivindicación de Trump de la Doctrina Monroe y las declaraciones oficiales sobre que el Hemisferio Occidental les pertenece (plasmadas ya como Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos), vienen ahora a tomar la fuerza de una demostración categórica de que están dispuestos a hacer lo que sea necesario para ocuparlo y usufructuar de él. Esto, que ha sido interpretado como un mensaje de reparto del mundo, tácito pero manifiesto, podría ser considerada una novedad obscena, en los últimos ochenta años que nos separan de la fundación de la ONU. Pero visto desde una perspectiva histórica mayor, este tipo de prácticas puede rastrearse hasta el Congreso de Berlín (1885), cuando las potencias europeas se repartieron África con instrumentos geométricos sobre un mapa. E incluso más, podrían remontarse al mismísimo Tratado de Tordesillas (1494) por el que las primeras potencias modernas de la península Ibérica —surgidas propiamente como “estados depredadores” (Eric Wolf, 1987)— se repartieron las zonas de navegación y de conquista del “Nuevo Mundo”.

2.- Extractivismo como objeto y fin de la violencia imperial
Desde las primeras declaraciones en Mar-a-Lago hasta la fecha, ha quedado claro el objeto de la intervención militar. Esto no se trata de democracia, ni de violaciones a los derechos humanos; ni siquiera de narcotráfico o cambio de régimen. El objetivo principal de la expedición trumpista es “retomar la explotación del maná petrolero venezolano en beneficio de las grandes fortunas estadounidenses”. (Y, de paso, dar un golpe a China, vista como su principal amenaza).
No estamos sólo frente a una “agresión”, sino ante un acto de apropiación imperialista del principal “recurso económico” de la nación violentada, que es, a su vez, la principal fuente energética que alimenta el geometabolismo del capital y uno de los sectores más rentables del sistema financiero global.
Esto se trata de petróleo. Ese es el botín de guerra. No de otra cosa habló y habla Trump: “Vamos a gobernar Venezuela y extraer sus enormes reservas durante años, si fuera necesario.”; “Vamos a usar petróleo y vamos a recibirlo. Estamos bajando los precios del petróleo y vamos a dar dinero a Venezuela, que lo necesita desesperadamente”; “Reconstruiremos Venezuela de una manera muy rentable”.
En pocos días, Trump anunció que Caracas “acordó” transferir entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad; se auto-declaró encargado de controlar el dinero de la venta del petróleo “para garantizar que se utilice en beneficio del pueblo venezolano y de Estados Unidos” y, por si fuera poco, aseguró que “Venezuela comprará exclusivamente productos fabricados en Estados Unidos con el dinero que reciba de nuestro nuevo acuerdo petrolero”.

De esto se trata. Tomar el control de la tierra para extraer petróleo; perforar y extraer; saquear para vender; comprar y vender; conquistar y controlar para enriquecerse. Por supuesto, no todos; sólo los de su clase, los que controlan las grandes empresas oligopólicas; los dichos “dueños”: apropiadores de los “recursos” del mundo. En eso consiste su fórmula “MAGA”. Por eso, una vez perpetrado el secuestro (no apenas de Maduro, sino del régimen que controla Venezuela) todos los esfuerzos han estado dirigidos a “ordenar” y acelerar el proceso extractivo.
La conquista es el primer paso, pero el extractivismo es el objetivo final; el momento de realización del acto de conquista. Sin él, la conquista pierde sentido; no se completa. La guerra de conquista sólo alcanza su plenitud con la instalación de una maquinaria extractivista sobre la superficie, la “cosa” conquistada. Y en todo caso, lo que es una “cosa” para el conquistador refiere siempre una población unida histórica y materialmente a un territorio como soporte de vida. La mirada cosificadora del conquistador hace caso omiso tanto de la población que vive en y de ese territorio conquistado, como de la propia vitalidad, integralidad y diversidad de ese territorio en cuestión como complejo ecosistémico y cultural viviente. Toda esa sociobiodiversidad es fulminantemente reducida a la condición de unos pocos “recursos” cuya extracción y explotación resultan fuente de rentabilidad y de poder dominial.
La honestidad brutal de Trump está desenmascarando la hipocresía histórica de la pretensión civilizatoria de Occidente. Porque está mostrando de modo pornográfico la relación entre guerra, guerra de conquista, y extractivismo. Entre extractivismo, capitalismo e imperialismo. Entre apropiación destructiva de territorios habitados y rentabilidad; entre rentabilidad y poder imperial.
El extractivismo se revela, así, como principio y función geosociometabólica del capital; como base y soporte histórico-geográfico, estructural, material y simbólico del modelo “civilizatorio” de Occidente. El extractivismo es esa larga y ominosa cadena de apropiación y consumo oligárquico del mundo que sostiene a sangre y fuego el “modo de vida imperial” (Ulrich Brand y Markus Wissen, 2021). La economía política del conquistador hace del territorio no un hábitat, sino una zona de saqueo: el extractivismo funciona como una matriz estructural de apropiación destructiva y explotación diferencial de las energías vitales (tierra y trabajo).

