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Extractivismo como política de Estado
octubre 28, 2020
Sección: Extractivismos
Gobiernos de izquierda, progresistas y de derecha: todos apuestan a la megaminería, el agronegocio y la extracción petrolera, entre otras explotaciones de la naturaleza. Un modelo que asegura violación de derechos humanos, autoritarismos, y más pobreza y dependencia.
Foto de Horacio Machado Aráoz: Coco Yañez / elotro.com.ar | Ilustración: Agencia Tierra Viva

Por Horacio Machado Aráoz*

Ante las enormes diferencias que existen entre los distintos Gobiernos, proyectos y situaciones que muestra el escenario regional hoy, lo único que parece ser un denominador común, desde el Sur del Río Bravo a la Patagonia, de la costa pacífica a la atlántica, son sociedades atravesadas (territorios arrasados) por diferentes modulaciones del “extractivismo”. Mientras las derechas lo ejercen sin pudor e inescrupulosamente, las izquierdas apelan al extractivismo, ahora, como medida inexorable para “capear la crisis”. De uno y otro lado se nos dice “no hay alternativa”. El capital global “nos condena” a ser sus proveedores “naturales” de materias primas.  

En este contexto, es imperioso abandonar el oxímoron político que significa pretender una superación del neoliberalismo por la vía de la profundización del extractivismo.

El desarrollismo es una ceguera ideológica que expresa la colonialidad bifronte (de dos caras), que por izquierda y por derecha, siguen creyendo que el “modo de vida imperial” de los privilegiados (países «desarrollados») es el único horizonte deseable de vida digna para los seres humanos. La izquierda (de modo ingenuo o cínico) cree que se puede “repartir” esa “riqueza” extractiva. La derecha no tiene empacho en decir la verdad: ese mundo (el de los llamados ricos) es para pocos, para cada vez más pocos. Lo que unos y otros no ven, obnubilados por el brillo de las mercancías, es que esa supuesta “riqueza” está manchada de sangre; adviene como producto de la violencia depredadora de los suelos y de los cuerpos.

Desde el ecologismo popular sostenemos que no hay un extractivismo “bueno” y un extractivismo “malo”; que el problema no es apenas la “redistribución de la riqueza”; ni siquiera alcanza con “expropiar” y poner los medios de producción bajo “control obrero” (como algún sector propone). El problema es qué entendemos por “riqueza” y cómo la producimos.

Un modelo colonial

Buena parte de sectores progresistas o de izquierda ⎯de buena o mala fe⎯ si bien dicen estar a favor de “cuidar la naturaleza”, sostienen que les “importan más los pobres”. Frente a la urgencia del “hambre”, los problemas del extractivismo pueden “esperar”. Anteponiendo la “prioridad de lo social”, piensan que el extractivismo es un problema sólo “ambiental”.

Pero, más que una categoría “ambientalista”, el extractivismo es un concepto político: alude a un patrón oligárquico de apropiación y explotación de la Naturaleza. El concepto de extractivismo no se circunscribe a las economías primario-exportadoras; no tiene que ver (solo) con formas extremas de explotación de la naturaleza ni se trata de características pasajeras de ciertas sociedades nacionales. Es algo más estructural y global: tiene que ver con la forma originaria y fundacional a través de la cual el capitalismo ha concebido la Naturaleza y con el modo de relación que ha impuesto sobre la Tierra como condición para su desarrollo y expansión. 

Pensar la Naturaleza (la exterior a nuestros cuerpos y la propia naturaleza humana) como un mero objeto de explotación para el enriquecimiento de unos pocos, reducir el mundo a puros «recursos mercantilizables», eso es el extractivismo. El crecimiento infinito (del capital, de la producción y el consumo de mercancías) a costa de la destrucción de las mismas fuentes de vida (el agua, el suelo, la biodiversidad, la atmósfera): eso es lo que alienta y sustenta el extractivismo.

Sus orígenes se remontan al “descubrimiento” (invención/invasión) y guerra de conquista operada por los primeros estados guerreros en nuestro continente, llamado “América” por error y prepotencia.

En términos históricos el extractivismo está en la base del colonialismo y del capitalismo. Este no pudo expandirse y mundializarse como sistema hegemónico sin la guerra de conquista colonial perpetua y el expolio extractivista de las economías colonizadas, proceso que continúa hasta nuestros días. La revolución mineral de los metales preciosos detonada en el Potosí (1545) desencadenó el surgimiento y la estructuración de toda una institucionalidad: la formas modernas de la guerra, la conformación del Estado territorial moderno, el sistema internacional de «naciones», vale decir, la división racial y geográfica de territorios y poblaciones, el tráfico de mercancías y cuerpos.

En términos de economía política (relaciones de poder que organizan y controlan el flujo de materiales), la plata y el oro extraídos de América sirvieron para intensificar y cambiar cualitativamente la naturaleza del tráfico mercantil entre Europa y China. Eso implicó también el desarrollo y la expansión del tráfico de cuerpos humanos esclavizados desde África hacia las Américas. A su vez, la carne humana esclavizada alimentó las plantaciones extractivistas que proveyeron las materias primas básicas requeridas por la naciente “revolución industrial”: azúcar, algodón, lana, cueros, tasajo, cacao, maderas nobles, frutos y productos tropicales, pieles, grasa de animales y un largo etcétera.

