COP30: una ronda financiera que no cuida el planeta
noviembre 28, 2025
Pasó otra cumbre climática de Naciones Unidas, la COP30 de Brasil. Y los extremos fueron muy visibles: la Cumbre de los Pueblos, con protagonismo indígena, campesino y socioambiental, y con propuestas de fondo que cuestionan al poder. Del otro lado, la diplomacia gubernamental y los lobistas de las corporaciones, con falsas soluciones y negocios muy rentables. El fondo: el capitalismo que devora el planeta.
Foto: Freepik

Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo"

José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote (1914)

OPINIÓN


Por Walter Pengue*

De un extremo al otro, las Conferencia de las Partes (COP) de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático se han convertido en el escenario global donde se dirimen, anualmente, un alerta —cual un grito— de científicos, organizaciones de la sociedad civil y pueblos originarios, por un lado; y un cacareo —cual bolsa de valores— de lobistas de grandes empresas, grupos corporativos, fundaciones u ONGs del mundo rico y el mundo pobre. Los unos claman por una virtual transformación de la sociedad moderna, los otros por una “transición verde”, que nos llevará hacia dónde aún no sabemos.

Entre la COP29 en Bakú (Azerbaiyán) hasta esta COP30 en Belém, ciudad de la Amazonia brasileña, poco ha cambiado en el mundo, en todo caso empeorado. Desde la capital de Azerbaiyán, históricamente reconocida como la "cuna del petróleo" por ser la primera ciudad petrolera del mundo con pozos industriales y refinerías pioneras desde la década de 1840, a Belém, capital del estado de Pará en Brasil, centro de uno de los espacios más biodiversos del planeta, hay un abismo. 

La matriz energética de Azerbaiyán depende casi exclusivamente del petróleo y el gas, fuentes no renovables de energía. Mientras que para Brasil la matriz energética es principalmente renovable, dominada por la energía hidroeléctrica, la biomasa y las fuentes eólica y solar y, en menor escala, por petróleo y gas, especialmente luego del descubrimiento del Presal, ubicado en aguas profundas frente a sus costas, bajo una gruesa capa de sal. 

No obstante, ocurrieron algunos avances menores: la cuestión climática es muchísimo más profunda que discutir si renovables o no renovables y debería poner en alerta a la sociedad global, más allá de la burocracia climática. El último reporte de la Ronda 6 del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) —el organismo científico rector global sobre el asunto climático— lo informa de forma cabal. 

Foto: Cop30

Hacer la COP en un lugar alejado del planeta, complicado para llegar y permanecer, y centro de debates históricos sobre el desarrollo, pone al gobierno del Brasil frente a una disyuntiva presente en muchos otros países: la de crecer y luego desarrollarse, apoyados en sus recursos naturales, tomando las ventajas comparativas disponibles con una esperanzada preeminencia por sobre las ventajas competitivas que no tienen.

En su discurso de inauguración de la COP30 frente a algunos de los líderes del mundo —Estados Unidos, China y otros tantos países de relevancia e importancia estratégica por su impacto regional o global sobre el cambio climático estuvieron ausentes—, el secretario general de la ONU, António Guterres sostuvo: “La ciencia nos dice ahora que es inevitable sobrepasar temporalmente el límite de 1.5 grados, que comenzará a más tardar a principios de la década de 2030. Necesitamos un cambio de paradigma para limitar la magnitud y la duración de este sobregiro y reducirlo rápidamente. Cada fracción de grado significa más hambre, desplazamientos y pérdidas, especialmente, para los menos responsables. Se trata de un fracaso moral y una negligencia mortal. Seamos claros: el límite de 1.5 °C es una línea roja para la humanidad”. 

Como respuesta, el discurso de Guterres respaldó las energías limpias y la necesidad de invertir en ellas, de fortalecer la construcción de un nuevo sistema económico, basado en tecnología, transición energética y más “verde” que el actual. “En 2024, los inversionistas invirtieron dos mil millones de dólares en energía limpia, 800 mil millones más que en combustibles fósiles. La energía limpia está ganando en precio, rendimiento y potencial, y ofrece soluciones para transformar nuestras economías y proteger a nuestras poblaciones”, argumentó. Lo que aún falta es valor político. Los combustibles fósiles siguen recibiendo enormes subsidios, dinero de los contribuyentes (...) Demasiados países carecen de los recursos necesarios para adaptarse y se ven excluidos de la transición hacia la energía limpia”.

Foto: Lizbeth Hernández Abismada

¿Dinero para qué transición?