3.- Negligencia y malversación energética en la raíz de la falla civilizatoria de Occidente
Cabría considerar al petróleo como una huella geológica de la propia danza de la vida que anima la Tierra, desde hace 4500 millones de años. Un fabuloso crédito energético constituido de millones y millones de proceso biogeoquímicos acumulados en fórmulas de partículas básicas de hidrógeno y carbono combinadas, procedentes de materia orgánica ancestral depositada por cientos de millones de años en fondos de mares y paleo-lagos que quedaron incrustadas en las profundidades de la corteza terrestre. El petróleo es finalmente una fuente de energía porque, en definitiva, es una estación de los rayos del sol. Es una forma de disposición final de las “radiaciones cósmicas que se vierten sobre la faz de laTierra provocando un poderoso flujo de fuerzas, de forma ininterruptas” en virtud de las cuales “la biósfera obtiene, en toda su estructura, propiedades nuevas, incomunes y desconocidas para la materia terrestre” (Vladimir Vernadsky, 1926).
A principios del siglo pasado el astrofísico ruso Vladimir Vernadsky sentó las bases para una comprensión estrictamente científica de la Tierra como un planeta vivo; el único en todo el universo hasta ahora conocido, con capacidad de gestar vida, materia orgánica en movimientos, y de sustentar la biodiversidad gestada a través de su propio metabolismo geológico. La Tierra es un planeta viviente, conforma una biósfera porque “está permeada de energía”; ella toma las fuerzas provenientes de las radiaciones cósmicas, los rayos del sol principalmente, “la acumula en forma de radiación y la distribuye por todo el planeta, transformándola en energía libre y capaz de producir movimiento en el ambiente terráqueo”. Rayos de sol; clorofila; fotosíntesis; mitocondrias; complejos de hidrógeno y carbono, de oxígeno, magnesio, fósforo, calcio y potasio… De esa danza de elementos está hecha la energía que mueve la Tierra.
No es que sólo “hay vida en la Tierra”; la Tierra es un complejo sistema viviente. Y la energía es, básicamente, primordialmente, fuerza vital que genera, circula y da sustento a toda la biodiversidad terráquea como sistema complejo e integrado.

