Una ciudad con menos árboles y más extractivismo urbano
agosto 31, 2026
El sistema de poda de la Ciudad de Buenos Aires atenta contra el arbolado urbano, bien común esencial en este contexto de crisis climática. La organización Basta de Mutilar Nuestros Árboles afirma que las políticas de Jorge Macri son parte del mismo modelo que explota la cordillera, los suelos y los ríos para el beneficio de pocos. El gobierno porteño no cumple con un fallo de la Corte Suprema de Justicia que frena la poda indiscriminada.
Toda poda es política
Foto: Nico Freda

Por Natalia Concina

La docente y química María Angélica Di Giacomo comenzó en 2010 a enviar notas al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires denunciando que observaba podas indiscriminadas. También contactó a periodistas que cubrían temáticas porteñas, pero durante dos años esas acciones no tuvieron eco. “Un día pasé frente a un árbol que estaban podando y me senté sola a llorar. Me di cuenta que para cambiar algo iba a tener que juntarme con otras personas y abrí un grupo de Facebook al que le puse ‘Basta de Mutilar Nuestros Árboles”. Inmediatamente empezó a sumarse gente”, recuerda Di Giacomo a Tierra Viva.

Y continúa: “Nuestra primera actividad callejera fue cuando sacaron los árboles de la Avenida 9 de Julio para construir el Metrobús. No logramos frenar la remoción, pero fue un punto de inflexión porque comenzamos a tener contacto con quienes defienden el arbolado y el patrimonio natural y cultural de la ciudad”.

Desde entonces el grupo no paró de crecer. La poda tampoco.

El miedo a otros seres vivos

“El árbol no necesita ser podado, no le reporta ningún beneficio. Esta idea de que si le cortas ramas crece con más fuerza es un mito —explica Di Giacomo— La poda se hace por necesidad humana y debería reducirse a la más mínima expresión. Por ejemplo, la poda de refaldado, para que los peatones puedan caminar por la vereda y los autos pasar por la calle, o si tapa un semáforo; en cambio, si tapa una luminaria, ésta podría cambiarse de lugar”.

Sin embargo, desde la organización advierten que en las ciudades existe una percepción del árbol como riesgoso y la poda es vista como una solución: “Muchas personas prefieren los árboles mutilados porque los ven más prolijos. Existe un afán de control sobre la naturaleza y muchos miedos”, dice.

La mujer, que profesionalmente decidió no hacer carrera de investigadora para dedicarse a la docencia, afirma que uno de esos miedos es “a los otros seres vivos”: “Puede ser desde el muchacho que duerme en la puerta del edificio, hasta las abejas, los murciélagos, las palomas o los pajaritos porque les cagan el auto, las cucarachas, las ratas…todo lo vivo da miedo”.

Y agrega: “El otro factor que veo, que es mucho más grave, es que hay una imagen de que la ciudad es un domo. No se sabe de dónde viene el agua, a lo sumo se preocupan si llega el humo de algún incendio desde Rosario o de los humedales del Paraná. Pero no hay noción de que estamos formando parte de un sistema mucho más grande”.

Toda poda es política
Foto: Basta de Mutilar Nuestros Árboles

Conocer para proteger

Guillermina Bruschi llegó a Basta de Mutilar Nuestros Árboles en 2019 cuando intentaron sacar árboles centenarios en el Barrio Nazca, al oeste de la ciudad, ubicado dentro de los límites de Villa Santa Rita: seis manzanas con edificaciones de más de cien años que en lugar de calles tiene pasajes angostos, un oasis en medio de la ciudad más ruidosa del país.

“En ese camino de defender estos árboles conocimos a María Angélica. Ella nos orientó sobre qué podíamos hacer como vecinos y logramos salvarlos”, cuenta Bruschi.

Con el impulso de ese proceso organizativo, después de la pandemia las y los vecinos retomaron una demanda histórica de Santa Rita: tener una plaza. “El primer documento de pedido de una plaza está en un diario de 1927. No sabemos por qué no se hizo, porque cada uno de estos barrios se hacía con una plaza y con una biblioteca”, relata. Después de varios años de movilización, la lucha tuvo un final feliz: en abril de 2025 se inauguró oficialmente este espacio público para el barrio.

