¿Qué se come con la democracia?
diciembre 7, 2023
En 1983, la vuelta democrática prometió cumplir con derechos básicos como la alimentación. A cuatro décadas, un modelo de cultivos transgénicos, concentración de la tierra y alimentos ultraprocesados mantiene a un 40 por ciento de la sociedad en la pobreza. Organizaciones campesinas, sociales y académicas construyen el camino de la soberanía alimentaria.
¿Qué se come con la democracia?

Por Mariano Pagnucco

Producción colaborativa entre ANRed, Ancap, Citríca y Agencia Tierra Viva en el Día de los DD.HH.

El 10 de diciembre de 1983, hace 40 años exactos, el Presidente de la recuperación democrática pronunció en el Congreso de la Nación uno de los discursos más célebres de la historia argentina. En uno de los tramos de su alocución, Raúl Alfonsín decía: “La democracia es un valor aún más alto que el de una mera forma de legitimidad del poder, porque con la democracia no solo se vota, sino que también se come, se educa y se cura”. Si esa sentencia esperanzadora tuviera que analizarse a la luz de la historia transcurrida en las últimas cuatro décadas, la situación alimentaria nacional debería describirse en otros términos, porque con la actual democracia se come... mal.

“Si hoy quisiéramos distribuir, a cada persona que habita en Argentina, la cantidad de fruta y verdura que debería consumir, según lo que el propio Estado recomienda a partir de sus guías alimentarias, no tenemos lo suficiente”, describe Marcos Filardi, quien hace varios años decidió aplicar sus conocimientos de abogado a problemáticas de derechos humanos y, especialmente, de soberanía alimentaria (concepto instaurado por la Vía Campesina en la Cumbre Mundial de la Alimentación de Roma, en 1996).

Para Filardi, la alimentación debe pensarse como un derecho esencial para la vida: “Nuestra Constitución reconoce nuestro derecho humano a la alimentación adecuada, entendido como derecho a tener acceso de manera regular, permanente y libre a una alimentación adecuada o a los medios para tenerla, que nos permite tener una vida libre de angustias, satisfactoria, saludable y digna”. 

Sin embargo, “todos los componentes de ese derecho humano a la alimentación adecuada, reconocido constitucionalmente, están siendo comprometidos, vulnerados, violados sistemática y estructuralmente por un modelo agroindustrial dominante, hegemónico en nuestro país, que conspira contra la posibilidad de realización de ese derecho”. 

Mientras, en 1996, las organizaciones campesinas acuñaban la idea de “soberanía alimentaria”, en Argentina desembarcaba la soja transgénica de la mano del gobierno neoliberal de Carlos Menem. Entre los legados del menemismo a la sociedad argentina está Monsanto (empresa “dueña” de aquella semilla modificada genéticamente y hoy comercializada por Bayer) y su modelo, que sigue marcando la agenda y la dieta nacional. Ese desembarco empresarial fue decisivo para los años posteriores de la democracia.

Myriam Gorban, nutricionista impulsora de la Red de Cátedras Libres de Soberanía Alimentaria (CaLiSAs), recordaba en una de sus clases públicas lo acontecido en Roma: “En el año 96, cuando aparece en escena de la mano de Vía Campesina el concepto de soberanía alimentaria, empieza simultáneamente esta nueva situación que es el cultivo de los alimentos transgénicos. Quienes participamos de aquella reunión de la Cumbre Mundial decíamos, entonces, 'Principio de precaución'. No sabemos qué puede pasar, no sabemos qué fenómenos se pueden dar en el suelo, en la tierra, en el aire, en nuestra vidas. Y, por eso, antes de largarlos –como pasó en Argentina, campo de experimentación a cielo abierto– pedíamos ver cuáles eran los efectos para la salud. Nadie nos escuchó, por supuesto quienes manejan el mundo, que son los factores económicos, fundamentalmente, minimizaron estos efectos. Hoy, lamentablemente, esta presencia nuestra hace que contemos qué es lo que ha pasado en estos años”.

¿Qué se come con la democracia?
Foto: Federico Imas

¿Comida o commodities para el pueblo?

¿Cuál es la comida típica de las mesas argentinas? En 1983, la respuesta rápida al interrogante podía oscilar entre el asado, las empanadas, las milanesas o el locro. Cuarenta años después, el menú tradicional de las mesas argentinas se acerca más a la nutricionalmente devaluada dupla del pancho y la gaseosa. 