Occidente es una civilización fallida porque se construyó sobre una negligencia radical: ignorando absolutamente que la Tierra que habitamos es una entidad viva e ignorando la energía como fuerza vital que fluye por los seres minerales, vegetales, animales —incluidos los humanos—, animando así la Biósfera toda. En el origen de esta civilización fallida, lo que tenemos es la colonización de la energía: la conversión y transformación de la energía en un medio de dominación imperial.
Occidente se estructuró como sociedad hegemónica, logró mundializarse como supuesto modelo “universal”, “superior” de Civilización en base a la apropiación oligárquica de las energías vitales de la Tierra (tierra y trabajo), a la malversación y al uso irresponsable de la energía como mero “recurso” estratégico para alimentar una maquinaria de guerra y de fabricación de mercancías-para-la-extracción-de-plusvalía. Esa maquinaria es lo que desde mediados del siglo pasado se conoce como “complejo militar-industrial”. De fuerza vital a “recurso estratégico” para una maquinaria de muerte y rentabilidad; de conquista, saqueo extractivista y mercantilización que realimenta el aparato de destrucción masiva. Esa es la gran falla, la malversación originaria de los flujos hidro-minero-energéticos (incluidos el conocimiento y la capacidad de trabajo de los organismos humanos vivientes, que como tales son una manifestación específica de las fuerzas vitales de la Tierra) que está en las raíces del Capitaloceno; de la crisis climática; de la asfixia de la biodiversidad terráquea toda.
Como dijimos, no hay capitalismo sin extractivismo. Y no hay extractivismo sin colonialismo. El colonialismo es, eminentemente, un fenómeno energético: un régimen de apropiación oligárquica de las energías vitales de la Tierra que son extraídas de territorialidades vivas, de economías de subsistencia, para trasvasadas y ser insumidas como combustible de una maquinaria de guerra y mercantilización. Aunque el orden colonial del capital no comenzó con el petróleo, ni con el carbón, desde que el petróleo se empezó a usar con fines mercantiles y marciales, éste proveyó una nueva e inédita plataforma material que —por sus inigualables atributos físicos— fue decisiva para el inusitado despegue y despliegue de las “fuerzas productivas” (destructivas) del capitalismo de posguerra.

No se puede soslayar que el petróleo fue el combustible que alimentó el complejo militar-industrial sobre el que se asentó el modelo de “bienestar” de “posguerra”.
En 1910 el petróleo sólo representaba el cinco por ciento de la energía mundial (Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes, 2021). Pero entre 1945 y 1070, la extracción mundial de petróleo se incrementó un 700 por ciento (Boris Pobodnik, 2006). Ese salto exponencial está intrínsecamente ligado al Welfare State ("estado de bienestar") en tanto constructo derivado del Estado de Guerra, que lo precede y lo contiene en todos sus términos. Debemos a ese aparato militar industrial de la “posguerra” (Guerra Fría y guerras regionales de recolonización incluidas) no sólo el “salto” en la “calidad de vida” (incremento inusitado de los niveles y patrones de consumo de las clases medias y altas globalizadas) que tanto se pregona como “desarrollo”, sino también la Gran Aceleración de las emisiones “antropogénicas”: tres de cada cuatro partículas de dióxido de carbono industrial se generaron en este breve período de la segunda mitad del siglo pasado.
Son esos “patrones de consumo”, ese “modo de vida imperial”, lo que está asfixiando la Biósfera. Aunque por esas concentraciones nos estamos ya quemando vivos, el mundo —el mundo de los autoproclamados como “dueños” y poderosos— sigue concibiendo la energía como un “recurso estratégico”. Es un insumo indispensable para la industria militar y mercantil y una fuente extraordinaria de rentabilidad. Por eso Trump, como nuevo conquistador, tomó el control de Venezuela y amenaza hacerlo sobre todo “su” hemisferio (incluida Groenlandia).