Fue así que se echó a andar la locomotora moderna del “progreso”; lo que Karl Polanyi llamó “el molino satánico” de la producción capitalista. Esa locomotora se alimenta en base a la expansión continua e ininterrumpida de las fronteras extractivistas. Vale decir, del expolio asimétrico sobre los territorios y pueblos marcados como zonas de sacrificio. La maquinaria de la acumulación capitalista mundial solo funciona a fuerza de la continua apropiación y depredación de reservas de energía, fuerza de trabajo y materias primas que obtiene de las economías coloniales.

El capitalismo no solo “está dividido jerárquicamente entre un centro y una periferia de naciones que ocupan posiciones fundamentalmente diferentes en la división internacional del trabajo, y en un sistema mundial de dominación y dependencia”, sino que además es esa división estructural la que hace posible “el crecimiento del centro del sistema a tasas insustentables”, cuyo costo inexorable es “la continua degradación ecológica de la periferia”.

Queda claro la relación antagónica, inversamente proporcional, que existe entre extractivismo y soberanía; extractivismo y justicia social; extractivismo y democracia.

Más dependencia y pobreza

El extractivismo es la dimensión ecológico-económica del imperialismo. Es el vínculo ecológico-geográfico que integra asimétricamente a los países de la mera extracción con los lugares que concentran el control, la disposición y el consumo de las riquezas naturales. Desde la época de las carabelas, hasta la actual, de empresas transnacionales y tratados de libre comercio, la división internacional del trabajo entre economías primario-exportadoras y economías industrializadas traza una geometría del poder a nivel mundial donde las primeras soportan el peso ecológico-material del “desarrollo” de las segundas.

Las cadenas geográficas de materias primas que circulan desde el Sur Global hacia el Norte industrializado son precisamente las cadenas que nos atan a un régimen estructural de dependencia. Las desigualdades de esa matriz de intercambio no son solo “económicas” (la transferencia sistemática de excedentes), sino que son desigualdades ecológicas, políticas y biopolíticas: desigualdades en términos de condiciones materiales de vida, de horizontes de futuro y de posibilidades de autonomía.

La profundización del extractivismo es la profundización de la dependencia. Por más que eventual y circunstancialmente, durante algunos cortos períodos, la exportación de materias primas pudieran hacernos parecer que sobre esa vía nos “estemos desarrollando”. El último boom de las commodities vivido bajo la fiebre del Consenso de Beijing (primeras décadas del siglo xxi) nos da una contundente prueba de ello. Tras ese boom, hemos “despertado” no solo como sociedades más pobres, sino también más vulnerables y dependientes.

Un tremendo extravío de la razón progresista ha sido pensar que la salida del neoliberalismo era apuntar a un “capitalismo con rostro humano”, un desarrollo del capitalismo nacional y “popular”, respetuoso de la diversidad y de la justicia social.

La vieja izquierda cree que es necesaria la explotación de la naturaleza para acabar con la explotación de la fuerza de trabajo (como si los cuerpos de trabajadores y trabajadoras no fueran naturaleza). Para peor, la izquierda progresista abandonó la lucha contra la injusticia y se concentró en la lucha contra la pobreza: un lema y objetivo emblemático de la derecha, del Banco Mundial.

Menos democracia

El extractivismo es la base material de los regímenes autoritarios. Es la negación radical de la democracia. La apropiación oligárquica de la tierra es la negación básica y absoluta de la soberanía popular, es la base material de un régimen político de pocos y para pocos.

Como apropiación oligárquica de los medios de vida, como patrón de poder, el extractivismo es la imposibilidad manifiesta de un “gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. El extractivismo es expropiación económica-ecológica que se proyecta como expropiación política: como negación de las condiciones más básicas y elementales de autodeterminación y soberanía popular. Bajo el extractivismo ⎯sea de derecha o de izquierda, con «redistribución» o sin ella⎯ los territorios son sustraídos de la órbita de la soberanía popular y pasan a ser puro campo abierto a libre disposición del capital.

Como enseñan nuestros pueblos, aún arraigados y con los pies sobre la tierra, luchar contra el extractivismo es radicalizar nuestras luchas por un horizonte de autonomía, de justicia social y democracia real. Democratizar la tierra para democratizar la sociedad, para restituir la paz y la libertad entre sus hijes.

* Integrante del Colectivo de Investigación de Ecología Política del Sur (Citca) – Conicet Universidad Nacional de Catamarca.



1 Brand, U. y Wissen, M. (2013) “Crisis socioecológica y modo de vida imperial”. En “Alternativas al Capitalismo/Colonialismo del Siglo XXI”.

2 La noción de oligarquía hace referencia originariamente a un tipo de régimen político. Proveniente de una de las primeras clasificaciones disponibles en Occidente, Aristóteles acuñó el concepto “oligarquía”, para referir a un régimen donde el poder está concentrado en una minoría: el gobierno de pocos y para pocos. Huelga aclarar que donde hay minoría hay privilegios; una sociedad de privilegios es lo opuesto a una sociedad de derechos.

3 Polanyi, Karl (1949) La Gran Transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. FCE, México.

4 Foster, J. B.y Clark, B. (2004) “Imperialismo ecológico: la maldición del capitalismo”. En Socialist Register N° 40, CLACSO, Buenos Aires.

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