El salto brusco entre un tipo de alimentación y otra obedece sin dudas a cuestiones económicas, sociales y culturales, pero la orientación de la producción agroalimentaria priorizando el abastecimiento externo más que el consumo interno es un factor clave para entender la metamorfosis. “Apostamos a unos pocos commodities destinados principalmente a la exportación, como fuente de caja (ingreso de dólares), sacrificando otras producciones alimentarias que integran nuestra canasta básica de alimentos y que terminan desapareciendo”, aporta Filardi.

El “Atlas del agronegocio: Datos y hechos sobre la industria agrícola y de alimentos” (Alianza Biodiversidad, 2018), refleja con datos cómo funciona la industria agroalimentaria global y local:

  • 5 empresas monopolizan la comercialización de granos y oleaginosas: Archer Daniels Midland (ADM), Bunge, Cargill, Louis Dreyfus Company y Cofco.
  • 4 empresas acaparan el mercado de semillas, agrotóxicos, eventos transgénicos y edición genética: Bayer-Monsanto, ChemChina-Syngenta, DuPont-Dow y BASF.
  • 10 empresas de la industria alimentaria procesan las materias primas para convertirlas en objetos comestibles ultraprocesados: Nestlé, JBS, Tyson Foods, Mars, Kraft Heinze, Mondelez, Danone, Unilever, General Mills y Smithfield. 
  • 5 cadenas de supermercados e hipermercados concentran, en Argentina, la comercialización de los alimentos, entre otros rubros involucrados: Carrefour, Cencosud (Vea, Jumbo y Disco) y Coto.

El clima de época y sus consecuencias en lo que come la población es narrado por la periodista Soledad Barruti en la introducción a su libro “Malcomidos” (Planeta, 2013): “Desde que la sociedad moderna –ocupada en otras cosas, sin tiempo para nada, rebalsada y urbanizada hasta lo imposible– delegó en la gran industria alimentaria la producción de lo que se lleva a la boca, ya nada es lo que era. Básicamente porque la lógica que impone el mercado es una sola: ganar la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible. No nutrir, no cuidar, ni siquiera ser saludable: simplemente ganar lo más que se pueda”.

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Foto: Federico Imas

El laberinto alimentario

Para Filardi, también fundador del Museo del Hambre (bajo el precepto de que ese padecimiento de millones debería ser un asunto del pasado), los cuatro eslabones del derecho a la alimentación están comprometidos en la Argentina: la disponibilidad, la accesibilidad, la adecuación y la sustentabilidad de los alimentos.

“El primer elemento del derecho humano a la alimentación adecuada es la disponibilidad, esto es que haya alimento suficiente para satisfacer las necesidades alimentarias de toda la población –detalla–. Ese componente ya está comprometido en Argentina. Es decir, hay una falta de disponibilidad de algunas clases de alimentos esenciales para tener una nutrición adecuada como consecuencia de que todo el modelo productivo apuesta a la producción de unos pocos commodities”.

Lo segundo es la accesibilidad. Así lo explica el abogado: “No alcanza con que haya alimentos, sino que esos alimentos puedan ser accesibles para todas las personas. La accesibilidad es física, es decir, que los alimentos puedan trasladarse desde donde son obtenidos y producidos hasta donde están las personas que necesitan consumirlos; y la accesibilidad es económica, que significa que la posibilidad de esas personas de acceder a esos alimentos no ponga en riesgo la satisfacción de otras necesidades igualmente esenciales”.

La accesibilidad física está comprometida, principalmente, por la concentración de la población en núcleos urbanos (más del 96 por ciento) alejados de las zonas de producción. En este esquema de largos traslados de alimentos por ruta, se producen situaciones llamativas: como que la lechuga deba recorrer 400 kilómetros para llegar a verdulerías de ciudades y localidades que podrían abastecerse de lechuga en sus propios cordones periurbanos. Hay que mencionar en este punto que las familias productoras de alimentos (se calcula que el 70 por ciento de los productos frescos tienen ese origen) no son, en su mayoría, dueñas de las tierras, cada vez más concentradas en pocas manos ruralistas que las destinan a la especulación más que a la comida.

La pata económica que compromete el acceso a la comida tiene que ver con la elevada inflación de precios en Argentina, pero también con la estructura de la cadena de producción a nivel global. El economista y académico inglés Raj Patel, autor de “Obesos y famélicos. El impacto de la globalización en el sistema alimentario mundial” (2008), elige la figura de un reloj de arena para ilustrar ese desequilibrio. Hay muchos productores en la base, muchos consumidores en la cima y muy pocos actores en el medio (la parte más fina), que son quienes ejercen el mayor poder en la cadena, pagándoles cada vez menos a los productores y cobrándoles cada vez más a los consumidores para maximizar su margen de ganancia.