Ante la violencia imperialista desnuda de Trump, algunos analistas han planteado que, en términos geopolíticos, constituye una regresión al siglo XIX (tiempos emblemáticos donde grandes potencias se repartían el mundo en dominios coloniales con la única ‘regulación’ de las armas). Aunque se podría discutir si durante el breve intervalo de la ONU las armas se subordinaron de alguna manera a la fuerza de la razón y el Derecho Internacional, lo que me parece indiscutible es que, en términos ecológicos y epistémico-políticos, el mundodelosdueños no sólo nunca logró ir más allá del siglo XIX, sino que nunca llegó a salir del largo siglo XVI. Los hombres de poder (científico, económico y político) siguen mirando al mundo con los ojos ‘políticos’ de Colón; con los ‘ojos científicos’ de Descartes y Bacon. Para ellos (hablemos de Trump, de Elon Musk o de cualquier otro magnate del minúsculo círculo de “dueños”; hablemos de Estados Unidos, Rusia, China, o aún de la despintada Unión Europea), el mundo es un conjunto inerte de recursos cuyo uso racional implica transformarlos en medios de violencia y/o medios de renta.Para ellos la Tierra es (sigue siendo) un botín de guerra. Y la energía, no una fuerza biosférica que nos mantiene vivos y que anima la comunidad de seres con-vivientes de la Tierra, sino un recurso para mover máquinas y fabricar objetos.
4.- La condición colonial de los regímenes extractivistas y la miopía de ciertas izquierdas
Algo hay que decir sobre la miopía de ciertas izquierdas, sobre todo de peso institucional; las que suelen llevar la vocería (gubernamental, partidaria o académica) de “la izquierda”. Una miopía empeñada en negar lo evidente y justificar lo injustificable. Una izquierda maniquea bien funcional al extremismo militante de las derechas en boga. Esa misma izquierda podría parafrasear a Theodor Roosevelt, colocando a Maduro en el lugar de Somoza, de Batista, de Pinochet, etc. Como si admitir la transformación monstruosa en las que las energías emancipatorias originarias del chavismo devinieron en un régimen corrupto, autoritario, violatorio de derechos de lesa humanidad y de lesa Naturaleza, fuera justificar en algún sentido o siquiera matizar la crítica a la agresión imperialista que nos ocupa.
La deriva del régimen “bolivariano” (con perdón de Bolívar) —por lo menos desde 2013 en adelante— es absolutamente indefendible, desde todo valor y/o principio político que consideremos de izquierda. Es la expresión cabal de lo que llamamos un régimen extractivista: un patrón de poder oligárquico asentado sobre el control de la explotación extractivista de “materias primas” de exportación y que articula el control autoritario, rentístico y plutocrático interno con la dependencia estructural -económica, tecnológica, política y cultural- externa.Es en el siglo XXI una “república bananera” del siglo XIX, con la única diferencia que separa al petróleo de las bananas. Ha quedado obscenamente de manifiesto en estos días, donde no sólo Trump se presenta sin máscara; también el régimen “chavista” (con perdón de Chávez) ha quedado al desnudo.

Diana Carboni, editora de Open Democracy, ha escrito: “De la revolución bolivariana no queda nada, ni siquiera dignidad. Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Maduro y una de las figuras más vociferantes de su administración, fue nombrada presidenta interina, con la aquiescencia de Trump. Ella y su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, ministro del interior, y Vladimir Padrino López, jefe de las fuerzas armadas, pasan a ser gerentes de un protectorado de Trump”.
Así, Trump ha operado un “cambio de régimen perfecto” (porque precisamente no es cambio de régimen sino cambio de su cabeza visible). El despecho a la lidereza de la oposición derechista y la elección de Delcy Rodríguez y compañía para terminar de perpetrar su intervención imperialista muestra la reciprocidad funcional del vínculo que los une. Trump necesita la “gobernabilidad” que le puede ofrecer (al menos en el corto plazo) Delcy Rodríguez y no María Corina Machado, por más afinidad ideológica y servilismo incondicional que ésta le garantice. Machado le puede asegurar obediencia absoluta, pero no puede transformar las órdenes de Trump en órdenes vigentes al interior de la sociedad venezolana. Rodríguez & Cía., sí.
Ellos sí le pueden ofrecer el “orden interno” y la extracción de los millones de barriles requeridos. Lo cual deja al desnudo la relación entre extractivismo e imperialismo. Lo que busca el imperialismo es instalar y administrar regímenes extractivistas, lo que les garantiza el acceso irrestricto a las materias primas “críticas y estratégicas” que una potencia necesita para sostener su dominio económico y político. Siendo el objetivo del imperialismo, el extractivismo no se realiza sin la participación necesaria de élites internas con capacidad de controlar la violencia interna que es necesaria desplegar sobre territorios y poblaciones que van a ser convertidas en “zonas de sacrificio”, petrolero, minero, sojero, de la materia extractiva que se trate. Extractivismo es violencia sobre cuerpos vivos. Cuerpos de agua, cuerpos de bosques, cuerpos de biodiversidad ensamblada que va a ser descuartizada en cuadrículas monoculturales de commodities. Cuerpos de humanos, cuyas vidas pasan a ser prescindentes. Son sacrificables porque su valor no llega a cubrir el costo de oportunidad de la renta extractiva.
En los regímenes extractivistas las élites internas —económicas, políticas, mediáticas y académicas; de derechas y progresistas o de “izquierda”—son las que controlan el aparato de poder estatal y los restantes resortes del poder fáctico, que les permite viabilizar la explotación interna para la disposición externa de los “recursos”. El extractivismo requiere un uso abusivo de violencia. El autoritarismo, la concentración y los abusos de poder, la violación de derechos, no son ni una excepción ni meras “extralimitaciones”; son requisitos operativos.
Las izquierdas oficialistas asisten atónitas. Sólo les queda alegar que, a la cúpula del gobierno venezolano, no le queda otra alternativa. Y es verdad. Está encerrado y completamente sumiso ante el poder imperial. Completamente indefenso, pero no sólo ni principalmente por la asimetría abismal del poderío militar y la inescrupulosidad de Trump. Al régimen venezolano no le queda otra porque se ha quedado completamente desnudo en su corrupción, no sólo económica, sino principalmente política. Se ha quedado sin pueblo que lo defienda. Su debilidad no es la debilidad de las armas, sino la debilidad de “poder popular”.
Esas izquierdas oficialistas no pueden seguir fingiendo que no pasa lo que pasa. El trágico espectáculo de la colonialidad extractivista —que se manifiesta hoy trágicamente en Venezuela, pero que también comprende el estrepitoso fracaso de todas las experiencias progresistas que participaron del Consenso de las Commodities— está a la vista. Al menos deberían tener la honestidad intelectual para preguntarse qué les incomoda y qué les molesta de las escenas de centenares de miles (de los ocho millones) de migrantes venezolanos diasporizados por el mundo festejando la caída de Maduro. Ocho millones de personas que no pueden ser “la élite” pro-imperialista, sino que en su abrumadora mayoría son pobres desesperados, madres e hijes de la clase trabajadora que se han visto asfixiadas por las opresiones económicas y políticas de un régimen oligárquico a la deriva. Diana Carboni les ofrece una reflexión: “Cuando se supo del derrocamiento de Maduro, hubo festejos de venezolanos en muchas ciudades, pero no dentro de Venezuela. Allí ya no gobierna Maduro, pero sí el mismo régimen, bajo la sombra de Trump”.