Además del dinero es importante comprender la forma y los objetivos finales de esas inversiones. Por ejemplo, es una realidad que los subsidios distorsivos siguen vivos y coleando. Los gobiernos de los países desarrollados destinan más de 700.000 millones de dólares anuales a subsidios agrícolas. Sin embargo, muchos de estos incentivos agrícolas no lograron alcanzar los objetivos políticos esperados: mejorar el rendimiento de los cultivos, aumentar los ingresos de los agricultores y desarrollar las economías rurales. 

Por caso, sostienen una ineficiente agricultura en los países más desarrollados, que, por otro lado, amenazan los sistemas rurales de los países en el Sur Global. Si a los subsidios a la agricultura, sumamos los subsidios a la pesca y a los combustibles fósiles, nos encontramos con un efecto distorsivo en la economía que sólo beneficia a los grandes jugadores de la economía global, en detrimento de los países exportadores (grano, energía, alimentos) y una mayor competencia y presión sobre la naturaleza. En lugar de desalentar la explotación y prácticas extractivistas, esto de los subsidios parece aún promoverla más intensamente.

Un reciente informe del Banco Mundial (2023) critica los impactos y los efectos de estos subsidios distorsivos, que se direccionan, especialmente a los grandes agricultores. Para subsidiar el consumo de combustibles fósiles los países gastaron alrededor de seis veces el monto que prometieron movilizar al año en favor de las energías renovables y el desarrollo con bajas emisiones de carbono, en virtud del Acuerdo de París.

En el ámbito de la agricultura, por ejemplo, los subsidios directos conducen al uso excesivo de fertilizantes que deterioran el suelo y el agua y perjudican la salud de los seres humanos. Hasta siete billones de dólares en fondos asignados son directamente perjudiciales para la biosfera y son subsidiados tanto por el sector privado como por el público, según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). 

Foto: Aline Massuca / COP30

El crecimiento económico mundial este año no se ha detenido. Para crecer, el mundo necesita consumir recursos de base e ingentes cantidades de energía. De procedencia aún en muchos casos de fuentes no renovables o con usos competitivos, que obligan a países y regiones a priorizar en qué se consume. Y en ello, nuevamente gana el mercado. La tendencia de la economía mundial, en 2026, parece tampoco detenerse impulsada por los países que han hecho prácticamente caso omiso de las discusiones de esta cumbre del clima. 

Los principales países productores de hidrocarburos, o cuyas economías dependen fuertemente de ellos, de alguna forma bloquean las posibilidades de avance. China, Estados Unidos, India, Arabia Saudita, Nigeria y Rusia presionan fuertemente por no lograr avances reales en la llamada transición hacia una economía energética “verde”. 

Otros tantos han cuestionado fuertemente los avances previos en los documentos de esta COP30 Amazónica al no ver logros sustantivos en el paso hacia fuentes más renovables como Francia, Alemania, Reino Unido y Colombia.

Tampoco se ha notado en la Cumbre un articulado vehemente que analice, revise y proponga transformaciones reales en otro punto clave vinculado a las emisiones: la producción y el consumo para los sistemas alimentarios. La discusión se estanca y prioriza soluciones que apoyan el incremento de la producción focalizado en grandes compañías en detrimento de otras formas de producir comida.

Es muy difícil que 194 países que, junto con la Unión Europea, son miembros del Acuerdo de París de 2015 logren un consenso genuino, real y posible en una hoja de ruta transicional que los lleve a otra parte, bajo las pautas de consumo que el mundo de hoy está teniendo. El mundo no come, sino que devora recursos naturales renovables y no renovables. Y todo se focaliza en la discusión económica financiera.

De la transición a la transformación de la sociedad global 

Pareciera que estas cumbres climáticas de Naciones Unidas fueran solamente un pasamanos de fondos entre economías, empresas, corporaciones y lobistas en la venta de tecnologías y productos energéticos “limpios” o sucios. Se combinan aquí, procesos geopolíticos, guerras comerciales y tecnológicas entre los dos colosos globales —una China creciente y un Estados Unidos declinante— y una Europa anquilosada en su mirada de mundo parada aún en el siglo XX. La perspectiva solo comercial de la COP30 para descarbonizar el sistema global,  preservando a la vez los intereses económicos de prácticamente 200 economías, parece equivocada. Algo muy difícil y complejo, bajo la misma perspectiva que nos ha traído hasta aquí.