Bruschi reconoce que en estos siete años descubrió muchas cosas que van más allá del arbolado. “Si consideramos que hay 20.000 personas muriendo en Europa por el calor extremo, uno pensaría que los gobiernos tendrían como prioridad en la agenda la infraestructura verde y sucede exactamente lo contrario”, dice Guillermina, quien describe que en los últimos 20 años, se hicieron 40 millones de metros cuadrados de construcciones nuevas.

E indica que “eso significa que, además del calentamiento global, en la ciudad tenemos más hormigón y más cemento que años atrás que retienen más la temperatura y provoca lo que se llama el efecto ‘isla de calor’ que implica entre uno y seis grados más que en un entorno urbano donde hay menos cemento y hormigón”.

Pero, además del aumento de la temperatura, la crisis ambiental que enfrenta la humanidad también conlleva un aumento de precipitaciones abundantes en poco tiempo, lo que se traduce en inundaciones, crecidas del mar y de ríos, mayor contaminación del aire, entre otros fenómenos extremos.

“Todo eso se podría mitigar con árboles y con tierra y pasto, que es lo que se denomina suelo absorbente. Por lo tanto, la conservación e incremento del arbolado así como la creación de espacios verdes deberían ser estratégicas para los gobiernos porque cuanto más verde es la ciudad, más sana y menos riesgosa va a ser para sus habitantes”, afirma.

Toda poda es política
Foto: Basta de Mutilar Nuestros Árboles

Según el último censo de arbolado realizado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, entre 2017 y 2018, la ciudad contaba con unos 432 mil ejemplares: alrededor de 370 mil en las veredas y 62 mil en espacios verdes. El promedio era de un árbol cada siete habitantes, pero las diferencias entre comunas son marcadas. En Recoleta, por ejemplo, la relación llega a un árbol cada 15 habitantes debido a su alta densidad poblacional. En cambio, las comunas 11 y 12 presentan una proporción mucho más favorable. La Comuna 8 —que incluye Villa Lugano, Villa Soldati y Villa Riachuelo— también se encontraban entre las zonas con mejor relación entre población y arbolado, aunque en los últimos años esa situación comenzó a modificarse por diferentes proyectos.

Respecto de los espacios verdes, Guillermina Bruschi advierte que la situación tampoco es alentadora. Buenos Aires cuenta con apenas cinco metros cuadrados de espacio verde por habitante, cuando las recomendaciones internacionales ubican ese indicador entre los diez y los quince metros cuadrados.

Además, señala que sólo la mitad de esos espacios corresponde a plazas y parques, por lo que si se piensa al espacio verde en tanto lugar de sociabilidad (donde hacer actividades deportivas, recreativas y demás), hay menos de los números que se dicen disponibles para la ciudadanía.

A esto se suma, según explica, otro problema: las plazas y los parques no son completamente verdes. La ciudad fue reemplazando el suelo verde vivo por cemento y caucho en las áreas de juego.

Toda poda es política
Foto: Depositphotos

Una ciudad limpia y ordenada (sin pobres ni verde)

El concepto de limpieza y orden del Gobierno de la Ciudad implica el desplazamiento de vendedores ambulantes de las veredas, así como de personas que viven en la calle. La mutilación de los árboles va en la misma línea: una ciudad en tonos grises, sin un atisbo de vida.

“La ciudad tiene un tratamiento sistemático del arbolado que supuestamente tiene que ver con la seguridad pero que, en el fondo, parece más vinculada a negocios para determinadas empresas”, denuncia Bruschi.

De acuerdo a los pliegos de licitación, las diferentes empresas que se ocupan del arbolado urbano tienen tres tareas: podar, extraer o plantar. Sin embargo, no hay presupuesto específico para hacer curaciones. “Por ejemplo, si tengo que evaluar si un árbol que está hueco es riesgoso —-puede haber árboles huecos que estén en perfectas condiciones—-, necesito saber cuánta madera está hueca y cuánta sana y para eso necesito hacer una tomografía pero para eso no hay recursos asignados”, describe Bruschi.