5.- Sobre lo nuevo y lo viejo de esta arremetida imperialista
Estamos asistiendo probablemente a los cimbronazos finales de la Era del Conquistualismo, una trágica era geológico y política signada por la violencia conquistual que, en apenas un segundo geológico de cinco siglos, ha provocado una transformación catastrófica de la “preciosidad” de la Tierra, esa “joya rara en medio de trillones de otros mundos”, “única, con una biósfera exuberante que conecta a todas las criaturas que existieron y que existen, incluyendo a nuestra especie” (Marcelo Gleiser, 2024) a través del aire que respiramos, el agua que hidrata nuestros cuerpos, y la energía que nos nutre, tomada prestada del sol, la fotosíntesis y el suelo fértil.
Trump es, en efecto, una expresión emblemática de dicha Era. Conquistualismo es la exaltación de la violencia supremacista como “principio civilizatorio”. Una guerra de conquista originaria ha desencadenado un devenir catastrófico signado, no sólo por la perturbación de las dinámicas biogeoquímicas que crearon las regularidades climáticas del Holoceno (periodo histórico que abarca desde hace diez mil años hasta la actualidad) y las condiciones da habitabilidad de la Tierra que albergó el despertar y despliegue de todas las formas geoculturales de vida específicamente humanas, sino también por la degradación de lo que nos hizo y nos hace justamente humanus.
Un hombre blanco, armado, violento, que se cree y actúa como dueño del mundo, ha venido ahora a encarnar a aquellos primitivos aventureros del siglo XVI, igualmente violentos, inescrupulosos y de codicia infinita, que desataron la primera y única guerra mundial; esa en la que nos hallamos sumidos desde 1492. Guerra contra las mujeres; contra los pueblos agro-culturales y sus economías de subsistencia; guerra contra la Madre Tierra misma.