Esta nueva cumbre climática pudo haber dado registro de, al menos, la oportunidad para empujar un cambio transformacional —no transicional— de la sociedad global. Pero no lo ha hecho. Quizás porque no le es posible aislarse de todas las crisis que le aquejan. Que no son sólo las planteadas, genéricamente, por la ONU cuando habla de cambio climático, biodiversidad y plásticos; sino que involucra a las más intensas crisis bélicas, étnicas, religiosas, migratorias, populistas o de odio, que han separado al mundo como nunca antes, luego de la segunda guerra mundial.

Foto: COP30

El capitalismo es lo que es. En general quienes lo defienden a ultranza lo vinculan a los sistemas democráticos, cada vez más debilitados. Pero a título comercial, el sistema capitalista chino o vietnamita funcionan tanto o más bien que el propio capitalismo libertario americano o europeo. Y el consumo crece. Y en términos materiales sus sociedades también. La cuestión es mucho más profunda y compleja que la mera búsqueda de mitigar los impactos de la temperatura y su transición energética verde.

El renombrado escritor Yuval Harari en su libro Nexus (2024) sostiene una idea inquietante: “A lo largo de los últimos cien mil años, nosotros, los sapiens, hemos acumulado un poder enorme (…) Pero, el poder no es sabiduría y después de cien mil años de descubrimientos, inventos y conquistas, la humanidad se ha visto abocada a una crisis existencial autoinfligida. Nos hallamos al borde de un colapso ecológico causado por el mal uso de nuestro propio poder. Lejos de que nuestra especie haya unido fuerzas para abordar estos retos existenciales, las tensiones internacionales van en aumento.”

Quizás los pueblos indígenas y las comunidades locales —basadas en otras pautas culturales, de consumo y de vinculación con la naturaleza— puedan ayudar a enseñar algo. En esta COP30, el contraste ha sido notable. Mientras más de 300 lobistas de compañías energéticas y vendedores de tecnologías se paseaban libremente por los pasillos de la COP y hasta tenían su propio pabellón —el “Agrizone”—, los líderes indígenas de las etnias amazónicas no lograron atravesar más que las puertas de entrada a una Cumbre a la que denunciaron no estar invitados. No se puede comer el dinero.

Desde la Cumbre de los Pueblos, encuentro paralelo a la COP de representantes populares de todo el mundo, denunciaron cómo detrás del maquillaje verde y de las intenciones de “descarbonizar” la economía (para evitar el colapso climático) hay nuevos negocios en ciernes, como las energías “limpias” que promueven los monocultivos para el etanol o que buscan minerales como el litio para la electrificación del transporte. 

En las sucesivas COP —y esta no es la excepción— se continúa discutiendo, más intensamente ahora, la asignación de fondos para la ya famosa “transición energética”. Quizás una opción genuina sea bajar el precio de cumbres de este estilo —focalizadas en un único eje temático y dominante— y sincerar que lo que interesa aquí es revisar negocios posibles, ahora más “verdes”, mientras todos bailan en la cubierta del Titanic.

Foto: Sergio Moraes / COP30

¿Y quién escucha a la ciencia y los pueblos?

Frente a los resultados de cada COP, el mensaje de la ciencia es importante, pero limitado para enfrentar el peligro global creado. “El mensaje de la ciencia es claro: debemos mantenernos en 1,5 °C, pero significa que los gobiernos deben hacer mucho más. Incluso si se implementan todas las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (planes nacionales bajo el Acuerdo Climático de París), calentaremos el planeta hasta aproximadamente 2,5 °C . La última vez que tuvimos una desviación de más de 2 °C por encima de la temperatura media global preindustrial fue hace más de tres millones de años. No hay evidencia creíble de que podamos proporcionar siquiera un mínimo de condiciones de vida para todos los ciudadanos de nuestro planeta con tales niveles de calentamiento”, sintetizó el reconocido científico climático Johan Rockstrom.

Más de 100 países, que representan más del 70 por ciento de las emisiones globales, presentaron sus nuevas Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC). Según el Acuerdo de París, las NDC para 2025 debieron presentarse técnicamente en febrero. Con los datos de la precumbre, fueron 108 países (incluida la UE y sus 27 estados miembros) los que presentaron sus reportes. De los del G20 —los mayores emisores de gases de efecto invernadero del mundo—, que se reunía en paralelo en otra parte del mundo, doce habían presentado sus nuevas NDC. 