“Entonces —añade— a la falta de formación, herramientas e insistencia de los vecinos se suma que los inspectores trabajan en cuadrillas que cobran sólo por poda, extracción o plantación. Y ni siquiera importa si eso que se planta prospera o no”.

Bruschi señala que “las empresas que se dedican a la poda se manejan con mano de obra precarizada, sin capacitación y muchas veces no tienen elemento de seguridad”.

Toda poda es política
Foto: Basta de Mutilar Nuestros Árboles

A pesar de que el Gobierno de la Ciudad publicita que se trata de un “servicio gratuito”, Di Giacomo recuerda que no tiene costo para el vecino/vecina en forma directa, pero se paga con los impuestos. “Las empresas cobran por tipo de poda —asegura—. Por ejemplo, te dicen: 'Hicimos poda de limpieza y poda de refaldado'. Entonces eso te sale el doble que si fuera sólo de limpieza. Además hay árboles que se podan dos o tres veces al año porque pasa primero la cuadrilla que despeja luminarias; a los dos meses pasa la poda por corredores de la comuna y después por ahí también pasa el que hace una poda puntual porque lo pidió un vecino”.

Di Giacomo explica que “la poda sistemática y reiterada termina por enfermar y matar a los árboles; de hecho, los primeros que denuncié 2010 ya están muertos y eran árboles jóvenes; eso es porque la poda les disminuye la expectativa de vida”.

En 2017, la abogada Claudia Heras presentó un amparo judicial indicando que el Gobierno de la Ciudad incumplía con los artículos 10, 11 y 12 de la Ley 3263. Estos artículos determinan que debe haber una evaluación idónea previa a cada intervención de poda, que todo el personal involucrado en las tareas (plantación, poda, trasplante o tala) debe estar debidamente capacitado y que la Autoridad de Aplicación (o sea el GCBA) debe asegurarse de que esto se cumpla.

El Juzgado N°13 en lo Contencioso, Administrativo y Tributario le dio la razón y ordenó la “suspensión de cualquier actividad de poda y/o tala del arbolado público existente que incumpliera la norma”. El Gobierno porteño apeló varias veces hasta que en 2022 el fallo fue ratificado por la Corte Suprema de Justicia.

Hasta el momento, el Gobierno porteño no sólo no acató el fallo, sino que además, acumula deuda de la multa impuesta por el tribunal por cada día de incumplimiento de la medida.

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Foto: Nico Freda

Las ciudades como territorio

Una década y media después de haber comenzado con esta lucha, Di Giacomo recuerda que al principio había quienes le marcaban que, finalmente, “sólo eran árboles”.

“Yo siento que empecé por los árboles y al poco tiempo estaba peleando junto a otras personas por otros problemas pero que teníamos vivencias parecidas —cuenta— Ahora digo que sigo trabajando por los árboles, pero también por la fauna y la flora asociada a esos árboles, por las personas que los aman y respetan, y por las personas que habitan y transitan la ciudad”.

Di Giacomo apuesta a que puedan pensarse a las grandes urbes como territorios: “En las ciudades hay comunidades de personas que están viendo estos problemas y tratan de preservar identidad y memoria y estamos luchando contra estos modelos hechos para los negocios y para el entretenimiento de quien puede pagarlo”, sostiene.

“La naturaleza —continúa— no tiene que ser privilegio de unos pocos, se necesitan árboles y verde vegetal vivo por un tema de salud pública, de salud ambiental, física y psíquica, y lo que nos está pasando es que están enajenando nuestros bienes comunes desde el verde vegetal vivo, el suelo absorbente y el arbolado hasta las tierras públicas que son vendidas para hacer grandes torres”.

Explica que todo esto forma parte de lo mismo, de pelear contra esa pulsión de muerte que recorre muchos territorios y contra el extractivismo que plantea tomar los bienes comunes para el beneficio del bolsillo de unos pocos.

*Edición: Darío Aranda.

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