Occidente nació de aquella guerra de conquista originaria. El comercio y la guerra, la guerra y el comercio fueron sus principios civilizatorios. Así se expandió por los mares hacia todos los puntos cardinales, haciendo del mundo un botín de guerra y un mercado mundial. Conquistar para explotar. Tomar el control de la tierra (haciendo caso omiso de las poblaciones que lo habitan) para extraer. Perforar montañas, suelos y subsuelos para simplemente extraer; desmontar bosques para extraer. Saquear para vender; comprar y vender. Conquistar y controlar territorios y fuerza de trabajo para enriquecerse, para hacerse cada vez más grandes y poderosos (es decir, violentos y brutos). Conquistualismo es una epistemología y una ontología política que reduce todo lo que existe a una cosa de la que se puede extraer una renta o una ventaja bélica.
Eso es lo viejo, lo crónico, que revela Trump. La lógica conquistual está en las raíces de Occidente; en sus bases más pétreas y en sus principios operativos. En su brillante contra-antropología del “hombre blanco” Davi Kopenawa (2010) describe a Occidente comoel “pueblo-mercancía”. La mercancía cubre todo su horizonte antropológico y civilizatorio. Es lo que llena sus sueños y todas sus ambiciones de trascendencia. La mercancía es el medio y es el fin; el sentido último de la existencia. Ese es su lenguaje de valoración; su patrón único de valor y de rigor. Trump es nada más y nada menos que la encarnación de las “características monstruosas de la civilización occidental” (Eduardo Viveiros de Castro, 2010). Como el hombre más poderoso y peligroso existente sobre la Tierra, hoy Trump nos revela la imagen desfigurada de una humanidad in-humana y des-humanizada, de machos “embrutecidos por los mismos viejos sueños de codicia, de conquista e imperio venidos en carabelas”.
En su célebre prólogo a “Los condenados de la Tierra” (1961) de Frantz Fanon, Jean Paul Sartre así hablaba a Europa, cuna de Occidente y pretendida cumbre civilizatoria de la Humanidad: “Ustedes saben bien que somos explotadores. Saben bien que nos apoderamos del oro y los metales y el petróleo de los continentes nuevos para traerlos a las viejas metrópolis. No sin excelentes resultados: palacios, catedrales, capitales industriales… Europa, cargada de riquezas, otorgó de jure la humanidad a todos sus habitantes: un hombre entre nosotros quiere decir un cómplice puesto que todos nos hemos beneficiado con la explotación colonial. (…) Nada más consecuente entre nosotros que un humanismo racista, puesto que el europeo no ha podido hacerse hombre sino fabricando esclavos y monstruos” (Jean Paul Sartre, 1963).

Trump es, nada más y nada menos, que un hijo ejemplar de “ese monstruo supereuropeo, la América del Norte”. Sabe bien cómo se hizo la “grandeza” de “América”. Sabe que esa “grandeza” está en declive y por eso justamente evoca la Doctrina Monroe. MAGA es un programa de conquistualismo herido, que ve sus privilegios amenazados. Y que busca desesperadamente recuperar. Trump es un conquistualismo del fin del mundo. Eso revela lo nuevo de este viejo patrón de poder. Muy sucintamente, podemos marcar dos grandes “novedades” en el sistema-mundo.
a.- El desenmascaramiento. Con el Trumpismo, lo que caducó no es sólo el Derecho Internacional sino toda la mascarada institucional y discursiva del humanitarismo liberal occidentalocéntrico. “Democracia”, “Derechos Humanos”, “Libertad”. No es que ahora ya no importan. Es que nunca fueron más que excusas para mantener el dominio material y simbólico supremacista sobre las zonas coloniales; sobre “la gente sin historia”, como dijera Hegel.
Trump es un imperialismo al desnudo que revela a Occidente como un evento apocalíptico que se cierne sobre la faz de la Tierra y sobre los pueblos de la tierra. Esa imagen es de Bruno Latour. Para él, la apropiación de la idea de salvación está en el origen del surgimiento de Occidente. Toda misión imperialista, toda empresa conquistual, desde 1492 en adelante, estuvo revestida como una misión salvífica, sólo que iba cambiando su registro discursivo. Evangelización. Modernización. Progreso. Desarrollo. Democratización. Hoy, “transición energética” y “descarbonización”. Así, recursivamente, cíclicamente, “Occidente cayó sobre todas las civilizaciones como un Apocalipsis que puso fin a su existencia. Creyéndonos portadores de salvación, nos convertimos en el apocalipsis para los otros” (Bruno Latour, 2017).
Desenmascaramiento significa que hoy el imperialismo conquistual ni siquiera se presenta como “portador de salvación”. Viene como el matón desnudo que es, como mero conquistador. No viene a salvar nada. Sólo a saquear y explotar. Perforar y extraer. En su desnudez no sólo estamos ante la decadencia del imperio americano, sino ante del derrumbe inexorable del orden colonial de Occidente como civilización fallida.