Como contraparte, la declaración de la Cumbre de los Pueblos presentó argumentos ambiciosos, muy loables, pero prácticamente imposibles de alcanzar bajo el actual enfoque geopolítico, económico y cultural de la sociedad global. Desde confrontar las falsas soluciones de mercado, reconocer el conocimiento ancestral para enfrentar la crisis climática, delimitar y proteger las tierras indígenas y las comunidades locales, exigir una reforma agraria popular y la promoción de la agroecología para garantizar la soberanía alimentaria y combatir la concentración de la tierra, luchar contra el racismo ambiental y la construcción de ciudades justas, entre otras. 

10.11.2025 - Belem - Participantes chegam para a 30ª Conferência das Partes (COP30).
Foto: Sergio Moraes / COP30

Los pueblos han dicho más que lo que los propios políticos han planteado en estas cumbres. Pero también es importante comprender que, lamentablemente las cosas están cambiando y, a veces, en una ola subterránea que va perdiendo el interés social frente a la crucial amenaza del cambio ambiental global.

Hace muy poco, la Plataforma Intergubernamental sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) lanzó el  “Informe de evaluación de los nexos” y el de “Evaluación del Cambio Transformador”. “La única manera de alcanzar nuestros objetivos comunes de desarrollo es a través de un cambio transformador, una reorganización fundamental de todo el sistema tecnológico, económico y social. Para ello, debemos comprender mejor los obstáculos, pero aún más importante, las opciones de actuación que permitirán lograr un mundo más justo y sostenible”, sentenciaba uno de los documentos.   

Así como el IPCC y los reportes del IPBES, los científicos lo están alertando, dedicando miles de horas de trabajo honorífico para identificar dónde están estos principales cuellos de botella. Y luego intentando —claramente con muy poco éxito— en estas Cumbres COPs, poner en manos de los políticos, más reportes y resúmenes sobre hojas de rutas que la sociedad global podría seguir, para ayudar a salvar —claramente, si estas quisieran, aunque parece que no— a las generaciones más jóvenes, incluida la actual.

En ese contexto, la ciencia viene siendo desprestigiada, vilipendiada y desfinanciada con resultados que pueden ser dramáticos. La ciencia, de todas formas, debe también revisarse y comprender que para cuestiones tan cruciales necesita del otro, de la otredad en el pensar y en el hacer. No es suficiente con una sumatoria de datos y planteamiento de escenarios. Para analizarlos desde una nueva racionalidad ambiental, al decir de nuestro querido pensador mexicano Enrique Leff, que nos lleve a pensar en lo distinto y actuar en consecuencia

La complejidad ambiental es un todo que podríamos empezar a abordar desde el intercambio con humildad. Nunca tuvimos tantos adelantos científicos y tecnológicos, quizá lo que nos esté faltando como sociedad global y regional es utilizarlos con sabiduría. Ni la ciencia sola ni la política sola. En una sociedad global dividida lo que tenemos por delante es la derrota. 

Foto: Midia Ninja

¿Adaptación al cambio climático o negocios financieros?

Otro ausente relevante en esta cumbre ha sido el pensar en otro estilo de desarrollo urbano. Especialmente cuando son las ciudades las que producen el 80 por ciento de los residuos y el 85 por ciento por ciento de las emisiones y los mayores consumos de agua, recursos y energía. El reciente informe del Banco Mundial Inhabitables: enfrentando el calor urbano extremo en América Latina y el Caribe describe la nueva realidad: “Temperaturas en aumento, olas de calor más frecuentes y récords históricos (...) Este cambio ya está teniendo consecuencias, la mortalidad asociada al calor creció 140 por ciento en dos décadas, y solo en 2023, se estima que 48.000 adultos mayores murieron prematuramente por causas relacionadas con el calor”. 

El efecto “isla de calor urbano” está intensificando el riesgo térmico en una región altamente urbanizada —con 82 por ciento de su población viviendo en ciudades para 2025— y donde millones de personas habitan viviendas precarias sin condiciones adecuadas para mantenerse frescas. Según la Organización Meteorológica Mundial, la alarmante racha de temperaturas excepcionales continuará en 2025, y se prevé que este año se convierta en el segundo o el tercero más cálido jamás registrado. 

Brasil y Argentina superan la medida y tienen al 92 por ciento de su población viviendo —o malviviendo—  en ciudades. Más allá de los discursos políticos “verdes”, mirar hacia sus conurbanos, garantizar las obras necesarias y promover la adaptación al cambio climático en municipios y comunidades salvaría vidas. 