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Foto: Rodrigo Ruiz

De Ushuaia a la Quiaca en changuito

La adecuación alimentaria tiene tres aristas para analizar: la adecuación cuantitativa, cualitativa y cultural.  La cantidad, como se dijo anteriormente, es insuficiente. La calidad nutricional también se vio afectada como resultado del modelo extractivo, que en 40 años se fue consolidando en sus múltiples dimensiones (fumigaciones con agrotóxicos, cría intensiva de ganado, fracking, megaminería, deforestación y otras variantes).

La herencia menemista del modelo Monsanto y sus satélites puso a la Argentina en un ranking mundial peligroso, ya que es uno de los países con mayor uso de agrotóxicos per cápita. En total, cada año se rocían en las plantaciones unos 600 millones de litros de químicos. “Estemos donde estemos, en el campo o en la ciudad, al ingerir esos alimentos se incorporan a nuestro cuerpo y terminan enfermándonos, terminan generando enfermedades crónicas no transmisibles asociadas a la ingesta diaria de ese veneno cotidiano”, advierte Filardi. 

Sobre la adecuación cultural, explica: “Básicamente, que los alimentos se correspondan a las tradiciones culturales a las que pertenecemos como comensales, porque el alimento es identidad y está indisolublemente vinculado a nuestra identidad como pueblo. Esa identidad es socavada sistemática, estructuralmente por la mercadotecnia, por el marketing de la industria alimentaria altamente concentrada y así se van arrasando las gastronomías locales, los patrimonios gastronómicos locales, situados en pos de una uniformización de un patrón alimentario”. 

Filardi realizó, en 2016, su “Viaje por la soberanía alimentaria”, que le permitió recorrer más de 260 localidades del país a lo largo de 50.000 kilómetros. De ahí concluye que “ya comemos más parecido de la Quiaca a Ushuaia, y en Buenos Aires, que lo que era hace unos años”. El patrón repetido es “el consumo creciente de estos ultraprocesados, el producto estrella de este modelo agroindustrial dominante”.

Con paquetes de colores en las góndolas y un constante bombardeo publicitario, la industria agroalimentaria nos ofrece “producción a gran escala de unas pocas materias primas: granos, oleaginosas y cereales”, a los cuales les agrega “todo el azúcar que pueda y todos los aditivos que pueda para generar esa ilusión de diversidad que encontramos en el hipermercado y que está asociada a serios problemas de salud pública”. 

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Foto: Vicky Cuomo

Cuerpos y territorios enfermos

Cuatro de cada diez pibes y pibas de entre 5 y 17 años tienen problemas de sobrepeso u obesidad en la Argentina. Entre la población menor de 5 años, la cifra es del 13 por ciento. Así lo refleja la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud realizada en 2018-2019 por la Secretaría de Salud de la Nación.

Otro informe, de 2018, la 4ta Encuesta Nacional de Factores de Riesgo, refleja:

  • que Argentina lidera el consumo mundial de gaseosas con 131 litros anuales per cápita;
  • que el consumo de frutas disminuyó un 41% y el de hortalizas un 21% en los últimos 20 años; 
  • que el consumo de gaseosas y jugos en polvo se duplicó en el mismo período; 
  • que casi 7 de cada 10 personas adultas (mayores de 18) padecen sobrepeso u obesidad. 

“Tenemos cuerpos de clase que evidencian la desigualdad inherente a nuestra sociedad. Los famosos ricos flacos, los pobres gordos, que son gordos porque justamente se llenan con lo más barato y rendidor que pueden conseguir”, describe Filardi. Las estadísticas oficiales del primer semestre de 2023 dicen que el 40 por ciento de la población argentina vive debajo de la línea de la pobreza y que el 9 por ciento es indigente. La alimentación adecuada, entonces, es inaccesible porque “no se puede pagar”.

Con respecto al tercer punto referido a la accesibilidad (la sustentabilidad), el abogado señala: “El derecho a la alimentación adecuada requiere que nuestros hijos y nuestros nietos puedan seguir obteniendo y produciendo alimentos a futuro en estos territorios. Esa posibilidad está cada vez más comprometida toda vez que este modelo agroindustrial dominante contamina el agua, el aire y el suelo; destruye la fertilidad de la tierra y los bosques, selvas y humedales donde tenemos biodiversidad, donde tenemos la capacidad de regular el agua”.