b.- Imperialismo en un mundo lleno. A diferencia del siglo XVI, donde los conquistadores tenían todo un planeta prácticamente virgen, hoy estamos ya frente a un mundo lleno (Herman Daly, 1997), es decir, lleno de emisiones, de consumidores, de plásticos y sustancias tóxicas. Un mundo lleno es un mundo saturado de las ruinas del progreso. Apenas quedan ríos libres sin contaminar entre las montañas de escombros y basurales a cielo abierto. No queda prácticamente nada por conquistar. Por eso, algunos desvarían con ir a la conquista del espacio y terraformar otros planetas. Un mundo lleno es un mundo donde las fuentes y los flujos de energía realmente renovable van siendo agotadas y destruidas en la carrera energívora del crecimiento, así sea verde. Porque ni los parques de paneles solares ni los de molinos eólicos son propiamente renovables. Su expansión crece a costa de más extractivismo para adicionar a los viejos combustibles fósiles nuevas dosis de energía y de rentabilidad; no para reducir las emisiones, ni la quema de hidrocarburos.
Ahora bien, no sólo el siglo XVI estaba vacío de escombros y lleno de “recursos”. También era un mundo donde los conquistadores eran una extraña e ínfima minoría. Los conquistadores eran una patología infinitesimal dentro de una marea humana de agroculturas, criadoras de habitabilidad.
El mundo de hoy, en cambio, es un mundo lleno también de conquistadores, reales e imaginarios, efectivos o deseantes de serlo. El “modo de vida imperial” ha perforado las barreras de género, de clase y de raza. Como una mancha se extiende colonizando los deseos de los “consumidores”; asimilan el consumismo de los privilegiados con “calidad de vida” y “bienestar”. Y, como dijimos, ese “bienestar” es una deriva dependiente del Estado de Guerra. A medida que se expande o se pretende “incluir” en ese patrón a los excluidos, menos mundo habitable va quedando.

Un mundo lleno no es sólo el de un clima crecientemente inhóspito y peligroso, degradado ecológicamente. Es también un mundo de paisajes socialmente más hostiles, de islas de privilegios en océanos de pobreza, desamparo, precariedad y muerte. Un mundo lleno es un mundo especialmente contraindicado para quienes han sido maleducados en los marcos del conquistualismo. Pues ya no queda nada por conquistar, y esa falta retroalimenta la pulsión exterminista.
En “Tristes trópicos” Levi-Strauss supo advertir que “cuando los hombres empiezan a sentirse constreñidos en su hábitat geográfico, social y mental, corren el peligro de dejarse tentar por la solución sencilla de negar a una parte de la especie el derecho a ser considerada humana”. Un mundo lleno es un mundo particularmente peligroso para las mujeres, los migrantes, los pueblos agroculturales, los cuerpossin historia, que van dejando de ser considerada “gente”.
6.- ¿Qué podemos aprender de un mundo en ruinas?
El gran maestro Ailton Krenak se pregunta: “¿Cómo es que a lo largo de los últimos dos mil o tres mil años, hemos construido la idea de Humanidad? ¿No será que esa idea está en la base de muchas elecciones erradas que hicimos, sólo para justificar el uso de la violencia? La idea de que los blancos europeos podían salir a colonizar el resto del mundo estaba sustentada en la premisa de que había una humanidad esclarecida que precisaba ir al encuentro de la humanidad obscurecida, llevándole una luz increíble”.
Ya sabemos qué ha pasado con la Tierra con esta idea de Humanidad y de Civilización. Pero también deberíamos preguntarnos: ¿Qué ha pasado con una Humanidad que se ha (mal)acostumbrado a pensarse y auto-concebirse desde el antropocentrismo, el individualismo competitivo de guerra, el horizonte civilizatorio del ciudadano/consumidor, normalizado en el disfrute inmediato provisto en el universo fetichista de la mercancía como sustancia monopólica de las sociedades contemporáneas? ¿Qué efectos tiene esta trayectoria de devastación incesante y creciente sobre la propia humanidad de lo Humano?