La Cumbre finalizó, en el punto de adaptación, con acuerdos mínimos que le permiten a la burocracia climática sostenerse por encima del agua, pero que ha dejado pasar cuestiones trascendentes. Mucho se ha discutido sobre impuestos al carbono, pero poco o nada sobre la aplicación de impuestos a las transacciones financieras, que podría servir para ordenar el oscuro sistema financiero internacional.  La tasa Tobin quizás podría revivir.

Foto: Antonio Scorza / COP30

Uno de los compromisos surgidos de la COP30 son los fondos para lograr “mantener” a perpetuidad a los bosques tropicales —¿se logrará esto frente a la sabanización de la Amazonia o el Congo?— por más de 5.000 millones de dólares, triplicar la financiación para los países del Sur Global frente a los fenómenos climáticos extremos y promover cuadruplicar los combustibles y las tecnologías sostenibles, destacando la existencia de estas tecnologías y la necesidad de implementarlas a gran escala, con la colaboración entre los Estados y los grupos corporativos globales y seguir monitoreando las emisiones. Parece incluso poco para quienes mantienen el articulado discursivo de bajar las temperaturas planetarias.

Lo llamativo es que todo se ha circunscripto a la financiarización y la reducción tanto en la extracción como el consumo de petróleo o gas. Cuando, por el otro lado, casi con la misma vehemencia son los mismos grupos de los países poderosos, con China, Estados Unidos y la Unión Europea a la cabeza, los que impulsan una carrera global por acceder a tierras raras y sus tecnologías asociadas para lograr una transición energética basada en la explotación de las mismas. 

Es claro que la cuestión financiera debe tener parte en la discusión y el intercambio. “El dinero no es todo, pero ¡cómo ayuda!, resalta la conocida canción popular de Los Auténticos Decadentes, pero tampoco es suficiente ni mucho menos. A muy pocos días de los fallidos resultados de la COP Amazónica, el mundo sigue andando. 

Foto: Rafa Neddermeyer / COP30

Esperar llegar a 300.000 millones de dólares de inversión para 2035 es una meta que quizás se cumpla, quizás no. Nuevos bonos, además de los de carbono, para la biodiversidad o la resiliencia, pasan a ocupar parte de los portfolios de intercambio que hoy en día se impulsan, invirtiendo para infraestructura en la región latinoamericana o la protección de selvas permanentes. La prensa poco dice. Y la ciencia, en silencio, sigue investigando y alertando. 

Pero poco o nada se discute seriamente por reducir y no seguir ampliando el metabolismo físico, hídrico y energético global. Aunque parece una verdad de perogrullo debo volver a manifestar enfáticamente: ¡No existe el capitalismo verde, como así tampoco jamás encontraremos un león vegano! 

Estamos frente a una sociedad que parece embelesada con la llegada recurrente de nuevas tecnologías y confiada en que, a través de ellas, podrá seguir consumiendo recursos que ya se comienzan a mostrar escasos y cuyas consecuencias para el planeta pueden ser ubicables en los niveles de catástrofe. Como Tomás Hobbes alguna vez repitió: “El hombre es el lobo del hombre”. Podríamos agregar que es lobo de todas las otras especies y de la Tierra toda, en esta geofagia que estamos promoviendo. 

Quizás el sabor amargo con el que muchos regresaron de la Amazonia sirva para reflexionar sobre la necesidad de escalamiento de la discusión mundial —sí, a un nivel incluso mayor que el de la recurrente y sesgada COP—. Con el cambio climático y el brutal cambio socioambiental asociado, lo que estamos perdiendo no es una batalla —que nos dará un año más para seguir discutiendo en cumbres y malgastando dinero y esfuerzos— sino la guerra contra todos nosotros, empezando por los más desfavorecidos de la Tierra.

*Walter A. Pengue es Ingeniero Agrónomo Fitotecnista (Genética Vegetal) por la UBA. Es Magister en Políticas Ambientales y Territoriales (UBA). Es Doctor en Agroecología por la Universidad de Córdoba (España). Es Miembro de la Academia Argentina de Ciencias del Ambiente y Miembro Científico de varios Grupos de Investigación de las Naciones Unidas (Resource Panel, TEEB, IPCC e IPBES, entre otros). También es Director del Gepama (Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente) de la UBA y Profesor de Ecología de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

**Este artículo es una edición adaptada del ensayo del autor: "COP30: Amazonia. El dinero no es todo... pero ¡cómo ayuda!". Accedé al ensayo completo haciendo click.

***Edición: Nahuel Lag

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