La tierra para quien alimenta 

En sus andanzas por el país, Filardi recogió el rostro más descarnado del modelo agroalimentario y también muchos brotes de resistencia: “Vi dramas muy fuertes en los pueblos sometidos a las fumigaciones con agrotóxicos, pero también vi pueblos movilizados frente a eso, que no se quedan quietos, sino que se organizan, se movilizan, se reúnen, hacen epidemiología popular, es decir, empiezan a ver casa por casa cuáles son las enfermedades que hay. Se organizan, resisten, pelean por ordenanzas que alejen los venenos, interpelan a sus funcionarios públicos locales, generan asambleas donde prima la democracia, donde se discute de manera asamblearia los pasos a seguir en defensa de la vida en ese territorio”.

Esas asambleas comunitarias que se multiplican por el mapa son también espacios de creación, porque “no solamente resisten el avance del extractivismo en todas sus caras (megaminería, fracking, represas, agronegocio), sino que también construyen otra realidad, construyen otras relaciones sociales, se organizan solidariamente de otra manera, ni más ni menos que en defensa de ese buen vivir en los territorios”.

Desde las organizaciones de base como la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) han nacido propuestas destinadas a la democratización del acceso al alimento sano, seguro y soberano. Una de ellas, bien concreta, es la proliferación de las colonias agrícolas, que ofrecen arraigo rural, producción sin agrotóxicos y abastecimiento a buen precio. 

La colonia “20 de abril-Darío Santillán” fue la primera que inauguró la UTT, en 2015. Allí, en Jáuregui (Buenos Aires), vive Franz Ortega junto con su familia: “Fue un cambio total para bien, porque nosotros estábamos antes trabajando como en un trabajo esclavo: no éramos dueños de la tierra, no podíamos hacer una vivienda, vivíamos en casa de nylon, trabajando de sol a sol; incluso la mujer y los chicos para producir y pagar los insumos, porque echábamos agroquímicos en esos tiempos, era precio dólar”.

Son 50 familias distribuidas en 84 hectáreas. Las tierras donde viven y producen fueron cedidas para su uso por la Agencia de Administración de Bienes del Estado (AABE). Les quedan 14 años de comodato por delante, lo que les da cierta perspectiva de futuro, a diferencia de la mayoría de las familias productoras del país que están sujetas a la renovación de los alquileres cada temporada. 

Franz no es funcionario, pero desde su experiencia rural aporta una mirada sobre ciertas urgencias de los estómagos argentinos: “Cuando dicen ‘la lucha contra el hambre’, deberían hablar de más colonias como esta, por ejemplo. Hay 50 hectáreas en producción de verduras, entonces todos los vecinos pueden acceder a la verdura a un precio justo. Pero si no le dan las tierras a quien quiere trabajar no va a haber alimento. También hay mucha soja y eso no ayuda”.

¿Cómo se atraviesa una crisis alimentaria con recetas económicas campesinas? Franz: “Gracias a Dios nosotros aprendimos a cultivar nuestro propio alimento, no nos falta nada. Puede haber una crisis, pero nosotros ya tenemos el conocimiento, producimos verdura, lechuga, alimentos. Gallinas también tenemos, carne, una vaquita. Algo de azúcar, esas cosas compramos, pero no compramos mucho más, porque siempre tenemos la huerta. A mí me da pena que en las villas haya gente que sufre. Todo es comprado, todo es comprado, no saben producir nada, ni una lechuguita. Esa gente pasa hambre realmente cuando no tiene el efectivo para comprar. Por suerte nosotros, por más pobres, que nos falte ropa y todas estas cosas, pero alimento no nos va a faltar”.

Filardi apunta que la Red de Cátedras Libres de Soberanía Ambiental (CaLiSAs) cumple este año veinte años de recorrido, la mitad de la edad de la democracia argentina. El nacimiento fue en La Plata, en 2003, y actualmente hay 60 espacios de formación y discusión en distintos territorios. Entre los objetivos actuales está el lanzamiento del segundo “Informe Anual de la Situación de la Soberanía Alimentaria en Argentina (IASSAA)”.

¿Qué mirada tiene la Red de CaLiSAs sobre el aniversario democrático? “Nos comprometimos colectivamente a discutir cuál es la situación de nuestro sistema alimentario en estos 40 años de democracia y, sobre todo, qué propuestas podemos colectivamente realizar junto con las organizaciones campesinas y los movimientos sociales para democratizar nuestro sistema alimentario”. Tal vez en un tiempo no muy lejano pueda volver a ser esperanzadora la idea de que “con la democracia se come”.

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