No estoy seguro si podemos aprender algo, de esta civilización fallida, en crisis, de una crisis terminal. Pienso que al menos, podríamos preguntarnos qué significa el realismo y qué entendemos por “idealismo” a esta altura de la historia. Curiosamente, desde Maquiavelo en adelante, para el sentido común hegemónico y el pensamiento ilustrado, realpolitik ha significado la primacía de la racionalidad instrumental y el pensamiento estratégico. Realismo implica la naturalización de la lógica descarnada de la dominación y la conquista. Remite a la antropología imaginaria de Hobbes y Smith. Desde esa lógica se ha descalificado como romántica e idealista no sólo las corrientes de pensamiento que abogan por la cooperación, la ayuda mutua, la solidaridad altruista como proceso de construcción política y de realización humana. Sino también se han descalificado como pachamámicas todas aquellas concepciones que conciben y tratan a la Tierra como una entidad viviente, la fuente y la base del sustento de nuestra propia existencia como especie. No sólo políticos y pensadores de derecha; muchos que se identifican de “izquierdas” descalifican la sabiduría ancestral de los pueblos originarios re-existentes al holocausto de Occidente, como un “pensamiento infantil”, “romántico”, “idealista”, carentes de toda efectividad “práctica”. “Muy bonito pero irreal”, dicen algunos. “Sería como volver a la edad de piedra”, dicen otros, imbuidos del mismo productivismo tecnolátrico del imperio.
Lo cierto es que el realismo ilustrado, el de la primitiva ciencia moderna y el del habitus conquistual, ha concebido la tierra como un botín de guerra. Ha considerado la energía como mero recurso estratégico. Ha entendido la lucha supremacista por la explotación como una pulsión naturalmente humana. A eso se llama “realismo”. Y la verdad, pienso que no hay nada más idealista y alejado de la realidad que esas concepciones y formas de conducta. En todo caso, esto sería un “realismo” suicida. De seguir así, ya sabemos dónde acaba todo.

Si, por el contrario, quisiéramos explorar alternativas, creo que habría que reconsiderar seriamente el papel de la cooperación en la gestación de la vida terráquea y en el “despertar consciente” de ese universo vivo en y a través del proceso de hominización –humanización– florecimiento de las agroculturas que criaron el Holoceno. Pienso que nada es más realista que considerar a la Tierra como una compleja composición de cooperación y mutualidades; circuitos trófico-energéticos que producen vida y sostienen a todos y cada uno de los organismos vivientes, con-vivientes.
Puro realismo materialista. Existimos-en-común; la vida es una emergencia comunal; un fenómeno y un proceso eminentemente comunitario. Lo común es lo que nos une y nos da aliento: el sol, las partículas de magnesio que componen la clorofila; el aire que respiramos y el agua que circula por nuestras venas y humecta nuestros lagrimales. Son comunales los flujos hidro-minero-energéticos que circulan por organismos vivos sin discriminación de reino, de especie, de sexo ni color de piel. Nada es más realista que entender y pasar a tratar a la Tierra como una Gran Comunidad de comunidades bióticas convivientes. Nada más realista que ver en la cooperación, no sólo un principio evolutivo, sino un requisito ecológico de sobrevivencia. Como advertía el gran geógrafo ruso Piort Kropotkin, sin cooperación y ayuda mutua, los seres humanos tenemos los días contados.
Sólo nos queda esperar que la inminente caída del cielo que se aproxima no nos aplaste; nos permita sobrevivir en las rendijas, para poder replantearnos la idea de lo real. La noción de Tierra. Y la de Humanidad.

*Colectivo de Ecología Política del Sur. Instituto Regional de Estudios Socioculturales (IRES, Conicet-UNCA)
